Jueves, 29 de octubre de 2020

Otra sociedad es posible

“La muerte de cualquier hombre me disminuye, porque formo parte de la humanidad; por eso, nunca preguntes por quién doblan las campanas; doblan por ti”.

JOHN DONNE

 

“la solidaridad es siempre más cercana al individuo y a sus singularidades, puede llegar más fácilmente a donde la justicia no alcanza, pues ésta adopta una perspectiva impersonal y universal”

VICTORIA CAMPS

No podemos negar que el virus ha disparado la pobreza, no solo en nuestro país o en los países más ricos, todavía más en los países más vulnerables. Muchas personas viven en estos días tan difíciles, no solo sin las mínimas prestaciones sociales en numerosos trabajos sin regular, sino que estamos asistiendo a cientos de llamadas a Cáritas y otras organizaciones, pidiendo comida. Si no les mata el virus lo hará el hambre, comentan muchos de los que tienen que llamar a la puerta de Cáritas o de muchas parroquias. Según los datos de FOESSA, que ya hemos aludido en estas páginas, antes del coronavirus, la pobreza y la exclusión alcanzaban a 8,5 millones de personas, es decir, el 18,4% de la población española.

Todavía peor será para los países más pobres, como el África subsahariana o el sudeste asiático, donde no podrán ejercer el distanciamiento social, siendo su capacidad hospitalaria mucho más deficiente que en los países más ricos. En muchos de estos países, atacados secularmente por numerosas epidemias, el hambre ha sido y sigue siento todavía la peor pesadilla. A esas deficiencias debemos añadir la caída de las materias primas, que está privando a muchos de estos países de sus principales fuentes de ingresos.

Al parón de la economía y el desempleo masivo que está provocando el virus, debemos añadir, las situaciones de precariedad que vienen de la anterior crisis, con un coste social tremendo. No debemos olvidar que la justicia social en estos años ha brillado por su ausencia, provocando numerosas brechas en nuestras sociedades. Hemos comentado en estas páginas, que el orden económico mundial se alimenta de la pobreza y de la mano de obra barata. Esos grupos dominantes de la economía mundial, bien sean empresas, fondos de inversión o países ricos, no quieren asumir ningún tipo de responsabilidad económica, social, ecológica que vaya más allá de rentabilizar sus propios intereses. Esperemos que la. “nueva normalidad”, no sea volver a la normalidad, ya que la normalidad era el problema.

Si partíamos de esa realidad, el futuro será bastante negro si no se consensúan medidas importantes y puede ser demoledor para los más desprotegidos de la sociedad. Pero viendo el panorama político de todos los partidos y sus intervenciones públicas, enfrentamientos, consignas ideológicas, falta de sensibilidad humanitaria ante las víctimas afectadas por esta tragedia, no podemos por menos que atisbar una precariedad no solo económica y social, también política. La caída del producto interior bruto en la zona euro, la subida del paro de forma preocupante han hecho saltar las alarmas. No puede ser que nuestros políticos no lleguen a unos acuerdos mínimos, si no lo hacen en estos momentos tan críticos, ¿cuándo lo pueden hacer?

No queremos decir que no se estén tomando medidas, tanto en nuestro país como en la zona euro, la pregunta es si serán suficientes o primará lo económico sobre lo social. No podemos olvidar quién pagó la crisis anterior. Por ello, ahora más que nunca se necesitan consensuar acuerdos para que no sean los de siempre los que paguen la factura de la crisis. Consensos para establecer prorrogas en la prestación por desempleo, prorrogar las rentas mínimas, una renta básica para los más desprotegidos, partidas extraordinarias para alimentación, suministros básicos para poder luchar contra la pobreza (agua, teléfono, electricidad), prórrogas y autorizaciones en materia de extranjería, asilo y acogida. Pero, sobre todo, para salir lo antes posible de este pozo tan negro, con el menor coste económico, político y social.

La manera de eliminar esta brecha y avanzar en la justicia social, es desarrollar y ampliar los derechos sociales, hoy más que nunca, parece necesario el acceso a la vivienda y al trabajo digno. Pero también, dar pasos hacia la renta mínima, un sueño precioso hacia la justicia social, que permita a los más excluidos vivir con dignidad. Con ella se valorarían todas las actividades realizadas por muchas personas en nuestras sociedades, que son trabajo, pero no empleo y, que los mercados no tienen en cuenta. La crisis puede ser una oportunidad, para soñar e implantar una sociedad en base a la solidaridad y la subsidiaridad.

El amor al prójimo enraizado en el amor de Dios, busca el bien integral del ser humano y siempre será necesario incluso en la sociedad más justa. Siempre, en cualquier tipo de sociedad habrá sufrimiento que necesite consuelo y ayuda, sobre todo, necesidades materiales. El Estado no tiene que regularlo todo, generosamente debe reconocer y apoyar, según el principio de subsidiaridad, las iniciativas que surgen como auxilio a los más necesitados. La subsidiaridad es una ayuda a la persona, con la ayuda de la autonomía de los cuerpos intermedios. Esa ayuda será necesaria, cuando la persona y los sujetos sociales no son capaces de valerse por sí mismos, implicando siempre una finalidad emancipadora., ya que favorece la libertad y la participación en las responsabilidades. Esta deberá respetar la dignidad de la persona, reconociendo la reciprocidad, siendo el antídoto más eficaz contra cualquier forma de asistencialismo.

Por otro, subrayar la solidaridad, de la que hemos hablado mucho en este blog. Una solidaridad que transcienda lo local y lo nacional, como única salida posible al COVID-19 y a la pobreza que vendrá detrás.  El amor cristiano tiene que ser solidario, ahora más que nunca, con todos los que sufren, pero, sobre todo, ser todos verdaderamente responsables de todos. La solidaridad es por un lado una virtud personal, pero por otro, un principio justo de organización de la sociedad. No se trata de gestos voluntarios de personas que quieren ser solidarias, sino que las instituciones organicen las cosas para hacer frente a las necesidades de las personas, no desde la lógica mercantil y de consumismo, sino desde unas verdaderas necesidades que den lugar a una serie de derechos reconocidos.

La acogida a los más pobres y el fomento de la justicia no están encomendados solamente a los especialistas, sino a toda persona de bien. Para un cristiano la práctica de la solidaridad y el compromiso con los necesitados, no está en el análisis social que empleamos, ni en la experiencia directa con los más pobres, sino en la fe en el Dios de Jesús que apostó por un Reino que hunde sus raíces en la gratuidad del amor de Dios.  Una bondad oculta que no puede ser historiada, pero si reclamada con la voz de la justicia y de la bondad. Es el momento de la globalización de la solidaridad, de una nueva civilización del amor, que sea una comunión en la diversidad y la construcción de una fraternidad que hagan posible la justicia y la paz no solo en nuestro país, sino con todos los hombres.