Miércoles, 28 de octubre de 2020

El camino del Espíritu

 

Evangelizadores con Espíritu quiere decir evangelizadores que se abren sin temor a la acción del Espíritu Santo… El Espíritu Santo, además, infunde la fuerza para anunciar la novedad del Evangelio con audacia (parresía), en voz alta y en todo tiempo y lugar, incluso a contracorriente.

Francisco, (EG, 259)

 

Es la hora de los laicos, de hombres y mujeres comprometidos en el mundo de la cultura, de la política, de la industria…, no tengáis miedo de patear las calles, de entrar en cada rincón de la sociedad, de llegar hasta los límites de la ciudad, de tocar las heridas de nuestra gente…

Francisco (Congreso de Laicos, Madrid, 2020)

 

 

Cercano el domingo de Pentecostés con el que culmina la Pascua, se celebra la manifestación del Espíritu Santo que, como viento y fuego, descendió sobre los Apóstoles reunidos en el Cenáculo. Un acontecimiento que no se limita a ese momento, el Espíritu ha sido siempre el que ha puesto en marcha a la Iglesia, a los primeros discípulos en la Jerusalén de los primeros siglos, a las ordenes mendicantes en la Edad Media o al Concilio Vaticano II en el siglo XX. Un puñado de hombres, decepcionados y asustados, se transforma en una comunidad de testigos elocuentes y de valientes misioneros, abiertos a la humanidad y al mundo. Bajo las imágenes de un viento impetuoso y de unas lenguas de fuego, irrumpe en la comunidad orante de los primeros discípulos y los lanza al mundo, a la misión para ser testigos de la buena nueva del Reino.

Impulsado por el Espíritu, Pedro entró en casa de Cornelio, un pagano, para anunciar la buena noticia de Jesús. Allí descendió el Espíritu sobre todos los presentes, abriendo fronteras y rompiendo barreras, ensanchando la misión más allá de grupos religiosos, culturas y pueblos. Debemos ampliar los horizontes de Babel, no replegarnos sobre nosotros mismos, hacer del mundo entero nuestra propia casa, para que no se apague el corazón y se oscurezca la primacía del Reino. Siempre debemos volver a Pentecostés, abriendo puertas a la diversidad de nuestra cultura, de los pueblos del mundo y tener un solo espíritu en el amor de Dios.

El Espíritu rompe cualquier tipo de particularismo y se ofrece como don a todos, a los de cerca y a los de lejos, a los de dentro de la Iglesia y a los de fuera. Así lo recuerda Pablo:  “Porque en un solo Espíritu hemos sido todos bautizados, para no formar más que un cuerpo, judíos y griegos, esclavos y libres. Y todos hemos bebido de un solo Espíritu” (1 Co 12, 13).  Es el Espíritu de Jesús el que hace notar que la experiencia del amor, de la Pascua, del Reino, no debe quedar en el corazón de cada creyente, en el pequeño grupo, en la comunidad que celebra, en la propia Iglesia, deberá ser comunicada a todos y hacer partícipes a cada hombre de la buena noticia de Dios con nosotros.

Jesús coloca en el centro del Reino, el amor del Padre. Un amor que acoge a todos, principalmente a los más alejados, un amor que va íntimamente vinculado con el amor al prójimo. Solo abajándonos desde el amor y la solidaridad hacia los más necesitados podemos elevarnos hacia Él, hacia Dios. Solo desde el clamor del sufrimiento del mundo, los pobres, los enfermos, los alejados, los ancianos, podemos leer el evangelio gracias a la fuerza del Espíritu, que sopla y actúa especialmente desde abajo, desde los nadies.

En la Iglesia primitiva, fueron los laicos los que captaron los signos de los tiempos y del Espíritu, siendo los más eficaces mensajeros de la buena nueva. Soldados, mercaderes, esclavos, organizados en pequeñas Iglesias domésticas y familiares, fueron los primeros que proclamaron haber descubierto al Cristo resucitado, llevando la buena noticia a través del Imperio. El esfuerzo gigantesco de los laicos, junto al de los Apóstoles después de Pentecostés, alcanzaron resultados que nos dejan ahora sorprendidos y atónitos, cruzando los confines del mundo conocido para llevar “la civilización del amor” a todas las realidades temporales del Imperio Romano, dándoles vida.

En cada época y situación cultural la fe impulsada por el Espíritu descubre matices nuevos. En nuestra sociedad contemporánea se han dado importantes pasos en la mejora de nuestra existencia, desde un mayor progreso técnico y científico, hasta un importante desarrollo de los derechos humanos, de la libertad y la justicia. Pero todavía existen muchos puntos negros en nuestras sociedades, muchos espacios donde humanizar la vida. El individualismo, el capitalismo descontrolado, está matando a los más débiles y necesitados, pero por otro, estamos inmersos en un desencanto, una fuerte desorientación, que nos impide solucionar los problemas generados por el propio progreso científico y técnico.

En esta situación sociopolítica y cultural, los laicos siguen confesando su propia fe, afirmando al Espíritu Santo, como Señor y dador de vida, intentando responder a los signos de este tiempo. Los laicos son hombres de Iglesia en el corazón del mundo, y hombres del mundo en el corazón de la Iglesia. Muchos de ellos son conscientes del momento crucial que están viviendo y de las oportunidades y posibilidades que tienen. Son conscientes de la fragilidad de la condición humana en el interior de la Iglesia, pero también, de la llamada para vivir la fe desde la comunión, la oración y la misión. Asumiendo su responsabilidad con la Iglesia y convirtiéndose en misioneros de Jesús, según sus dones y carismas. En muchos lugares del mundo, la difusión del evangelio se debe a numerosos laicos, sobre todo laicas, catequistas, madres o esposas.

El Congreso de Laicos celebrado en el mes de febrero en Madrid, quiere ser “un Pentecostés renovado”. Un gran encuentro de comunión, discernimiento, escucha y diálogo y la puesta en práctica de numerosas iniciativas laicales dentro de la Iglesia. Redescubrir la misión de los laicos que brota del bautismo, para impulsar de forma sinodal una “Iglesia en salida”, desplegando otra forma de vivir más allá del templo que, con su ejemplo de vida y testimonio, haga posible otro mundo más humano y evangélico (EvGa, 201). Hoy se pide una mayor participación del laico en los órganos de decisión de la Iglesia, pero no es menos necesario y urgente consagrar otras tantas energías a inscribir el Evangelio en el corazón de la sociedad, tanto en sus dinamismos como en los nuevos sectores de la cultura y de sus contradicciones.

Son numerosos los desafíos de los laicos en nuestra sociedad. Dar respuestas a la indiferencia y al agnosticismo de nuestro mundo, con criterios racionales, culturales y éticos para todos los ciudadanos, desde la fragilidad de la existencia y el grito del sufrimiento. Vivir en sociedades de consumo y de tiempo libre, que compiten con el culto y vacían la Iglesia, creando nuevas formas de estar más allá de los templos sin perder la alegría de vivir y, generando nuevas formas de compartir las cosas y la vida. Estar presente en los espacios y foros donde se defiende la naturaleza y el medio ambiente, de una forma integral, defendiendo también la paz, la justicia a la vez que la creación. Los laicos deberán colaborar positivamente en defensa de los principios democráticos y los derechos, estando presente en plataformas ciudadanas y políticas donde se defiendan esos principios. Así, como la defensa de los más débiles, frente a la economía dominante, empeñada en el beneficio y en el progreso técnico, provocando el descarte de los más pobres.