Martes, 11 de agosto de 2020

Las expresiones del virus

Un virus es un trozo de ácido nucleico rodeado de malas noticias

(Peter Medawar, premio Nobel)

Como es natural, se habla –hablamos– de los efectos sanitarios, sociales y económicos del virus. Pero hay otro efecto colateral de este nuevo morbo asiático: el lingüístico, ya que la situación está siendo fértil a la hora de crear nuevas palabras, nuevas frases, nuevas ocurrencias, para bien o para mal. Como dice Almudena Grandes, "siempre que hay una emergencia sale lo mejor y lo peor. En esta crisis lo peor es muy malo, pero lo mejor es muy bueno".

Nuevas palabras. Oigo a la Sra. Casado, consejera de sanidad, hablar de cuarentenar, como verbo, seguramente por contaminación del inglés, y creo que también ha hablado de cuarentenados. Igualmente viene de ahí anteponer corona a virus, nombre al que adjetiva aun siendo también nombre. Debía ser virus corona, lo mismo que decimos color limón y no limón color o mujer pirata, etc. Pero la invasión lingüística ha venido sobre todo con esa metafórica comparación de la epidemia con la guerra y así los términos militares han copado la escena. Sólo me referiré a dos, escalada y desescalada (este último aún no ha admitido en el diccionario de la Real Academia), que se comenzaron a usar en la guerra de Vietnam y en la Guerra fría para aludir al cambio a más o a menos en el tipo y la magnitud de los armamentos utilizables, que podrían llegar a ser bombas atómicas. Hubo entonces algún general descerebrado que concibió una guerra nuclear limitada. Ahora, menos mal, la batalla se libra mediante mascarillas y distancias y, sobre todo, personal sanitario, que está en primera línea de combate y está teniendo muchas bajas debido a problemas de intendencia y logística. Esta predominancia del léxico castrense es significativa ya que, como indicamos al hablar de Defoe y Manzoni, en otros tiempos se imponían los términos religiosos: castigo, penitencia, expiación, sacrificio y así.

Pero la pandemia ha puesto estupendos a algunos a la hora de hacer frases para la historia. Hace unas semanas recogíamos la de Manuel Castells, ministro de universidades: "no es el fin del mundo. Pero es del fin de un mundo, del mundo en el que habíamos vivido hasta ahora". No le va en zaga el presidente Macrón: "está en juego el equilibrio entre la actividad económica y la muerte" o, si preferimos el giro científico de Adam Tooze, "es una mutación fortuita en la olla a presión ambiental". Más tremendos están mis colegas por aquí, que titulaban hace unos días: “Seguimos a tumba abierta”, uno, “Cuesta abajo y sin frenos”, otro, y finalmente otro, hablando del estado de bienestar, “susto o muerte”, con lo que casi me dieron ganas de pegarme un tiro en la bragueta.

Y, cómo no, también la situación da pie a las salidas de pata de banco. Reciente está la de José Luis Concepción, jefe de la cosa judicial en Castilla y León, quien dice que le preocupa "sobremanera" la suspensión de la "libertad ambulatoria" (sic) y cree que la paralización decretada por el gobierno tiene "fines distintos a salvar a la población" (aunque no dice cuáles). El caso es que el Consejo General le ha llamado al orden, no para que sea menos pedante hablando, sino para aconsejarle “moderación, prudencia, mesura y responsabilidad”. Como soy un poco tiquis miquis, diría que sobra ahí la mesura, por redundante. Pero si sobra podríamos recetarla para otros casos, pues están haciendo falta tantas dosis de ella como de tests, mascarillas y vacunas.

Foto de José L. Concepción. Europa Press