Viernes, 4 de diciembre de 2020

Cambiar el mundo con Luis Pastor

Se arrancaba el dosel eterno de niebla de las fauces del pico Cervero, se deslizaba lentamente por los robledales y las fuentes, y al atravesar el campo carmesí, empezaba a debilitarse. Cuando llegaba a los helechos, donde estaban los campos de fútbol y un vivero de juventud y de esperanza -cientos de muchachos entre 11 y 18 años que querían cambiar el mundo- desaparecía. Y salía el sol para todos.

A veces sucedía también el milagro de que, carretera abajo, o por el atajo que conducía hasta el edificio, pasaba la hija rubia del portugués. Y entonces se perdían todos los balones. Porque aquellos cientos de cachorros que esperaban su turno para la vida querían cambiar el mundo, sí, pero con ella. Los curas comunistas que les inculcaban las matemáticas y el amor humano no se oponían a ninguna de las dos cosas.

Detrás de aquellos montes, unos kilómetros más abajo, un niño más pequeño empezaba su camino, hijo de la jara extremeña de Berzocana. El niño de la jara, enamorado de Portugal primero y de Zeca Alfonso después, también quería cambiar el mundo, sólo que con la terneza de esa edad tan temprana quizás no lo sabía.

Él empezó primero a dejar atrás los pueblos invariables y quietos para llegar a la colonia Sandi de Madrid. Yo, unos años más grande, llegué bastante después a donde Madrid era muy poco Madrid.

Los dos, cada uno por su cuenta, empezamos una biografía de barrio. Y sin embargo no hubo coincidencias temporales o geográficas. Cuando yo terminaba, él empezaba. Siempre fue así.

El hijo de la jara extremeña, Luis Pastor, dejó pronto la escuela pero estudió más  que Umbral a quien su madre le sacó antes para que no se enterasen de que era hijo de soltera. El paralelismo vino enseguida: tanto Umbral como Luis empezaron a trabajar enseguida de botones, que era la profesión más al alcance para todos los que, ni habían ganado una guerra, ni tenían las mismas  posibilidades económicas como predicaba el marxismo.

A Luis Pastor la conciencia de clase le nació entre el cristianismo obrero. La dignidad, ya la traía puesta desde su casa de Berzocana. Y esas dos cosas, compromiso y dignidad, le han acompañado siempre en la vida que ahora, ya cercana a la mía, parece más vigorosa que nunca. Ha sido una llamarada más de aquella generación de los sueños que no importa si existió o no, lo que cuenta es contradecir al padre de Goytisolo y saberse que uno a uno ya somos una afirmación.

Cuando Luis Pastor, en Madrid y con una guitarra compañera, oyó el nombre de Miguel Hernández no sabía quién era. Y cuando se enteró, lo primero que hizo fue compararse un libro del poeta  clandestino. Antes de que Franco muriese, ya estaba cantando Luis Pastor al poeta de Orihuela. Se juntaron el hambre con las ganas de comer.

Han pasado los años, hemos saboreado todo de Luis Pastor- ese milagro- el mundo no ha cambiado como él y nosotros queríamos, pero aquí está el hijo de la jara en un nuevo disco, La paloma de Picasso. Y muy bien acompañado. Primero porque ha vuelto a Miguel Hernández y,  hermanando su voz a la de Lourdes Guerra, ha musicalizado y acariciado y añadido más gloria aún al soneto amoroso “Por tu pie la blancura más bailable”.

En el disco hay otros poetas como Luis García Montero, Mario Benedetti, Marcos Ana, y Federico García Lorca. Y hay otras voces junto a la de Luis Pastor, como la de Ismael Serrano, María Rozalén, Pedro Pastor, Carmen Linares,  Tamara Gómez Pozas, Los Locos Descalzos, Diego Galaz, Cuco Pérez, Luis Fernández, Richar Quiñones, Jessi Estévez, y Javier Ruibal.

Un mundo riquísimo que termina justamente con la canción “Cambiar el mundo” con letra y música de Luis Pastor. Quisimos cambiar el mundo y el mundo nos fue cambiando, dice el cantor poeta. No es verdad. No es verdad. Si hay alguien que no se dejó embaucar ese ha sido Luis Pastor que ahora se  ha multiplicado para no extinguirse el muchacho que fue y la raza que le nació. La prueba del algodón para su honesta voz es que aquel niño de pueblo que llegó a la colonia Sandi sigue desamado por todos los poderes, menos por el del pueblo para el que canta, para el que escribe. Para la gente que no tiene límites y que siempre está diciendo adiós a las noches y saludando al azul de cada mañana. Para quien cambiar el mundo es una cuestión de fe.

Hasta llegar a ese final, que es justamente donde años atrás todo empezó en el corazón y las ganas, hay un viaje por el que Luis Pastor ha pasado dejando silencios o huellas, ninguna de las dos cosas olvidables.

Porque aquel Luis Pastor que un día preguntó en Madrid quién era Miguel Hernández es un cantor-poeta o poeta-cantor, no sabría decir muy bien cuál de las dos pronunciaciones suyas es la que le queda mejor ahora mismo.

Contaminado de sensibilidades vecinas o caboverdianas, ahí está ejerciendo su oficio de tábano de la conciencia de clase, del gusto por las pulcras expresiones, percusionando como un metal de ternura en la mirada, hijo predilecto de aquellos que fueron antes, padre hermoso como un dios  o como un ejemplo para quienes tuvimos un viaje paralelo o para los que vienen o han de venir después.

Luis Pastor ya se salvó de todos los eclipses que, cepos o trampas, le salieron al paso. Él es un hombre que despertó un día la emoción, viajero por tierras de este país y también de aquellos donde respiraban la lejanía de la emigración.

Si alguien intenta pararle ahora, como antes o como siempre, tiene que saber que antes, ahora o siempre, es nunca jamás, hermosa redundancia donde se bañan sus raíces de luz.

Aquí están y vuelven los hijos de España, donde un canto muere el mío se levanta, escribe el cantor, Y sí, siempre habrá puertas abiertas a las mieses, a las ciudades sin nombre, a los cedros altivos, a la serenidad del agua.

Luis Pastor, su puro rostro nos llama, nos convoca, nos recupera de la desidia para volver al asombro. Bendita la hora soleada en que vuelve a grabar su memoria en su poesía musical.