Sábado, 15 de agosto de 2020

Los años de la peste (y 2)

Me referí a autores como Tucídides, Boccaccio, Defoe y Manzoni,  que escribieron sobre las epidemias en el pasado dejando ver similitudes con la actual. Hay muchos más y viene al caso quizá recordar al cronista Giovanni Villani, que narró la peste de 1348 en Florencia y concluyó escribiendo "…muchos campos y ciudades quedaron asolados. Y esta epidemia duró hasta ______". Dejó la frase en suspenso para rematarla más tarde, pero no pudo: la muerte se lo llevó antes.
 
He leído posteriormente en Liberation un artículo de Ohran Pamuk en el que también señala "una sobreabundancia de paralelismos" entre la epidemia actual y las del pasado, tal como las describen los autores citados. Ese estupor que nos deja a todos inermes, esa búsqueda estéril de explicaciones, esa anodadación. El curso de los rumores y de los delirios sobre el silencio. No son de extrañar estas coincidencias y otras, pues estamos hablando del ser humano y de su condición natural, a la que son anejas la enfermedad, la muerte y el miedo a ellas, cosas que cambian poco en la historia.
 
Bien es cierto que Pamuk anota también las diferencias: "nuestro terror se alimenta menos de rumores y más de datos precisos". Y aún habría que añadir las diferencias de escala: entonces, en unas ciudades que contaban unos pocos cientos de miles de habitantes, llegaron a morir más de 1.000 personas al día durante varias semanas (y en total más de un millón en toda la Italia norte, según Carlo Cipolla). Compárese. Pero, por el contrario, entonces los humanos estaban mucho más familiarizados con el dolor y la muerte.
 

Se pueden señalar algunos aspectos más que se repiten cuando hay grandes epidemias: su origen remoto y su rápida difusión saltando fronteras; la imprevisión y el pasmo de la sociedad ante ellas; el pánico general y la huida de mucha gente de las ciudades, lo cual propaga la infección; la difusión de rumores y de ideas falsas sobre el origen de esta y sus remedios; la falta de medios suficientes para atender a la masa de enfermos y a los muertos, que carecen de honras fúnebres adecuadas. La paradoja tremenda de que la enfermedad es que nos aísla y nos distancia y, a la vez, nos muestra como nunca el destino común que todos compartimos.

Solo en una cosa discrepo de Pamuk, que habla del "descuido, incompetencia y egoísmo" de los gobernantes, como algo general y característico de otros tiempos y de ahora. Desde luego, puede opinar así –para entendernos, como hace aquí la derecha– , pero no atribuir esa visión a los cronistas de los que hemos hablado, pues si, por un lado, denuncian la huida de los cortesanos, de los nobles y de los ricos, por otra parte ensalzan la generosa actitud de la mayoría de las autoridades locales,  de los médicos e incluso del clero, que afrontan la situación como pueden, atienden a los pobres y enfermos abandonados y recogen los cadáveres de las calles, al precio muchas veces de su propia vida. Así que no se puede generalizar, ni entonces ni ahora.

Los cronistas indican que, cuando la epidemia ya remitía y bajaba el número de enfermos y fallecidos, algunos se apresuraron a salir a la calle y a reanudar sus actividades. "Todos –cuenta Defoe– corrían a mezclarse los unos con los otros, sanos y enfermos (...). Muchos de ellos pagaron su audacia temeraria con sus propias vidas; fueron muchísimos los que cayeron enfermos y los médicos tuvieron más trabajo que nunca". La epidemia, que ya duraba muchos meses, se prolongó aún, de modo que en el caso de Milán y de Londres duró en total más de un año.

Ojalá no ocurra ahora lo mismo.

(Imagen: Melchor Gherardini. La puerta oriental de Milán, 1830. Wikipedia)