Miércoles, 3 de junio de 2020

La patria no es solo de los que viven en Núñez de Balboa

El 23 de febrero de 1939 murió en el exilio uno de los más grandes poetas que ha tenido España: Antonio Machado. Murió como penitente un miércoles de ceniza. De no cruzar los Pirineos hubiera sido fusilado como hicieron con García Lorca, muerto en alguna cárcel o en el exilio: Miguel Hernández, Luis Cernuda, Pedro Salinas, Arturo Barea, Max Aub, María Zambrano, Luis Buñuel… Nombres de una larga lista de represaliados.  

 

¡Triste historia la nuestra! En Salamanca, en su universidad, un general franquista la resumió en tres palabras: “¡Muera la inteligencia!” Llovía sobre mojado. En 1814 cuando Fernando VII, el rey felón, regresa del destierro, una muchedumbre le recibe al grito de: “¡Vivan las caenas!” En otras palabras: “mueran los liberales y viva el absolutismo”.

 

Una y otra vez la “España de charanga y pandereta, cerrado y sacristía” terminó restaurando el orden, el dogma, el pensamiento único, el privilegio y la ignorancia. Die unendliche Geschichte, una versión patria de la “historia interminable” de Michael Ende. La historia de una permanente e insalvable contradicción, de dos proposiciones enfrentadas, dos éticas y, por encima de todo, dos estéticas.

El “viejo de las barbas”, ese que está enterrado en el cementerio londinense de Highgate, decía: “las superestructuras están, inevitablemente, condicionadas por las estructuras”. La ideología, por el modo de producción. En España siempre hemos llegado tarde. Tarde a la ilustración, a la democracia y a la excelencia educativa. Tarde al mercantilismo, a la industrialización y a la cibernética.

¿Por qué? El busilis reside en cómo se reparte la riqueza y en cómo logran los pocos que la detentan, que los muchos se resignen. Cuestión que tiene fácil respuesta y que me abstengo de contestar. En todo caso, en este país el palo (el acá) y la zanahoria (el allá) han funcionado, desde in illo témpore, de maravilla.

 

Después de la muerte de nuestro “amado caudillo” y de la “ejemplar transición” nos hicimos demasiadas ilusiones. Algunas se hicieron realidad, otras siguen en la nube. Enumerar unas y otras daría para otro suelto. No obstante, fijémonos en una que quedó en la nube: la transparencia en la gobernanza.

En efecto, nuestra Marca España incorpora, entre otras exóticas costumbres, la corrupción. Hasta el día de hoy, la democracia se ha visto impotente para atajar esta “deriva patriótica”. El sistema funciona así: unos importantes empresarios tienen diversos “amiguitos del alma” distribuidos entre los partidos políticos. Los tales les proporcionan negocios sustanciosos con la administración, subvenciones, exenciones fiscales, colocaciones para hijos, cónyuges, amantes, etcétera. Los primeros pagan y los segundos cobran. Luego llegan los muñidores de la opinión pública. Periodistas y medios que ensalzan, pasta por medio, la filantropía de los primeros y el buen hacer de los segundos. Si la cosa se sale de madre, el chanchullo llega a los tribunales. No obstante, para nuestra desgracia, allí también hay “amiguitos del alma”.

En fin, dos fuerzas enfrentadas: unos haciendo de la patria su finca y los otros pretendiendo, hasta ahora sin mucho éxito, que se haga efectivo lo acordado en 1978: “La soberanía nacional reside en el pueblo español, del que emanan los poderes del Estado”.

 

Nota bene. Sospecho, que los borjamaris no la van a tener, como antaño, tan fácil. Cuestión que sigue teniendo una fácil respuesta y que, de nuevo, me abstengo de contestar.