Miércoles, 3 de junio de 2020

La fraternidad del Espíritu

“Si escondes tu rostro, desaparecen,

les retiras tu soplo y expiran,

y retornan al polvo que son.

Si envías tu aliento, son creados

y renuevas la faz de la tierra”

(Sal 104,29-30)

 

 

“El Espíritu

ha decidido

administrar

el octavo sacramento:

¡la voz del pueblo!”

Pedro Casaldáliga

La liturgia de este domingo, sexto de Pascua, nos prepara para Pentecostés, la Pascua ya madura que produce el fruto del Espíritu Santo. En su discurso de despedida, Jesús habla del amor a sus discípulos, pero no quiere que se angustien por su muerte y por la muerte, sino que puedan descubrir que no están solos, que él estará presente en sus corazones y, que solo lo podrán descubrir con los ojos de la fe y así lo podrán ver mejor que nunca. Si es una experiencia alimentada por el amor, la vida de Jesús no es un recuerdo, el que le ama vive en sus palabras, se va llenando de él en su cotidianidad

La realidad de Dios es un misterio, solo podemos aproximarnos de manera frágil y limitada, pero es el Espíritu que habita en el corazón del hombre, el que nos enseña a entrar en el misterio y a entender ese misterio desde los ojos de la fe. El Espíritu es don de Dios, es una presencia interior y trasformadora que da fuerza para enfrentarse a los sufrimientos del mundo y consuelo para permanecer fieles al proyecto del Reino. Jesús se va convirtiendo en una fuerza y en una luz que nos hace vivir en la verdad. Lo escuchamos en nuestro interior, pero resplandece en la vida cotidiana en la búsqueda del Reino y su justicia, que es lo que consiste para Jesús la verdad. Cuanto más penetramos en Jesús, más penetramos en el Espíritu.

En medio de esta situación tan difícil de pandemia, de fragilidad, de muerte y de un futuro de pobreza para tantas familias, no es fácil no tener miedo. Desde la hondura de la fe, el creyente sabe que el Espíritu de Jesús brota de la fragilidad de la cruz, es el Aliento que recoge la expiración de una vida entregada al servicio de los demás y, sobre todo, a los más pobres. De la oscuridad de la muerte y el fracaso, surge la creatividad y la vida, la nueva tierra firme para la esperanza. De ahí que el Espíritu da fortaleza para superar los miedos y las dificultades de la existencia humana apoyándonos en la fuerza del crucificado.

En estos momentos de dificultad y fragilidad el resucitado está presente, ya que Dios nunca abandona al hombre, está siempre junto a él, sobre todo en los momentos de dolor. Es el momento de desvelar el pulso del Espíritu para generar dinámicas de transformación para hacer nuevas todas las cosas. Siempre desde la humildad, escuchando y acogiendo el dolor, pero con la suficiente luz para saber que nunca caminamos solos en la pérdida y en la fragilidad.

Es el momento de estar unidos y generar vientos de cambio, de transformación, de apertura confiada hacia los otros y hacia el futuro. En medio de las turbulencias y la agitación debemos trabajar juntos y en solidaridad, generando una economía, un desarrollo más sostenible e integral. Una economía social de mercado que promueva la dignidad humana y privilegie el bien común sobre la ganancia individual, la productividad y la eficacia, que no pueden ser obtenidas a cualquier precio, sino deberán ser solidarias y humanizadoras.

Es necesario recobrar lo verdaderamente humano sobre el capital. El dinero debe servir y no gobernar, ampliando los horizontes del bien y de la verdad, sin los cuales cualquier sistema económico o político está abocado al fracaso. No hay progreso económico si este solo se mide con criterios de cantidad y eficacia en la obtención de beneficios, deberá legitimar su existencia en base a la calidad de vida que produce y a la difusión social del bienestar, buscando políticas sostenibles a largo plazo. Debemos tomar conciencia de la situación y dignificar a la persona en una sociedad que ha estado adormecida y paralizada por tantos estímulos.

Necesitamos una sociedad que no viva solo de pan o que viva solo a base de donativos, requiere una acción más global que busque un cambio estructural con políticas efectivas y una nueva forma de hacer que incluya a todos y, sobre todo, a los más vulnerables. Desplegar una ética de la solidaridad, que sea crítica con nuestra forma de vida y el exceso de gasto y que luche por la dignidad humana. Vivir dignamente significa tener casa, trabajo, educación, salud, etc.

Hemos sufrido una profunda privatización y en estos momentos de necesidad con la pandemia y el confinamiento, así como los que se avecinan de crisis y precariedad económica que creará más pobreza y exclusión, sin negar lo privado, debemos reforzar los bienes públicos. Diseñando mecanismos robustos y confiables para el acceso a la sanidad, la educación, al agua, el cuidado de nuestros ancianos, la vivienda y el trabajo digno.

La globalización es una oportunidad para el progreso de las sociedades, pero tiene necesidad de un nuevo despertar ético, reformulando el consenso alcanzado sobre los derechos humanos, ampliarlo y adaptarlo a los nuevos desafíos que nos estamos enfrentando. Armonizar lo global y lo local intentando limitar los conflictos entre los dos ámbitos, siendo la hospitalidad uno de los valores más necesario ante la exclusión del otro, dentro y fuera de las fronteras.

El futuro va unido a fomentar una sociedad más fraterna y democrática. No hablamos de una simple forma de gobierno, sino de un espíritu y valor universal.  Se fundamenta en la articulación y coexistencia de cinco fuerzas fundamentales: la participación, la solidaridad, la igualdad, la diferencia y la comunión. La construcción de esta sociedad fraterna y democrática se desarrolla en la familia, en la escuela, en la fábrica, en las asociaciones, en las iglesias, en el estado, en la sociedad. Es un proyecto siempre abierto e inacabado, pero necesario y esperanzado.