Encuentros en la última fase

La falta de experiencia o el exceso de ingenuidad pueden inducirnos a error y hacernos tomar algunas decisiones equivocadas. El fenómeno suele ser más frecuente en nuestra juventud cuando, desoyendo el parecer de nuestros mayores, nos empeñamos en caminar contra corriente hasta que chocamos con quien va en la dirección correcta. Ante el hecho consumado, caben dos reacciones: persistir en el error enrocándose en una equivocada autosuficiencia, o entonar el mea culpa contestando al ¡Ya te lo advertí!con un tardío “¡Qué razón tenías!”.

          Todos conocemos en qué circunstancias accedió Sánchez a La Moncloa. Para disfrutar de la aritmética necesaria, sólo podía conseguirlo, en contra de lo que anunció en la víspera, apoyándose en quienes solamente querían auparlo para alcanzar lo que siempre se les había denegado por peligroso o ilegal. A pesar de todos los renuncios en que había incurrido, muy pocos españoles hubieran jurado que formaría gobierno con Iglesias y, en cualquier caso, que, presentada esta fórmula, obtendría la mayoría necesaria para ser investido. Algunos de los partidos que hicieron posible ese resultado se encontraban tan en sus antípodas políticas como los que directamente se opusieron. A pesar de los pesares, el trolero de la barriada de Tetuán volvió a superar su propia marca engañando a propios y extraños. Aquello había sido predicar, ahora llega el momento de dar trigo y, siguiendo el símil molinero, eso es harina de otro costal.

          Pasados los primeros escarceos versallescos, era de esperar que la bancada que apoya a Sánchez quisiera pasar factura. El más listo de todos, Pablo Iglesias. Sin dar voces, sin engañar a nadie, y pisando cuantas veces ha querido las líneas rojas marcadas por Sánchez, ha sido fiel a sus principios, consiguiendo que al menos “suenen” muchos de sus postulados -algunos ya están en el BOE. Los partidos que solamente querían que Sánchez accediera a la presidencia para hacer realidad sus aspiraciones, ante las primeras reticencias del nuevo presidente, primero le han advertido del peligro que encierra demorarse en cumplir lo prometido y, a continuación, ya han amenazado con hacer tambalear la legislatura.

Iglesias, repito, ya se ha apuntado el primer tanto, y será muy difícil pararle los pies. Ha saboreado las mieles del poder y, además, sabe que Sánchez es hombre muerto sin él. Es tal su peso político que puede permitirse el lujo de ofender al Jefe del Estado y a los Jueces con total impunidad. No sólo permanece callado Sánchez    sino que ordena al juez Marlasca que justifique los excesos del podemita. Por otra parte, nacionalistas, independentistas y “equilibristas” están entre la espada y la pared. Si transigen ante Sánchez, habrán errado el tiro; pero, si le dejan caer, tendrán muy pocas posibilidades de que un nuevo gobierno más constitucionalista que el actual esté dispuesto a sentarse, “de tú a tú”, para hablar “de lo suyo”.

En cuanto a la solitaria oposición, ya tenía una idea muy aproximada de lo que podía esperar del ególatra Sánchez. Había dado suficientes pruebas de despreciar su concurso para todo lo que no fuera apoyar sus iniciativas, por muy descabelladas que resultaran. Es cierto que algunas cuestiones eran verdaderas puñaladas a la legalidad, pero, ni por esas. Ninguna consulta previa. Ante toda crítica de la oposición, continuos rechazos mezclados con insultos y, de paso, manejo descarado de los medios de comunicación para minimizar los propios errores y agrandar los del adversario. Nada importe faltar a la verdad. El nuevo Pilatos de La Moncloa repite: “Y qué es la verdad”

La inoportuna aparición del Covid-19 ha venido a amargar los primeros almíbares de un poder cuasi totalitario. Ante una papeleta verdaderamente seria, el numeroso banquillo de Sánchez ha fracasado estrepitosamente. Sin paliativos. A pesar de la descarada campaña desarrollada desde La Moncloa, no han podido convencer ni a España ni a Bruselas. Los “porteadores” de carteras ministeriales -salvo contadísimas excepciones- se encuadran entre los que accedieron al cargo porque su partido había puesto como condición la colocación de sus más allegados -y se encontraron con ministerios tipo “bazar chino”- y los nombrados para satisfacer las inquietudes nacionalistas de lo poco socialista que queda en algunas autonomías -y a estos se les adjudicó un ministerio a medida …que iban llegando. Los resultados están a la vista. Además del continuo empleo de muletillas que nada tienen que ver con el asunto a tratar, el mantra que emplean todos los intervinientes en ruedas de prensa, es el mismo, hasta la saturación: “Efectivamente, ahora estamos trabajando…” A la vista de los resultados, yo me pregunto: “¿Dónde han estado trabajando?” Lo único cierto es que “trabajan” tanto ante las cámaras de TVE, que no les queda tiempo para hacerlo en sus departamentos, y así nos luce el pelo.

Todo español bien nacido daría cualquier cosa por descubrir que la funesta ineptitud de este gobierno para combatir el Covid-19 había sido un mal sueño, y despertar en un país convaleciente de sus heridas, pero con menos muertos que el nuestro. Con buena voluntad, hasta se pueden ignorar las constantes artimañas empleadas para falsificar la verdad. Pero no haber pedido perdón, o al menos, disculpas, por las muchas muertes que podían haberse evitado, como en otros países; enrocarse en la negativa a declarar algún luto oficial, y colocar a España en cabeza de los países que no se deben visitar, es algo con lo que deberá cargar siempre este gobierno. Han acabado con el prestigio de una Sanidad puntera a nivel mundial. Sanidad a la que, en contra de lo que insinúan, nunca se distinguieron los socialistas por prestarle un decidido apoyo presupuestario. De igual forma, ahora han propiciado el contagio masivo de su personal negando descaradamente una falta de dotación que era evidente. Tan evidente, que se esfuerzan en camuflarlo. Por algo será.

Para que la desgracia sea mayor, el horizonte de nuestra economía es cada vez más negro. Han bastado las primeras semanas de confinamiento total para que nuestro PIB haya caído más que en la posguerra. El gobierno se ve batido desde dos frentes. Uno interior, consecuencia de la presión que acompaña al número de fallecidos y contagiados, que no disminuyen a la velocidad deseada; y otro exterior, al comprobar que otras naciones sí que ven aclarar su panorama. Este fuego cruzado está haciendo que Sánchez se precipite tomando medidas poco estudiadas y de cara a la galería. Lo que es real es la caída al vacío de nuestra producción, la ruina inminente de no pocos autónomos que no soportan las condiciones actuales y la debacle de ese otro gran motor de nuestra economía, que es el sector de hostelería y turismo. Para un país como el nuestro, renqueante por nuestro déficit, y consecuente deuda, y con un Estado con telarañas en sus arcas y sin los ingresos que produce un tejido productivo boyante, solamente podría salvarse con una política adecuada. Han bastado las primeras fantasías progresistas del tándem Sánchez-Iglesias para ver por dónde van los tiros. Se acaban de sacar de la manga un plan para alcanzar la transición a la Nueva Normalidad (NN), es decir, Nada de Nada. Pero en tres fases. En realidad, fase 0 y fases 1,2 y 3. Para que la gente lo entienda, tres fases y el neutro. Vamos, un lío.

 Sánchez e Iglesias, uno porque está ciego de ambición y otro porque nunca soñó con llegar hasta aquí, han llegado a formar una corriente política mezcla de un socialismo más propio de Largo Caballero que de la socialdemocracia, y de un comunismo más cerca del marxismo bolivariano que del eurocomunismo de Berlinguer. Resultado: si Dios no lo remedia, quienes directa o indirectamente han colocado a esta pareja en La Moncloa deberán pensárselo dos veces. Este progresismo de nuevo cuño está acostumbrado a no creer en la teoría de los vasos comunicantes. Allí donde gobiernan, lo de las clases es pura retórica. La única clase que reconocen es la de los dirigentes -escuelas de Galapagar, Corea del Norte, Cuba, Irán, etc.- el resto son los parias que trabajan para esos dirigentes, sin saber lo que son los derechos humanos. Entre col y col, hablarán de nacionalizaciones, requisas encubiertas, “impuestos para los ricos” -que siempre acaban pagando los mismos-, etc.  Si Sánchez no se cae del caballo para desprenderse del virus podemita, y los españoles acabamos conformándonos con esta clase de progresismo, ya sabemos lo que nos espera.