Miércoles, 3 de junio de 2020

Pandemias

“Unos ponían la ternura y el llanto / Otros el asombro /La madre nada, se suprimía. Queria ser la sombra bajo la tierra en que iba a ser guardado  el cuerpo de su hija. / Y el viejo era ya como el canto llano / A su manera imponía el respeto.

La sociedad del siglo XVI, de intenso acervo cultural, fue mucho más religiosa de lo que se decía hace poco. Los movimientos culturales que la caracterizaban: Reforma, en el sentido amplio de la palabra, y humanismo, no son contradictorios, sino que íntimamente van unidos.

La primera de dichas inquietudes fue la preocupación ante el destino del hombre, la muerte y lo que le espera después de la muerte. Este es posiblemente el lastre de las grandes epidemias y mortandades del siglo XVI conocidas por la expresión de peste negra que asoló a toda Europa:

Aunque la población se había recuperado, la angustia no desapareció y vinieron a renovarla las pestes que, regularmente azotan la tierra, casi siempre la misma evolución: en años de sequía, las cosechas eran malas y escaseaban los granos, base de la  alimentación, subían los precios del pan; en los organismos debilitados por el hambre, la epidemia, no tardaba en declararse, favorecida por las malas condiciones higiénicas de la época a pesar de las precauciones y de las recomendaciones de las autoridades. Los ricos, mejor alimentados, tenían además la posibilidad de buscar refugio en zonas menos afectadas y, en caso de enfermedad les atendían médicos. Pero los pobres no tenían salvación y morían por centenares y millares. De este ciclo trágico se conocen varios ejemplos: La peste que azoto la montaña y norte de Castilla a partir de 1497 y que hizo más de 6ooo victimas en la sola ciudad de Santander. La crisis que conoció Andalucía 1506-1507, nuevos brotes de peste y hambre a mediados de la centuria y, por fin, la terrible epidemia de finales de siglo.

A las víctimas de las pestes venía a añadirse una fuerte mortalidad infantil; muchos niños no vivían más que unos meses y la esperanza media de vida no pasaba de los cuarenta años. Como por lo general se solía dar sepultura a los difuntos poco después de su muerte, una obsesión que pareció muy difundida era el miedo a ser enterrado vivo. La Miscelánea de Zapata, refiere varios casos en los que una persona que acababan de enterrar empezaba a dar gritos en su ataúd, con el correspondiente susto de sus parientes y amigos. Se sabe que a Santa Teresa por poco le paso lo mismo de no haber intervenido enérgicamente su padre “¡Esta hija no es para enterrar!”. Para evitar semejantes accidentes, se solía dar cuchilladas en la planta de los pies de los supuestos difuntos o bien se les echaba cera en los ojos de modo que el dolor les despertara si acaso no estaban muertos.

En estas condiciones se comprende el estado de ánimo de unos hombres a la vez familiarizados con la muerte y obsesionados por ella. De ahí el éxito de las llamadas.- danzas de la muerte-, coplas en las que la muerte arrastra tras de sí a personas de todos los estados (papas, emperadores, reyes, humildes pastores etc.) con lo cual se pretende mostrar igualdad de todos en ese tránsito. Las coplas de Jorge Manrique se hacen eco del tema (…) Nuestras vidas son los ríos que van a dar en la mar que es morir …). Lo más ilustrativo de esta obsesión es la cantidad de libros sobre muerte y la preparación a la muerte, el arte del bien morir. El mismo Erasmo escribió una obra sobre el tema, aunque la más conocida en España es la “Agonía del tránsito de la muerte” del toledano Alejo Venegas (1537), cuya meditación sobre diferentes muertes, las tentaciones que asaltan al agonizante, la forma de irse preparando con tiempo y de redactar su testamento, etc… Como se sabe, fue la muerte de la Emperatriz Isabel en 1539, la que impuso al marqués de Lombay, futuro San Francisco de Borja, a renunciar al mundo y hacerse jesuita: El cadáver de la que él había conocido como una de las más bellas princesas, le determino a nunca más servir a persona mortal.

Más allá de estas consideraciones, el hombre de aquella época siente ondas preocupaciones sobre su propio destino en el mundo. De ahí el cuestionamiento de las normas religiosas vigentes, impuestas por la iglesia oficial y sus doctores, y las nuevas formas de espiritualidad más auténticas, más pensadas y más vividas que respondan a las exigencias de una sociedad desorientada. Tal como lo que estamos padeciendo en este momento, donde esta pandemia  ha removido los cimientos básicos y elementales, de nuestra vida social en todas sus variantes. Este “bicho” inútil, sigiloso, e invisible enviado por el mismo demonio, ha venido, como en otras épocas de la historia de la humanidad, a firmar miles de muertes.

Fermín González salamancartvaldia.es                                   blog taurinerias