Miércoles, 3 de junio de 2020

Garrotazo y tentetieso 

¿Qué pecado hemos cometido los españoles para no ser capaces de aceptar los usos democráticos que sirven de guía en otras naciones con situaciones y problemas similares a los nuestros? Desde que hizo su aparición la I República, cualquier intento de convivencia entre las distintas corrientes políticas de la piel de toro han terminado como el cuadro de Goya, a garrotazos. En el siglo XIX, y principios del XX, estas carencias podrían justificarse con el poco arraigo de la práctica democrática en un país nacido al amparo de monarquías de cuño abspolutista. El poso de validos, regentes, protegidos, amantes y demás cabecillas más o menos corruptos chocaba frontalmente con la nueva fórmula de trasladar, por las buenas, la soberanía al pueblo. Los que movían los hilos detrás del telón no podían firmar su muerte política. 

Tras abdicar Amadeo de Saboya, se proclamó la República como forma de gobierno. El ensayo, para dar cabida a las nuevas ideas revolucionarias, duró menos de dos años. Radicales y republicanos fueron capaces de nombrar cuatro presidentes en un año, sin ponerse de acuerdo. Y aparecieron los garrotazos. El golpe militar del General Serrano acabó con la Primera República, restaurando la monarquía en la persona de Alfonso XII. 

Con el regreso de los Borbones, las de cal y las de arena fueron la constante de una negra etapa dominada por la guerra de Marruecos y los graves desórdenes revolucionarios de Asturias y Cataluña. La expansión del marxismo había llegado también a España y, ahora, los enfrentamientos eran de los partidarios de la Monarquía contra republicanos, del capital contra el obrero, de la tradición contra la revolución, del orden contra el tumulto, de la religiosidad contra el ateísmo, de las derechas contra las izquierdas. Las refriegas que se iniciaban en la tribuna de oradores fueron endureciéndose hasta terminar en verdaderas amenazas -que acabaron cumpliéndose. Los garrotazos de antaño se convirtieron en arrestos de inocentes, expropiaciones por venganza, persecuciones por las ideas, quemas de iglesias y asesinatos por ir a misa o ser de derechas. Los graves desórdenes que se vivieron durante la II República, se iniciaron por personas del mismo bando político, hasta horas antes de estallar la guerra. Esta vez, la república tampoco había sido la solución. Tuvimos que pasar por la trágica experiencia de una guerra civil para corroborar que los españoles tampoco habíamos sido capaces de sobrellevarnos mutuamente y aportar soluciones válidas para todos.

Tuvo que venir un largo periodo de dictadura, con un país aislado de la comunidad internacional y sumido en la miseria, para que los españoles, con menos libertades que las actuales, no tuvieran más remedio que tolerarse mutuamente y, en medio de no pocos sacrificios, arrimar el hombro para recuperar las condiciones mínimas de bienestar. Desaparecida la dictadura, cabían dos salidas: volver de nuevo a los garrotazos -para lo que no faltaban voluntarios en los dos bandos- o sentarse a una mesa y aparcar viejas rencillas. 

Por primera -y única- vez, reinó la cordura. Personas con ideas diametralmente opuestas fueron capaces de anteponer a los intereses partidistas las bases de un acuerdo que incluyera un punto y aparte. Por primera vez, también, se arrinconaba el concepto de vencedores y vencidos para no volver a caer en errores pasados

Conscientes de la necesidad de establecer un régimen democrático, se aprobó nuestra actual Constitución que, a pesar de las críticas interesadas, es la que más tiempo ha durado en nuestra historia, y la única que no se ha visto salpicada por ningún conflicto armado. El tiempo transcurrido y la evolución de los acontecimientos, es lógico que aconsejen reformas necesarias en el texto. De hecho, alguna ya se ha aprobado y otras tendrán que someterse a votación. La Constitución, pues, ni es intocable ni debe modificarse por intereses partidistas, o caprichos locales. Han pasado gobiernos de distinto color y, hasta hoy, nadie había encontrado la necesidad de reformas que alteren los principios que inspiraron a sus redactores. Sí es cierto que el PSOE, como partido de raíces republicanas, acató de buen grado nuestra figura de monarquía parlamentaria, como mal menor para seguir avanzando. Como sucede en otros partidos, dentro del PSOE está brotando una corriente que ya no esconde sus sueños republicanos. En partidos más a su izquierda, la causa republicana se considera condición indispensable. Dar por sentado que un Presidente de República resulta menos oneroso y más intachable que un Monarca, es hablar por hablar. Inmoralidades, abusos, nepotismo y corrupción, por desgracia, los estamos viendo en demasiados países, con independencia del sistema de gobierno. Para subsanar esos desmanes están las leyes, y la primera de todas es la Constitución; todo lo demás es irse por las ramas.

La realidad actual es el difícil momento que estamos atravesando. Al resurgir de los garrotazos dialécticos se ha unido el grave problema de la pandemia. Cuando las fuerzas políticas debían estar más unidas, las desavenencias resultan cada vez más manifiestas. En contra de toda lógica política, Pedro Sánchez ha formado un gobierno que, en España, es contra natura. No existe ninguna democracia occidental en cuyo gobierno haya una fracción cuyo ideal sea acabar con su unidad y su forma de gobierno ¿Por qué es posible aquí? Porque a la otra fracción le importa muy poco esa unidad y esa forma de gobierno. Podemos no es un partido demócrata. Su concepto de democracia tiene otro nombre acuñado desde hace muchos años: marxismo. Nuestro actual PSOE, ya tiene muy poco de socialista, de obrero y de español. Si de verdad fuera lo demócrata que pregona, nunca se habría aliado con Podemos. Lo juró veinticuatro horas antes de hacerlo, pero la ambición le perdió. Desde ese momento, perdió la poca credibilidad que le quedaba. 

Si esta coalición social-comunista que nos gobierna (¿) tuviera pedigrí democrático, en un momento tan crítico como el actual habría contado con el apoyo parlamentario que se necesita para salir de esta crisis. Nadie debe rasgarse las vestiduras ante actitudes puestas de manifiesto, también, en organismos internacionales que no se fían de este gobierno. Si no se produce un giro ideológico, volverán las estrecheces y, con ellas, los garrotazos.