Miércoles, 3 de junio de 2020

Gerontofobia

“Quien se sustrae a la evidencia del espanto, cae en la fría contemplación”. T. W. ADORNO, Minima moralia

La verdad y la esperanza.- Azuzada, tal vez, la imaginación por el deseo, o la inconsciencia por la prisa; fiel quizá el pensamiento al antiguo error humano de buscar la verdad en la esperanza, surgen por cientos las propuestas para intentar acabar con este desesperado círculo de incertidumbre en que parecemos naufragar, pero todas quedan oscurecidas por la que habla de “soluciones” cuyo sola mención provoca el escalofrío moral y la vergüenza: el confinamiento, aislamiento y encierro de solo las personas que hayan cumplido una edad determinada, desarrollándose normalmente la vida social sin su participación y limitando cualquier acción sanitaria preventiva a únicamente las personas que hayan sobrepasado esa edad.

La miseria moral.- Así enunciada, y sin entrar en un análisis siquiera aproximado de lo que significa semejante “idea”, la propuesta parecería ajustarse a protocolos sanitarios de protección de personas mayores, pero en cuanto se considera más detalladamente puede adivinarse justamente lo contrario al mostrar la miseria moral que alberga y la profunda incoherencia de semejante barbaridad, además del bochorno ético que causa en lo más profundo de la sensibilidad de cualquier ser humano. Porque ningún manual utilitarista, ninguna doctrina filosófica, ningún principio normativo pueden contemplar, ni remotamente, tal atrocidad.

La indiferencia.- Mientras en este país crece el número de víctimas de una pandemia que está redefiniendo hasta los más oscuros pliegues de la convivencia, la preocupación mundana se centra en las vacaciones, la reapertura de terrazas, piscinas y bares, y en el marujeo de una clase política en su mayor parte inepta. Los titulares repiten la distancia, la mascarilla, el pacto, el aforo, el plazo y la curva, pero no hablan de la amenaza real de una sociedad que está planteando prescindir de sus miembros de más edad, encerrados, según ese proyecto, en los más indignos guetos de la indiferencia.

La imaginación hitleriana.- Que el desprecio a la senectud, es decir, el abandono, descrédito y marginación de las personas mayores ha constituido norma de comportamiento en unas sociedades abocadas a la imitación y al consumismo, es una realidad de muchísimo antes que una pandemia viniese a enfrentarnos con la medida de nuestra propia talla moral. Ya habíamos confinado (amontonado) a las personas mayores en residencias, asilos y centros en los que la enfermedad ha reinado y la guadaña de un virus desconocido ha diezmado una población que si fue diana de la muerte, nunca mereció nuestro abandono (y menos las lágrimas de cocodrilo del lamento, ahora, de no haberlos visto morir). Revisar las decisiones de triage tomadas recientemente en centros sanitarios y de otra índole, es un viaje al núcleo mismo de nuestra penuria de valores. Ahora, por obra y gracia de la imaginación hitleriana de demasiados “pensadores” (afortunadamente no –aún- de las autoridades sanitarias), se propone en tertulias, charlas, hojas volanderas y saraos de lengua larga, inaugurar el gran asilo, en una instancia de la eugenesia no por argumentada menos ignorante, no por su maternal disfraz menos estúpida, y no por su “democrática adopción” menos bárbara.

El proyecto común de la existencia.- Más allá del egoísmo excluyente (¿lo hay de otra clase?) que subyace en las propuestas empresariales de prevalencia de la plusvalía economicista sobre la salud de las personas (alguna patronal ya ha propuesto excluir de las cifras a los mayores por considerarlos “sociedad no productiva que vaya a incorporarse a puestos de trabajo”); mucho más cruel que el desprecio con el que (demasiados) jóvenes convencidos de una (falsa) inmunidad desprecian una lucha que debe ser de todos; más ridículo que ignorar la sabiduría que nos enseñaron los griegos y los sabios, y mucho más dañino que la indiferencia, esa propuesta que habla de un mundo con viejos enclaustrados, un mundo que hará posible la creación de guetos de edad amenaza la estructura ética de la comunidad, se revela insolidaria en una lucha por definición colectiva y, bajo la excusa de protegerla, abandona a una parte de la población -posiblemente la más valiosa-, condenándola a la exclusión y el estigma para que la otra -probablemente la menos educada- pueda continuar con una especie de vida normalizada de consumo, boca abierta y sumisión, librándose del principio solidario que en la adición pasado-presente-futuro, debiera mantener el proyecto común de la existencia.