Miércoles, 3 de junio de 2020

Confinamiento en Proyecto Hombre

Estamos aquí,

porque no hay ningún refugio

donde escondernos de nosotros mismos.

Hasta que una persona

no se confronta en los ojos

y en el corazón de los demás,

escapa.

Hasta que no permite a los demás

compartir sus secretos,

no se libera de ellos.

                                   (De la Filosofía de Proyecto Hombre)

Tareas de desinfección en las instalaciones de Proyecto Hombre Salamanca

Cuando llegué a esta Casa, desde la que escribo estas líneas, me encontré gente extraña, con una disciplina absurda, un sometimiento a las normas ante el que cualquier hombre se hubiera rebelado, pensé que aquel no era mi sitio, mi sitio era la calle, siempre lo había sido, mi familia me había desterrado, pero yo encontré a los míos en los cajeros en invierno y en los bancos de los parques cuando el tiempo lo permitía. Mi meta diaria era buscarme la vida aunque supusiera acabar con la de los demás. Yo era un hombre libre, mi techo las estrellas. Era imposible vivir encerrado entre cuatro paredes. Horarios, normas, respetos… ¿respeto a quién y por qué? si cualquiera de ellos valía mucho menos que yo. Nunca había necesitado de nadie, si quería algo lo cogía sin importarme de quien fuera, ni el daño que hacía y las consecuencias que aquel acto pudiera ocasionar. ¡Consecuencias! ¿Qué es eso de consecuencias? yo hago lo que me da la gana, eso de las consecuencias queda para lo débiles, yo cojo lo que necesito y cuando lo necesito y punto. Allá los demás.

Pasaron varios días, ya estaba hasta el gorro de aguatar a niñatos y niñatas que me decía lo que tenía y lo que no tenía que hacer, ¡a mí me van a decir lo que tengo y lo que no tengo que hacer! Ya había aguantado bastante, ¡cuatro días con aquella gente! con aquellas absurdas normas, encerrado sin poder salir cuando yo quisiera, sin un teléfono para poder hablar con los colegas. Los colegas ¡anda que si me vieran ahora, qué pensarían de mí!

Mañana mismo me largo, no le diré nada a nadie, porque esta gente te enrolla, te lía, y al final no sabes decirles que no, así que lo mejor es que me vaya sin decir nada a nadie. Decidido, maña me las piro.

Ya lo tenía todo preparado, cuando una noticia echó por tierra todos mis planes. Los medios de comunicación no hablaban de otra cosa; un extraño virus, ha entrada a saco en la sociedad, la gente está cayendo como chinches, la única forma de pararlo es quedarse en casa. Y descubro una nueva palabra: “confinamiento”. Una ley prohíbe andar por las calles, salvo para cuestiones muy puntuales y justificadas.

Y ahora qué hago, adónde voy. La calle, mi calle de siempre, esa donde me encontraba libre y seguro, ya no puedo andar libre por ella, y mucho menos con seguridad.

Tendré que quedarme unos días más, me dije con harta resignación.

A medida que van pasando los días, voy dándome cuenta de que los colegas, viven allí con naturalidad; me hablan, me comentan, me corrigen, y sobre todo observo con extrañeza que unos terapeutas también están con nosotros. Ha tenido que pasar una semana para que me percatara de eso. Van pasando los días  y ahí siguen, escuchando, hablando, conviviendo, y además lo hacen con alegría.

¿A santo de qué se quedan aquí? Ellos tienen sus casas donde su familia les espera. Nunca había pensado que hubiera gente así. ¡A quien se le ocurre quedarse día y noche, con nosotros a cambio de nada! No lo entiendo. Estarán  chiflados.

A medida que van pasando los días, me voy acostumbrando a esta nueva vida, cada día que pasa valoro mucho más a los terapeutas (no acabo de entenderlos, pero los valoro y mucho). No alcanzo a entender que se hayan  quedado con nosotros, con la cantidad de problemas que eso acarrea, y que lo hayan hecho de forma completamente voluntaria y altruista.

También he empezado a admirar a mis compañeros, gente acostumbrada a ir por el mundo sin respetar leyes ni normas. Me voy dando cuenta de que en el fondo todos somos más iguales de lo que yo creía. Ellos, como yo, han ido por la vida sin más límites que los suyos, y aquí están, viviendo en familia, pero no con resignación, sino con ánimo, con alegría, convencidos de lo que hacen.

Es curioso cómo a medida que van pasando los días, todo me va pareciendo normal, hasta hablo su lenguaje, ese que hace pocos días me parecía tan absurdo: respetar, mirar tu parte, confrontar, valorar…

Pasan los días y el ansia de calle se va apaciguando, me levanto a la hora indicada, la música matutina ya no me suena tan mal, aunque a  veces los altavoces no funcionen todo lo bien que debieran, las comidas me van apeteciendo, voy entendiendo eso de “entera”, “media, “media de media”, “asumir”…

Ya han pasado dos meses ¡dos meses! Nunca lo hubiera creído, y lo más importante es que en esos dos meses he aprendido a respetar a mis compañeros, he aprendido a respetar a los terapeutas y a entenderles y una cosa que para mí era impensable y que aún ahora me cuesta decirlo: he llegado a quererlos, y eso que a alguno eso de quererle cuesta. Pero ya he asumido que no hay que juzgar a nadie, y he aprendido a ponerme en su lugar. Hasta me permito el lujo de corregir y dar consejos (consejos vendo y para mí no tengo), y hablar con normalidad de todo lo que me pasa, y lo que es más duro; estoy aprendiendo a conocerme a mí mismo, estoy descubriendo los verdaderos motivos por los que me drogaba. Estoy empezando a darme cuenta de que eso de vivir en la calle tirado de banco en banco o de cajero en cajero, no era libertad, ni siquiera era vida. Ahora me estoy dando cuenta de lo mucho que he hecho sufrir a los que me querían. Estoy deseando que todo esto pase y pueda darles un fuerte abrazo y pedirles perdón, decirles que entiendo el que me echaran de casa, decirles que les necesito y que les quiero.

Es cierto que en la Casa no todo es de color de rosa, cuando alguno se levanta con el pie izquierdo y se pone borde, hay que echarle muchas ganas para aguantarle, pero también he aprendido que esos momentos difíciles pasan, que todos tenemos días complicados, pero que si se afrontan con respeto y con amor y si además tienes alguien al lado que te escucha, se superan, y nos sirven para hacernos más fuertes.

Ahora no quiero irme de aquí, ahora quiero estar con esta nueva familia, que he descubierto gracias al maldito virus, ahora quiero estar con ellos y que ellos estén conmigo. Ahora sé que con su apoyo y ellos con el mío, podemos volver a ser Personas. Sí, sí Personas, eso tan sencillo de lo que todo el mundo presume, pero lo cierto es que, esta sociedad tan egoísta, hace tiempo que perdió su verdadero significado. Personas de verdad, con sentimientos, con amor al prójimo, con solidaridad, con valores humanos…

Ahora quiero quedarme aquí, con esta mi nueva familia, hasta que pueda salir a la calle y mirar de frente a la sociedad toda, y que la sociedad toda pueda mirarme sin ver en mi un delincuente o un ser peligroso, sino una Persona. Y sobre todo, volver con mi familia, ganarme su respeto y su confianza.

Por todo ello, por este cambio que he experimentado y por muchas cosas más, imposible de meterlas en estas cuartillas, gracias, muchas gracias familia de Proyecto Hombre.

Cuando leo en la prensa que esta pandemia nos está descubriendo héroes, cosa que es cierta y que comparto completamente, os quiero decir, que yo he  descubierto otro grupo de héroes, algo olvidados, es cierto, pero héroes, que luchan día a día con una sonrisa en la boca y el pleno convencimiento de que saldremos adelante y que juntos venceremos a este virus.

¿Quieres conocerlos? Están en la carretera de Alba, kilómetro 2.