Sábado, 6 de junio de 2020

Añeja sabiduría

A lo largo de toda la historia del toreo, hay infinidad de ejemplos; el viejo banderillero retirado, fiel consejero de un maestro, el ganadero maduro y curtido en el campo...

Si recordar es volver a vivir, nada más grato y placentero que saber escuchar a aquel viejo, incansable e insaciable aficionado, que permite revivir con la mejor pasión y entusiasmo, los detalles personales, la exactitud de datos, antecedentes, anécdotas, vivencias y recursos, para el mejor desempeño de la profesión, la brillantez, la gracia, la verdad y el sabor, como es en este caso, el arte de lidiar reses bravas. Solo la senectud, nos trae la serenidad de visión que permite enjuiciar las cosas de modo objetivo, ponderado, sosegado y desprovisto de bajos intereses.

La contestación a estas preguntas, es bastante pesimista pues, consideraba que los jóvenes de hoy, ni escuchan ni aprenden de la experiencia acumulada por muchos de los viejos toreros retirados, perdiéndose el enorme caudal riquísimo de experiencias, que bien podrían serle de la gran utilidad en su evolución como persona, así como también para la prestancia de la Fiesta. Este hecho, es una evidencia más, del rumbo que desde hace ya, algunos años viene experimentando el mundo del toreo. Es cierto, que no siempre a través de la historia, se haya considerado y respetado debidamente a toreros veteranos y “jubilados” de la profesión.- Aunque como bien es sabido, el torero no se retira nunca.- Pero no hace tanto tiempo, la presencia de los toreros retirados, era recibida con respeto y admiración por las gentes que querían aprender de la experiencia acumulada a lo largo de sus vidas, ya que eran fuente de conocimientos técnicos y prácticos, junto a la nada desdeñable e importante transmisión oral de anécdotas enseñanzas y recuerdos que forman parte de la memoria colectiva de nuestra incomparable fiesta y, que, difícilmente se pueden sustituir, por las clases teóricas de las innumerables escuelas de tauromaquia que hoy se reparten por toda la Iberia.

A lo largo de toda la historia del toreo, hay infinidad de ejemplos; el viejo banderillero retirado, fiel consejero de un maestro, el ganadero maduro y curtido en el campo, conocedor del ganado bravo, peones de confianza, aficionados curtidos en mil plazas, y aquellos otros que apagan sus nostalgias en los mentideros taurinos, en tertulias donde se relataban sus tardes de gloria, o fracaso, de faenas angustiosas, de miedos, de presencias de muerte, de carnes rotas y cicatrizadas … desgajando aquello que vivieron a lo largo de sus carreras, y, que, como retazos de vida conservan intactos en sus memorias. Y, cabe preguntarse: ¿Qué hubiera sido de los grandes maestros sin los consejos transmitidos, sin tratados y aulas de aquellos “jubilados” de plata, o de paisano? Los viejos toreros y aficionados de probada solera, enseñaban sus lecciones, en los cafés, casinos y colmados sevillanos, madrileños, salmantinos, o de cualquier otro rincón de España, en donde los aficionados jóvenes y sobre todo los aspirantes a novilleros, escuchaban entre asombrados y admirados, a aquellos decanos de contrastada sabiduría, eran aquellas tertulias autenticas cátedras de la tradición taurina.

Hoy apenas existen lugares similares, aquellos foros tradicionales, bien conocidos y relacionados entre las gentes del mundo del toro, han terminado como tantas otras cosas por desaparecer. Ya casi nadie habla de toros con rigor, con conocimiento y buena dosis de romanticismo, de la autentica tauromaquia, tan solo podemos exceptuar ocasionales tertulias, cuando llegan las fiestas patronales de pueblos y ciudades. Siendo en estos días festivos, cuando aparecen por doquier, los que dicen ser los conocedores del toreo que actualmente se desarrolla en las plazas, y que comentan las faenas de modo y manera que sea propicio a sus intereses, entre el vocabulario y la confusión retórica de no pocos comentaristas, incluidos los de la televisión. Lo malo no es, este hecho en si; - (“siempre hubo salvadores en esta Fiesta”).  Lo malo es: Que; lo que dicen lo van compartiendo la mayoría de los aficionados.- ¡Si los padres de la tauromaquia levantaran la cabeza! -. Para conocer las reglas esenciales, las escuelas de tauromaquia están muy bien, siempre existieron, pero no deberíamos de perder nunca el caudal de vivencias y experiencias que pueden aportar los toreros “retirados”. ¿Qué podemos hacer con estos? Escucharles, invitarles a sentarse en tertulias, coloquios y en cualquier foco taurino, llevarlos a las aulas, contar sus historias, demostrarles dignidad y respeto, -a quien lo haya ganado por supuesto -. Los jóvenes aprendices, guiados por una buena dosis de soberbia, y a menudo mal aconsejados por “testaferros” y aprovechados profesionales, solo se fijan en las “figuras” que salen en revistas y programas de cotilleo coreados por cronistas del “antitoreo”, rechazando así la oportunidad del viejo torero, que les hablara de técnicas, de terrenos, de distancias, de querencias de desengaños, de frustraciones, de la dura realidad que supone el vestirse de torero. Por ello al reflexionar sobre la azarosa vida del bisoño aprendiz, uno hecha de menos a aquellos cenáculos de la época, reducidos en número pero selectos en calidad para hablar de la Fiesta. Pero desgraciadamente, estas tertulias, se han perdido, hoy apenas tendrían razón de ser, porque aparte de saberlo todo, no sabemos escuchar.