Un cuento de amor (anterior a los tiempos del coronavirus)

La fase I del desconfinamiento consiste mentalmente en dejar de tener obsesivamente todos los pensamientos diarios en torno a las actuales e inoportunas tensiones políticas y en qué hacer en cada fase.  Para ello, abres tu mente y de nuevo recuperas los bellos recuerdos o los proyectos futuros. Por ejemplo, los amores, el campo, los deportes…El domingo, ejercitándome, me vino a la memoria un recuerdo infantil. Le seguí la pista y lo reconstruí: Así quedó:

            Yo tenía unos siete años cuando conocí a esta niña, cuyo nombre afirma que los ángeles sí tienen sexo, en contra de lo que dicen los teólogos a lo largo de los siglos. Ella se llamaba Angelina, es decir, un ángel del género femenino. Y era de mi misma edad, quizás unos pocos meses más pequeña.

            Milagrosamente, a pesar de los achaques de mi memoria, aún conservo nítida la escena de nuestro encuentro:

Principios de verano de uno de esos años, de la década de los cincuenta, en los que aún  las consecuencias de la no muy lejana guerra civil se manifestaban en detalles de la vida cotidiana;  aún se veían muchas mujeres vestidas de negro, de luto por el marido u otro familiar fallecido, aún los mayores no hablaban de los tres terribles años, el tiempo y los recuerdos parecían estar  estancados en los primeros días del final de la contienda.

Vivíamos a las afueras de la ciudad, en el límite entre las casas de un nuevo barrio recién construido y los campos de cereales, de trigo y cebada, que rodeaban S. Hacia el noroeste, en la orilla derecha del río, los campos limitaban con el cementerio municipal, con la “Electra”, la compañía eléctrica que comenzaba a ofrecer y vender electricidad a toda la ciudad y con el campo de fútbol del equipo local. Nunca he sabido de dónde nacía su nombre, un nombre tan poco adecuado para un estadio deportivo: el Calvario. ¿A quién crucificarían en él?

Cuando aquella tarde crucé la puerta metálica del estadio, junto a mi hermana, y pude ver por primera vez su interior, no pude observar nada parecido a un calvario. Al contrario, la escena que aparecía ante mis ojos era una escena muy viva y alegre; un grupo de jugadores se entrenaban en el verde césped de un campo de fútbol enorme , haciendo ejercicios gimnásticos con el balón, y hacia la izquierda del estadio un pequeño grupo de niñas, acompañadas de una mujer, estaban bañándose en un  estanque, que hacía las veces de piscina. Las niñas gritaban gozosas, se reían en el contraste del calor veraniego y el frío del agua del estanque; jugaban.

Mi hermana había sido invitada por una de las hijas del entrenador a pasar la tarde en el estadio y había conseguido el permiso de que yo, su hermano menor, la acompañara. En qué momento Angelina se convirtió en la figura de ese cuadro y todo lo demás pasó a ser el fondo, no podría precisarlo. Pero así ocurrió. De repente toda mi atención se centró en la niña de pelo rubio y ojos azules, que salía y entraba del estanque, que sonreía, temblaba, se secaba con la toalla, volvía a tocar el agua o a tirarse a las frías aguas. Hasta que las palabras llegan a crear una frase, una afirmación, en nuestras mentes, pasa un tiempo; al principio solo existen estímulos, sensaciones. Quizás son los ojos de otro los que captan lo que a uno le está sucediendo. Seguramente fue mi hermana la que en un momento posterior puso las palabras: “Te gusta Angelina”.

Pasamos aquella tarde en torno al estanque, y uniéndonos al juego de entrar y salir del agua, de gozar y temblar con la frialdad que aliviaba el calor del día, y a merendar un apetitoso bocadillo después de pasar varias horas de baño. A ser objeto de miradas y a mirar tímidamente aquellos cuerpos de niñas tan distintos a los cuerpos de los niños, como distintas son las almas. Mi encuentro con Angelina quedó siempre unido a esas placenteras sensaciones físicas que produce el agua fresca en tiempos de calor. Quizás Angelina pasó a ser una metáfora, para mi  cerebro infantil, de todo lo que puede  aliviar los calores sofocantes. Quizás pasó a ser mi angel-ina refrescante y portadora de vida, en aquella ciudad agobiada por el largo calor de veranos sin fin y por el intenso calor de una madre con un caluroso genio, que frecuentemente presagiaba tormenta.

Durante el otoño, a Angelina la veía de vez en cuando,  siempre inesperadamente; en la esquina de la calle de la mano de su hermana mayor, volviendo del colegio de monjas  vestida con el uniforme, camino de Misa los domingos por la mañana. Cada vez que nos cruzábamos sentía una mezcla extraña y agradable de sentimientos, alegría, temor indefinido, deseo de seguir con ella, inseguridad. Ella me miraba sonriendo, con una mirada presente y, quizás, con los mismos sentimientos que percibía en mí, como si se viera en un espejo.

En aquel tiempo los niños no compartíamos juegos con las niñas, pero sí salíamos en grupo a pasear sobre todo en primavera por los campos llenos de trigo y amapolas. Jugábamos a casarnos o a médicos y enfermos, sin que ningún adulto en nuestro país quisiera aún saber  que existía la sexualidad infantil, cuando hacía  décadas que toda Europa conocía  las teorías de S. Freud.

En verano mi hermana y yo seguíamos yendo, algunas tardes, a bañarnos en el estanque del campo de fútbol del equipo de la ciudad y yo a comprobar que no me cansaba de mirar a mi dulce Angelina. Nuestros sentimientos (no nuestras acciones) seguían creciendo sin medida y todos nuestros conocidos, amiguitos, hermanos, nos reconocían como “los novios”. La invité a la celebración de mi Primera Comunión, la que todos los niños hacíamos al cumplir los ocho  años. Aún conservo la fotografía que alguien nos hizo al salir de la iglesia: mis padres, mis dos hermanas, mis amigos y entre ellos, mi dama. Esa fotografía la he conservado conmigo más de cincuenta años: la prueba inequívoca de todo lo que significó para mí Angelina.

Una tarde de finales de ese  verano de mi  noveno año de vida,  al llegar al campo del Calvario, la hermana mayor de Angelina nos informó a mi hermana y a mí de que su padre había sido nombrado entrenador del equipo de V; así que antes de un mes dejarían S y toda la familia se iría a vivir a V. Al oír esas palabras miré a Angelina y vi su cara y su mirada triste; fue uno de los momentos más dolorosos de mi vida. Sabía, a mi edad qué suponía irse a vivir a V: dejar definitivamente de vernos; a los nueve años no se tiene la menor posibilidad de dirigir el propio devenir.

El amor de Angelina pasó a ser el amor sublime, todo lleno de esperanza y de idealización. No tuvo la posibilidad de ninguna confrontación con la realidad. Y así se ha quedado, dentro de mí, intacto, bello, no real, sin poder ser comparado con ningún otro. Pues a los ocho años una niña y un niño son recíprocamente los semejantes y los diferentes. El resto de las parejas,  desde la adolescencia, no son en primer lugar semejantes y secundariamente diferentes, sino primero diferentes y en segundo lugar semejantes. Entre los adultos, cada uno es el diferente, el sexo distinto u opuesto, como con frecuencia se dice.

Pero a los ocho años, lo que nos asemeja a los ángeles es tan intenso en las niñas como en los niños. Es el paraíso. La guerra de los sexos ni siquiera ha comenzado.

Angelina quedó para siempre entronizada en mi cielo mental, como la imagen de una bella niña bañándose en el estanque de El Calvario salmantino una calurosa tarde de julio.