Dejadme tranquilo en casa

Eran muchos los días los que llevaba encerrado en su casa, ya no recordaba cuantos y ni cuál era el motivo, tampoco le interesaba. Tenía un vago recuerdo de que hace mucho, mucho tiempo, sentía necesidad de abandonar la casa, salir a la calle, respirar aire y tomar el sol, hablar con la gente. Ahora le parecía mentira que alguna vez pudiera haber deseado todo eso, ahora no necesitaba de nada ni a nadie. Allí, entre las cuatro pareces de su casa tenía cuanto necesitaba, un pasillo por donde pasear, una ventana a través de la cual podía ver el mundo, un frigorífico en el que abastecerse de cuantos alimentos necesitara, una televisión en la que satisfacer sus necesidades de ocio, unos cuantos libros en lo que saciar su hambre de cultura… ¿Qué más podía necesitar?

Ahora le piden, le exigen que debe abandonar su casa, salir al exterior, ¿al exterior para qué? ¿Qué me pueden ofrecer ahí fuera que no tenga ya?

El miedo empezó a apoderarse de él, no quería salir, no necesitaba salir, su cuerpo se había acostumbrado al tamaño de su casa, sus paseos se habían adecuado a las distancias de su pasillo, sus apetitos se saciaban con sólo ir hasta la cocina o al salón. Todo lo tenía en unos cuantos metros, unas distancias que controlaba perfectamente, un paisaje seguro, en el que podía moverse sin peligro alguno.

¡Tienes que salir a la calle! Le repetían una y otra vez, esto no es sano, tienes que tomar el sol, respirar aire puro, ver a gente, pasear… Todo eso le sonaba  a mentiras, a manipulaciones, querían convencerle para que hiciera algo que ni quería ni necesitaba, querían hacerle salir al exterior, allí donde habitaba un terrible ser que en su día le había obligado a confinarse en casa. Y  allí le seguía esperando, y él ya no tenía fuerzas para mantener otra batalla y mucho menos salir victorioso. Mientras que en su casa, sus queridas y acogedoras paredes le protegían, como las murallas protegían a las ciudades medievales, protección que no podían darle el aire  puro, los paseos “saludables” ni las otras personas…

Aquí te vas a consumir poco a poco, ¿no ves que vas perdiendo fuerzas, que estás envejeciendo muy de prisa, que tu aspecto está muy desmejorado, que lo que antes podías hacer con facilidad ahora te cuesta un triunfo hacerlo?

¡Pues claro que estoy envejeciendo, y claro que mi aspecto no es muy bueno, y claro que me cuesta hacer las cosas! Que creíais que a medida que pasaran lo años iba a mejorar, pues no. Pero prefiero pasar por todo esto con calma, sin prisa, en mi casa, haciendo las cosas que me son queridas, con las que me siento a gusto y feliz, que no salir a la impersonal calle, teniendo antes que armarme como guerrero que va a la batalla; mascarilla, gafas, guantes, gorro, lavado de manos… y luego, al regresar desmontar la armadura. Todo eso para dar un paseo por el itinerario marcado y como autómata, andar por andar, no para disfrutar, teniendo que mirar a un lado y a otro, para que nadie se acerque y a nadie acercarme, no hablar con ellos, no entrar en ninguna parte. Para terminar de nuevo aquí, dónde podré reposar y disfrutar de la apacibilidad de mi vivienda. No, me niego, prefiero quedarme en casa, y no tratéis de convencerme porque será inútil, salid vosotros, a mi dejadme en mi casa, con mis libros, mi pasillo, mi frigorífico, mi salón… vosotros pasear, disfrutar del aire, que yo con el que tengo aquí me basta.

Cuando todo haya pasado, cuando el aire sea limpio, cuando pueda pasear sin limitaciones, cuando pueda entrar en un bar y tomar unas cañas, cuando pueda disfrutar de un espectáculo con otros muchos, cuando pueda abrazar a mis amigos... entonces, decidme que salga.

¿¡Que eso no volverá, que eso se terminó para siempre!?

Entonces, dejadme tranquilo en mi casa.