Viernes, 14 de agosto de 2020

Los intensos

Yo a los intensos no les extraño nada.

Aquí el personal tiene tanta gana de verse las caras que organiza reuniones telemáticas, quedadas para tomar una caña, llamadas a cuatro y alguno habrá que susurre alguna lindeza estimulante en la intimidad, pero yo me refugio tras la página y si acaso, le hablo al micro con la voz arrastrada de los alérgicos que se preguntan cómo limpiarse la nariz con la mascarilla puesta y dejar de estornudar para que no te miren mal en el supermercado. Es la nueva normalidad.

 -Límpiate las velas de la nariz.

Lo de mocosa no era un apelativo, era una realidad verde y densa. Los niños de mi tierna infancia teníamos unos mocos como gusanos y las madres eran muy gráficas. Sácate los mocos. Suénate. Quítate esas velas. Sin embargo, mi hija y mi sobrina con sus naricitas diminutas de pequeños orificios no soltaban prenda y hubo que enseñarlas a soplar para abajo. Y aún recuerdo decirle a la niña bonita “Suena”, ponerle el pañuelo y acabar sonando yo. Es que he sido una madre que empujaba el columpio a la vez que me balanceaba.

Los intensos no solo se arracimaban en la puerta entre clase y clase para no dejar salir y armar una tangana de la que salía alguno tumefacto derecho a cafetería a pedir hielo envuelto en papel o a jefatura con una queja. Las pupitas tenían su aquel, pero el día que le tiraron un moco al pelo de una niña, toda la pedagogía se me atragantó y quería matarlos y eso que no había pandemia. Los intensos eran así. Muy intensos. Muy físicos. Yo no sabía que buena parte de mi labor iba a ser custodiar la puerta de su clase y abrir las ventanas en el recreo al crudo invierno. Cuando dice la ministra que hay que dar clases en bibliotecas, gimnasios y salones de actos pienso que a los intensos habría que ponerlos en un campo y no de futbito.

 -Charo, me ha quitado la regla y la ha chupado.

Yo no tengo escrúpulos. La recogía y se la daba al quejica.

-Mira, me sale sangre.

Una es madre y se tiene que contener para no darle un lametón a la herida. Y también hay que cortarse para no decirle que se la chupe o se la lama, buenos son los intensos. No hay mejor que la saliva para un arañazo. Mira guapo, vete a lavarte la sangre y luego a que te pongan betadine en conserjería. El presupuesto de tiritas y botiquín este año ha ido para los intensos ¿Se los imaginan embozados, enguantados, separados, quietos y callados? Imposible. Ni siquiera flotando en la inmensidad del Salón de Actos. Los intensos aman el contacto físico sea para copiarse, para empujarse, para animarse o de plano para sentir que no están solos en este instituto de mayores. De ahí que no les extrañe nada, aunque seguro que cuando vuelva a verles, hayan crecido, sean buenos, les dé vergüenza tener mocos, empujar a los compañeros y por supuesto, ni se les ocurrirá irle a llorar a la profesora, pupita, pupita. Ya no serán los intensos, y entonces, sí les echaré de menos con todo y pandemia. Habrán crecido. Y tendrán miedo. O no. Buenos son los intensos.

 

Fotografía: Fernando Sánchez Gómez.