Miércoles, 3 de junio de 2020

Los graves traumas colectivos, como factores desencadenantes de patologías

Desde hace unas semanas la OMS está avisando a los gobiernos y a las instituciones sanitarias de los países que como consecuencia de las muertes, enfermedades y de la peculiar experiencia prolongada de confinamiento de la población por la pandemia de la Covid19, habrá un incremento decisivo en las psicopatologías; la salud mental de la población ha sido sometida a una serie de situaciones traumáticas que darán lugar a trastornos psíquicos producidos por la intensidad emocional de hechos vividos durante estos meses.

Pero no solo la salud mental general ha sufrido golpes significativos con esta pandemia y las medidas tomadas de lucha contra ella, sino también da la impresión de que, en muchos casos, los factores colaterales de la misma han sido un factor desencadenante en la muerte prematura de un número  significativo de personas con problemas previos en su salud física o mental. No me refiero, obviamente, a los casos en los que el coronavirus haya sido la causa directa o probable del fallecimiento, sino de personas cuya muerte se ha producido durante la pandemia, sin haber sido contagiados.

Desde hace décadas se intuye que muchas muertes se producen por un factor desencadenante ajeno a la salud física: ¿quién no conoce a alguno de los dos miembros de una pareja bien avenida que fallece al poco tiempo de morir el otro/otra, sin tener ninguna enfermedad grave? Conocemos personalidades célebres, como nuestro querido D. Miguel de Unamuno, que seguramente murió aquel 31 de diciembre de 1936, agotado emocionalmente por todas las situaciones traumáticas vividas: el comienzo de la guerra civil, la tensísima situación en el enfrentamiento del Paraninfo, el rechazo explícito de muchos e implícito de otros que padeció en los últimos meses, fueron suficientes (sin tener ninguna enfermedad precipitante) para que dejara esta vida.

No he llevado la cuenta del número de personalidades famosas que han fallecido durante estos dos meses largos de cuarentena, pero la impresión es que han sido más que en etapas previas. La tasa de mortalidad (excluyendo los fallecidos por coronavirus) seguramente será mayor en este semestre, que los de los años pasados.

Tuve una gran maestra, en psicopatología y psicoterapia, la Dra. Anne Ancelin Schützenberger, que durante mucho tiempo trabajó a pie de cama, como psicoterapeuta, en el Hospital General de Niza, con enfermos cuya evolución física era mucho peor que la esperada por el equipo médico: con pacientes cercanos a morir, sin que en ellos hubiera un deterioro físico suficiente  que  explicara el mal pronóstico. En sus escritos queda recogida la cantidad de pacientes que pudo salvar centrando su psicoterapia en aquellos factores de la biografía de los enfermos que actuaban de precipitantes de una muerte no esperada.

La mayor parte de la población ha vivido esta epidemia como una situación muy peligrosa y llena de angustia por lo desconocido de la misma: todos los “pequeños” síntomas de conducta que vemos a nuestro alrededor, excesiva agresividad, desconfianza en los responsables, hipercrítica a todos los poderes, falta de diálogo y serenidad, son factores que hunden sus raíces en la angustia ante lo traumático desconocido.

Para liar más las cosas, muchos, después, tienden a buscar razones “objetivas” en la política, para, inconscientemente, tapar la angustia producida ante tanta enfermedad y muerte. Nos cuesta aceptar el miedo; todos querríamos ser supermujeres o superhombres.