Miércoles, 3 de junio de 2020

Cosas desde lejos

Me los encontraba muchas tardes. Casi siempre en la misma calle, un poco más acá o más allá, según el día, según la prisa, unos metros antes o después.

Tan mayores, siempre iban del brazo, con sus sonrisas, con su ropa a juego, con su paso acorde, con su baile a un lado y a otro, acostumbrados a librar muchas batallas. Conscientes, porque la vida así se lo ha ido enseñando en su devenir, de que su fuerza es su caminar aunado, sujetando el antebrazo el paso vacilante del otro, soporte de vida, fidelidad a estar siempre ahí. Sabios en su fortaleza y su entrega, nobles, generosos.

Ella fue perdiendo su expresión viva, su mirada interesada. Dejó, incluso, de acunar a su muñeca, dejó de llorar. Poco a poco se olvidó de reír, de ilusionarse. Su mundo se fue adentrando en su propio universo, su voz callada ya no suena. Sus piernas dejaron de caminar.

Él ya no podía llevarla del brazo, sujetando parte de su peso y su andar tambaleante. Él tuvo que tragar todas sus lágrimas de acíbar, y pedir ayuda en sus cuidados. Necesita brazos que la bañen, cuerpos que la sujeten, juventud que la cuide. Él se rompe por dentro, y aprende a sonreír hacia fuera. Continúa regalando su mirada limpia, su cara amable, su sonrisa afable, sus mejores deseos llenos de buenas tardes cuando llega, de buenas noches cuando se va.

Cada día cruza en autobús la ciudad para acercarse a verla, para pasar juntos la tarde, para compartir con su amada esos instantes en que ella de pronto atiende y se cruzan sus miradas, y como entonces, como cuando yo los veía, se acerca a ella y le cuenta cosas al oído. Sin saber lo que le dice, lo que comenta, lo que con su palabra le mece, ella mantiene la mirada en el infinito. Parece que le llega algún vago recuerdo de sus muestras de amor, de su voz dulcemente enamorada.

Nunca responde a sus preguntas. Pero él adivina todas sus necesidades y la sigue tapando con una bufanda en las frías tardes de invierno, mantita en las piernas “porque la sangre al no moverse no circula igual”, y dirige su silla de ruedas por la zona más protegida alrededor del jardín. “Ya no la saco a la calle”, dice. “Temo que se enfríe”. Incluso en las estaciones más dulces, “así, si se levanta algo de aire, volvemos a entrar enseguida”.

Ya no danzan ese baile de andares acompasados.

Desde que se inició el confinamiento, él no puede visitarla. Así que, continúa en sus mañanas haciendo esas comidas que aprendió cuando ella empezó a no poder cocinar, arregla la casa para intentar llevarla al día, ve las noticias porque le gusta estar informado, pero cuando se acaban no va deprisa hasta la parada del autobús.

Ahora, en las largas tardes, dedica un tiempo a leer esos libros que tenía pendientes, aquellos que la vida no le dejó tiempo de disfrutar. Ha vuelto a recopilar canciones populares que, desde que ella empezó con su enfermedad, no había retomado. Realiza algunos ejercicios para mantenerse en forma. A pesar de sus ochenta y dos años procura cuidarse.

A menudo, le invade la nostalgia, y se pregunta si ella hoy tendrá o no puesta la chaqueta, si pasará frío cuando por la noche refresque, si tendrá calor…, si habrá comido…

A veces, busca y saca el disco de su funda, lo coloca en el tocadiscos que compraron con tanta ilusión, que aún funciona, y la aguja lee, aplicada, sus canciones de amor, contándole, también a él, historias de hace tiempo. La imagina, con las manos sobre su regazo, escuchando atentamente, mientras él la rodea por el hombro. En toda esta etapa, no hay minuto que no se acuerde de ella, que no le dedique canciones al oído.

Dedicado a todas las personas que me leen, con quienes celebro dos años de la publicación de mi primer artículo. Gracias por estar siempre ahí.