Sábado, 8 de agosto de 2020

El cielo en la cabeza

“El poeta intenta poner la cabeza en el cielo; el matemático, el cielo en la cabeza”  CHESTERTON

En una sociedad en que la ingeniería genética, la tecnología láser y los circuitos en microchip (y el análisis genómico, estadístico y predictivo en una pandemia), incrementan a diario nuestra comprensión del mundo, resulta especialmente lamentable que haya en España un proyecto de ley “educativa” que proponga suprimir las matemáticas de los contenidos obligatorios del bachillerato. Siguiendo el proceloso sendero de la ignorancia posibilista que se inició con, primero, el arrinconamiento y, después, la supresión del aprendizaje y estudio de los idiomas griego y latino, y que tuvo su culminación en los indiscriminados ataques a la Filosofía como capital en la enseñanza (salvada in extremis y tal vez de modo efímero), la “iniciativa” actual de arrinconar una ciencia como la Matemática, demuestra una vez más la levedad cultural de la clase dirigente, su incapacidad para entender el mundo y su ineptitud política (de todo el arco ideológico), además de la oceánica ignorancia de unos gestores educativos que hemos sufrido a través de dictaduras, transiciones y pactos, soportamos durante la degradación progresiva de la democracia representativa y, ay, tendremos la desgracia de padecer mientras los dioses de la plusvalía no desaparezcan.

Una educación insuficiente, un profesorado cuya capacidad pedagógica ha sido siempre excepción, cierto bloqueo psicológico y falsas ideas románticas acerca de la naturaleza de las matemáticas, hacen que ese antiguo y “travieso” galardón de enorgullecerse de la propia ignorancia matemática se haya vuelto hoy poco menos que patético. Los indignantes “argumentos” que se enarbolan para tratar de justificar una decisión tan nociva como la supresión de las matemáticas de los contenidos troncales de la enseñanza, repiten que es en beneficio de los estudiantes y para facilitarles la realización de diversos caminos formativos, generándose así la paradoja de favorecer supuestamente la formación suprimiendo el estudio y conocimiento de su más perfecto lenguaje,  el lenguaje universal de la ciencia, su principal instrumento y la más potente herramienta para entender la naturaleza.

No solo aquellos estudiantes que se orienten a formaciones más centradas en ingenierías o diversas ramas de la Física precisarán de las matemáticas, sino que en un mundo en el que los algoritmos o la computación forman parte de la cotidianidad, quedarse al margen del estudio de las matemáticas, cualquiera que sea la opción académica que se elija, significa quedarse al margen de un mundo que emerge con la complejidad del número y el oxígeno de la formulación lógica. Las matemáticas, que constituyen una base intelectiva para aprehender conocimientos, procesar informaciones y adquirir habilidades que sin ellas carecerían de sentido, y que además de constituir la base más solida de la investigación científica, son el fundamento de materias que van desde la Física cuántica a la Biomedicina, desde la Estadística a la Computación, desde la Química a la Genética, la Medicina, la Geología, la Farmacología, la Astronomía, la Epidemiología o cualquier tipo de ingeniería. Son, lisa y llanamente, el más bello lenguaje del mundo.

No entender que las matemáticas son materia capital en cualquier enseñanza, educación o formación no solo técnica sino humanística y “de letras” (esa muletilla donde acostumbraban a refugiarse los pobres anuméricos condenados a sus cegueras), significa insistir en la ignorancia que hizo que se extendiera durante muchas décadas una inexistente separación del conocimiento entre la mente y la inteligencia, la reflexión y el análisis, el corazón y la cabeza, el sentimiento y la razón, la experimentación y el Arte, la Belleza y la Eficiencia y la inmensa aberración de mantener la estúpida diferencia entre las “ciencias” y las “letras”...; una diferenciación mutiladora, negativa y desorientadora que empobrece a cada parte y entorpece cada hallazgo y  que hoy, en un mundo que se ordena matemáticamente, que matemáticamente se entiende, defiende, protege y cura, y que matemáticamente es capaz de definir su propio futuro, escribir su historia, medir su fuerza y prever sus espejos,  está a punto de caer en un error de gigantescas dimensiones con la supresión de la enseñanza de la columna capital del pensamiento: la Matemática.