Sábado, 6 de junio de 2020

En memoria del Padre Ángel

“Cuántas veces charlé con él, cuando subía a la Peña de Francia. Y qué fácil era entrar en sintonía con su persona, debido a su disponibilidad, a su humildad y sencillez y a un alma entregada a recibir a acoger con su palabra cálida”
Ángel Pérez, al frente del Santuario de la Peña de Francia durante dos décadas | DIÓCESIS DE SALAMANCA

A través mi hija (a través de redes sociales), de mi amigo el dominico P. Luis Lago y de mi madre…, recibo la noticia del fallecimiento del P. Ángel Pérez Casado (Aldehuela de la Bóveda, 1935 – Salamanca, 2020).

            Cuántas veces charlé con él, cuando subía a la Peña de Francia. Y qué fácil era entrar en sintonía con su persona, debido a su disponibilidad, a su humildad y sencillez y a un alma entregada a recibir a acoger con su palabra cálida y con su ser entrañable a los peregrinos que subían a la Peña de Francia, a lo largo de los veinte años que estuvo a cargo del santuario.

            Era, en el fondo, un hijo de la tierra, de ese mundo campesino de los campos charros salmantinos, marcado por la dedicación al trabajo; por unas vivencias familiares entrañadas, que nuestro poeta José María Gabriel y Galán expresa de modo emotivo en su poema “El ama”; así como por una vivencia honda y asimilada de una religiosidad popular que está en el alma de nuestras gentes.

            Recuerdo que un día que subí a la Peña de Francia, precisamente cuando estaba recogiendo las leyendas de tradición oral tanto de la provincia de León, como de la de Salamanca, nada más llegar a la cima, me encontré con el P. Ángel. El cielo estaba luminoso y claro, pero a nuestros pies se extendía una masa de nubes blanquísimas, como si fuera una masa de pan que estuviera en la gran artesa del mundo. Y el P. Ángel me habló de la Virgen como panadera, amasando todas aquellas nubes que contemplábamos. Vi entonces que tenía un alma poética el P. Ángel. Y esa anécdota quedó grabada en mi memoria.

            Me regaló un libro suyo sobre su estancia misionera en Perú, en la misión dominica de Quillabamba. Mi amigo Luis Lago me dice que tiene también un estudio sobre ese místico que fuera el P. Arintero; lo buscaré para leerlo.

            Ah, también, cuando falleció mi padre, a finales de julio de 2013, el P. Ángel dijo en la Peña de Francia una misa por él, por su eterno descanso. Yo quería que así fuese, porque, desde niño, escuchaba de labios de mi abuelo Pablo lo importante que era que la Virgen de la Peña de Francia nos acogiera y nos protegiera bajo su manto. Bajo él supongo a mi padre, en ese territorio misterioso de los bienaventurados, que se nos escapa.

            No es este el momento de trazar una sinopsis biográfica del dominico P. Ángel Pérez Casado. Sí de trazar esa pequeña etopeya de un fraile ejemplar, humilde, sencillo, cordial, entregado, generoso, que supo que el mejor modo de vivir era existir a ras de tierra, como viven las gentes humildes.

            Uno de los comentarios de una persona, en un medio digital, bajo la noticia de su fallecimiento, es en este sentido muy ilustrativo de lo que decimos: “Me dio clase en el instituto y nunca olvidaré su bondad, su tolerancia y comprensión y cómo nos alentaba para que luchásemos contra las injusticias. Nunca lo olvidaré.”

            Desde ahora, todas las veces que suba a la Peña de Francia, recordaré siempre al P. Ángel, que, tras el P. Constantino de mi niñez, fue quien supo mantener mejor el alma del santuario, verdadera montaña sagrada para los serranos, salmantinos…, que ha tenido y tiene una irradiación por todo el mundo.