Miércoles, 3 de junio de 2020

El sonido del silencio

 En el jardín de mi casa había antes rosas, lirios, claveles, dalias, césped. En realidad todo ello era una excusa para que mi madre cultivase crisantemos para la tumba de mi padre. No sé cuántos años sobrevivió mi madre al adiós de aquel capitán de profundidades que fue el hombre de quien guardo y miro a veces una sonrisa, la única que le conocí y fue en el papel de una foto. Yo viví siempre su calvario de tos y asfixia donde torturaba la angustia de todas las bestias de la soledad. Un hombre empieza su agonía de años y la acaba en soledad, aunque esté rodeado del sonido de su nombre en el adiós inútil de sus hijos, que al separarse de su madre la tierra ya no oye.

En el jardín había un árbol de ciruelas bravas. Y al árbol acudían cuando se hacía de noche todos los pájaros de la provincia, venían de Los Arribes, de la Sierra de las Quilamas, de la plana Armuña, de la alquería de Marcos Ana, viajando en nubes de viento. O eso parecía cuando con el primer rayito de sol que se atisbaba enfrente, los trigales se iluminaban con el alborozo de las mieses que dejaron ya de ser niñas y se creían abejas de luz.

Cuando murió mi madre, se vació la casa de ella, pero no del sonido de su silencio  porque nunca un corazón se extravía aunque se vaya lejos, si fue feliz donde estuvo.

Fue entonces cuando tomé la gran decisión: talar el árbol de ciruelas bravas. No podía soportar aquella orgía de pájaros y pájaras que al despertar parecía que desayunaban lujuria. Una algarabía de jolgorio los inundaba con la cascada del alba. Yo necesitaba el silencio, dormir sin prisa, no contaminarme de envidia.

Después del árbol, le tocó marcharse a los lirios, las rosas, los claveles, las dalias, los crisantemos. Maté al jardín. Y se cerró un capítulo más de mi historia.

Creo que fue el 19 de Febrero de 1964, unos tres meses después de asesinar a John Kennedy, cuando Paul Simon compuso la canción " Los sonidos del silencio". Porque nació plural. Paul Simon sabía que los sonidos del silencio son distintos en cada cuerpo que los recoge y los respira. Luego, cuando la cantó junto a Garfunkel, pasó a ser el singular sonido del silencio que oyeron Dustin Hofman y la madre de su novia, Ane Bancrof mientras ella le enseñaba a hacer el amor en " El graduado".

Donde más se identifica el rostro del sonido del silencio es en la música. Cuando el sonido se viste de voz.  Aquí tuvimos en los años 60 un cantante con voz potente, pero que no sabía cantar. Tuvo mucho éxito comercial, pero perpetró desmanes como la versión de “Sisteen tons”, que además se atrevió a cantarla en su inglés. Y cuando alcanzó un lustre ibérico y trastornado fue en la “Di papá”, donde se hizo acompañar por su niña Rosa Mari y el buen Dios. Se llamó José Guardiola.

Frente a este ejemplo de terreno baldío, la frondosidad inolvidable de Leonard Cohen o Charles Aznavour, el primero un poeta y el segundo un hombre herido por la religión de la música. Los dos cantaron hasta los 90 años, y aún hoy sigue sonando en el azul del tiempo el sonido de su silencio. Son mucho más que un recuerdo, el eterno grillo, el hermano fuego, el hechicero gratis, que nos acompaña en nuestro viaje.

Pero donde se destila el sonido del silencio es en los susurros del enorme talento de Serge Gainsbourg y su legendaria “Je t’aime…moi non plus”. La canción es el sonido de una relación sexual.

Gainsbourg la grabó primero con su gran amor, Brigitte Bardot, cuando la parisina estaba casada con el millonario Gunter Sachs. Nunca un coito tuvo tanta gloria. Porque lo que el vinilo recogió fue a Serge y a Brigitte haciendo el amor de verdad. Y el orgasmo de Brigitte Bardot no fue fingido sino vivido a la manera de los paraísos prohibidos. O sea una explosión larga y salvaje.

La canción tuvo un éxito inesperado, pero la discográfica o los dos amantes se asustaron ante el inmenso poder de Gunter Sachs, el marido cornudo, y fue retirada del mercado. Existen copias, si alguien puede escuchar a Brigitte Bardot llegando a los cielos, merece la pena.

Serge Gainsbourg no se rindió y volvió a grabarla con una jovencísima inglesa, Jane Birkin, que había sido actriz con Antonioni y también esposa del gran compositor John Barry. Serge no quería a Jane para acompañarle en ese segundo viaje al placer, pero al no conseguir ninguna de las tres mujeres que había elegido, se quedó con ella.

Y fue un acierto. La chica ya había dado muestras de desinhibición al aparecer desnuda y con el vello púbico a la vista en la película de Antonioni, pero esta vez se negó a lo que sí había accedido Bardot: no quería hacer el amor con Gaisbourg, sencillamente porque aún no se había enamorado de él, y prefirió fingir el orgasmo. La verdad es que lo hizo muy bien. Tan bien que seguramente su ex marido, John Barry, nunca supo cuándo fue verdad y cuándo fue mentira con él.

El título de la canción se debe a Dalí y su famosa declaración: “Picasso es español. Yo también”. “Picasso es un genio. Yo también. “Picasso es comunista. Yo tampoco”.

La canción fue prohibida en España, claro. Y en algunos países que se publicó lo hizo bajo el anuncio de “prohibida para menores de 21 años”. Serge Gaisborug, aunque ya había perdido el gran amor de Brigitte Bardot, estaba contento. Sabía que había hecho un gran trabajo.

Y que el Vaticano sería su mejor agente de prensa. El Papa de 1969 hizo muy bien su papel al censurarla ferozmente porque la expansión de la bomba sexual fue inmensa. Y dura hasta hoy.

A veces hay sonidos que quieren silenciar y el resultado se parece mucho a lo eterno. No hay nada más fuerte que la seducción de lo prohibido.