Miércoles, 3 de junio de 2020

Anoche tuve un sueño en el que hacía un largo viaje

Cuando me desperté por la mañana mi atención se fue a dos aspectos del extraño sueño; uno, que  recordaba todo él nítidamente, pues había sido un sueño tan vivo como esos de los que cuesta afirmar  que no han sido realidad; el segundo aspecto fue que enseguida intuí que mi sueño de volar, (pues en él yo era una gaviota), estaba relacionado con ese sentimiento de claustrofobia que siento hace semanas ( y que apenas se ha aliviado con este inicio de desescalada del confinamiento por la pandemia, que nos permite andar un kilómetro al día; muy parecido al paseo diario de los presos).

            El sueño comienza con la escena en la que soy una gaviota y estoy sobrevolando la ciudad en la que he vivido como humano los últimos cinco años. En esa primera etapa de mi sueño tengo todavía algunos pensamientos y sensaciones humanas, pero a medida que me adentro en mi proceso de metamorfosis, van desapareciendo en mí todas las características de la raza humana: ya no razono, no evalúo, no juzgo, no tomo decisiones, apenas recuerdo el pasado salvo muy selectivamente y en la última fase del sueño no solo me resultan indiferentes los humanos, sino que los evito, como posibles depredadores; mi mundo se reduce a percepciones, sensaciones y necesidades físicas.

Retomo el relato del sueño: Sobrevolando mi ciudad, en el amanecer, me doy cuenta de una especie de deseo de despedirme de algunos monumentos por los que siento admiración o cariño: sobrevuelo el puente romano, las altas torres de las Catedrales, el Patio de Escuelas, la Purísima, el palacio de Figueroa y la Plaza Mayor. Y a partir de esa “despedida”, ya sin ningún pensamiento consciente, pongo rumbo, dirección oeste, hasta el mar cercano, hacia los alrededores de Aveiro. Me detengo en su ría, lo justo para pescar, sin detenerme apenas, algunos peces y algún cangrejo, y continúo mi vuelo hacia el norte, siempre  en la línea de la costa. Es un vuelo solitario.

Cuando llego a Finisterre y Malpica viro hacia las costas francesas, dejando a la derecha la costa cantábrica. Cerca de La Rochelle aterrizo en una playa desierta; mientras descanso, creo descubrir en mí un resto de sentimiento o pensamiento humano; algo así como un rechazo a adentrarme en tierras francesas, ¡en ninguna tierra europea!, como si hubiera restos en mí de un sentimiento de enfado, de mi etapa humana recién terminada: me cuesta mucho comprender que mi enfado contra Europa se mantiene por la actitud egoísta que tuvieron con los países mediterráneos, España, Italia, Portugal, sin ninguna ayuda generosa para que pudieran salir de la catástrofe económica y moral producida por el coronavirus.

Seguí mi vuelo solitario por las costas de los Países Bajos, sin caer en la tentación de poner rumbo a Gran Bretaña; en esa fase ya era solamente mi instinto el que dirigía el vuelo: las aguas y la atmósfera en las costas inglesas me parecían demasiado revueltas.

Seguí, pues, mi viaje hacia el Polo Norte y cuando me faltaba poco para llegar me vino un fogonazo, como si fuera mi primer o último deseo (casi humano): llegar hasta las islas Lofoten. Comprobaría que sigue siendo un lugar adecuado para quedarse; comprobaría que siguen libres de seres humanos (excepto unos pocos pescadores), siempre portadores de raras enfermedades y de empobrecimiento de todo aquello que amamos y necesitamos el resto de las especies.

Recuerdo que al despedirme del sueño, en esos momentos en los que aún no sabes en qué mundo estás, si en el de la fantasía o en el de la dura realidad, conservaba una especie de sentimiento de contento por mi metamorfosis: prefería, sin la menor duda, mi existencia de gaviota a la de cualquier ser humano, lleno de angustias, dudas y soledades que no terminan jamás.