Sábado, 8 de agosto de 2020

Aislados del amor

Los niños crecen sin nuestro consentimiento, alargan las mangas de los jerseys de entretiempo mientras compramos zapatos nuevos por internet porque se les quedan chicos los que han llevado en ese marzo interrumpido. Y no los vemos, la pantalla nos devuelve un gesto de movimiento detenido, una pared que aprisiona. Los niños crecen y no los sentimos y les oímos gritar o discutir en sordina mientras mi hermano trata de hacerse entender por el teléfono. Mis niños a los que no veo, mis sobrinos a los que no alcanza ni el cuidado de la abuela ni el regalo de un cumpleaños pasado en el estrecho círculo de la casa. Nosotros que amamos tirar piedras a la charca donde las ondas se hacen cada vez más y más grandes y cabe cada vez y cada vez más gente a la mesa de todos.

Y a la mesa se sientan mis padres, uno junto a otro para comer la comida que les llevo, el vino que deja a toda prisa mi hermano. No hay ruido sino datos en ese televisor que es el tercero en discordia. De dos en dos la comida sabe peor o de plano a nada, como en casa de mi tía donde ella encara los días con esa fuerza con la que cumple el horario a rajatabla. Mujeres dedicadas a la tarea de la obligación y del cuidado que ahora no se dejan cuidar. Porque era yo la que me llevaba la comida de la casa de mi madre, porque era yo la que salía de casa de mi tía con la ofrenda y no al revés. Comunión inversa estos días de confinamiento mientras ella va a misa por la televisión y sale, soldadito valiente, a hacer sus recados para no ser una carga para nadie.

Mujeres plenas de fuerza a pesar de los años, de los achaques y de los días que pasan sin consentimiento. Y mi madre cocina para mi padre y mi padre que no tiene hambre, come por no dejar. Y los periódicos se amontonan mientras él pasa revista a los negocios de sus amigos que son ahora su preocupación mayor porque el coronavirus nos ha sido hasta ahora felizmente esquivo. La preocupación es el ejercicio nuestro de cada día, y el pasillo también, espacio que recorrer con toda la disciplina que encuadra horarios de salida y deseos de huida. Pues yo no quiero salir a la hora de todos, pues yo preferiría ir al campo con los niños. Y el campo, el suyo, se peina de espigas y se cubre de flores, egoísta y ajeno a nuestras preocupaciones. No le somos necesarios y nos lo demuestra mientras nosotros nos dejamos encerrar en la seguridad de la casa, en la resbaladiza protección de los guantes y la callada sordina de la mascarilla. Todo es extraño y los niños crecen sin nosotros y salen a la calle pertrechados de patinetes, de bicicletas y de una prohibición repetida… no juegues con, no toques a… no pases la mano por ahí… para eso, responde agotado mi sobrino, es mejor no salir…

Y pasan los días y mayo, maduro mayo, revienta de esperanzas no cumplidas y rendijas abiertas para asomarnos. Mientras, las despedidas siguen siendo breves y sordas, como si nadie muriese o lo hiciera a hurtadillas. También sin consentimiento y sin ese adiós de velatorio, no te acerques, no toques, no llores, sobre todo, no llores.

Fotografía: Fernando Sánchez Gómez.