Viernes, 14 de agosto de 2020

Los otros héroes: la limpieza y desinfección de lo más duro del COVID 19

Nada hay de poético en la desoladora, en la triste tarea de quienes limpian y desinfectan lo más trágico de este coronavirus que se ceba en aquellos más mayores, en los que pasan sus días más confinados aún en las Residencias de la Tercera Edad que se han convertido en el triste foco de contagio de una enfermedad que se impone a todas las certezas. Sin embargo, cuando Isabel Sánchez, estante certero de la biblioteca del corazón, cita a la poeta polaca Wislawa Szymborska en su doloroso poema “Fin y principio” no puedo por menos que pensar en Janda: Después de cada guerra/alguien tiene que limpiar/no se van a ordenar solas las cosas/digo yo/Alguien debe meterse/entre el barro, en las cenizas.

          Y entre esos muchos “alguien” está Janda Fuentes Rodríguez: Alguien debe echar los escombros/a la cuneta/para que puedan pasar/los carros llenos de cadáveres.

          Yo a Janda le conocí en una cena homenaje de los músicos salmantinos al compositor Víctor Reyes. Yo iba de corchea consorte y preparada para pasarlo en sordina, sin embargo nos sentamos en una mesa con Janda y sus amigos y creo que todavía me duelen todas las cuerdas de tanto reírme. El gremio de la música salmantina de siempre está formado por una gente tan talentosa como divertida que, al margen de sus carreras profesionales, nunca han dejado de vivirla con la misma intensidad y alegría con la que se subían a un escenario. Algunos se siguen subiendo, otros, como Janda, llegan del trabajo y tienen ese rato para la música que ahora se está haciendo tarea de resistencia a través de las redes. Son un grupo variopinto, tan activo, tan vital, tan estimulante como si los años nunca hubieran pasado por ninguno de ellos. Y de aquella cena fantástica me quedó la inmensa simpatía de Janda, el mismo que encontré a la puerta de mi casa con todos los aperos de su oficio. La Sanidad Ambiental convierte a su gente en un Terminator que en ese momento me hizo reír de nuevo.

          -¿No tocarás la guitarra así?

          Quién iba a decirnos que ahora, un traje aislante ha multiplicado su valor por catorce, y lo que a mí me sorprendió y divirtió (como se nota que yo no sufría las cucarachas del garaje) en este momento salva vidas y se convierte en una dolorosa búsqueda en la que hasta a los estados les toman el pelo a pie de avión.

          Ahora Janda trabaja desinfectando el espacio más duro, el epicentro de la tormenta perfecta. Acude, como tanta gente de la Asociación Nacional de Empresas de Sanidad Ambiental, a ocuparse del vació de los muertos. Y lo que deberían hacer las manos amorosas de los familiares, recoger los enseres de los fallecidos en la estancia de la partida, acariciando, reconociendo, guardando con devoción, lo hace Janda. Janda y tanta gente que ahora se enfunda su traje de trabajo y se dispone no a dar consuelo ni aliento, sino a algo más doloroso y tan necesario como eso: desinfectar el espacio donde ha muerto el enfermo, desinfectar cada objeto que ha tocado, la cama donde ha dormido, la silla donde ha esperado la visita que no llegó a despedirse.

          El ajuar tras la muerte sigue vivo, el virus, también. Por eso la gente como Janda es tan necesaria, tan vital. Y se expone a pesar de todas las precauciones. Su heroísmo no es tan reconocido: Eso de fotogénico tiene poco/y requiere años/todas las cámaras se han ido ya/ a otra guerra. Y las palabras de Szymborska vuelven a sonar proféticas. Los poetas y los artistas, también los músicos, adivinan el porvenir. Y saben de la empatía, por eso los que ya conocen a Janda le reciben con una sonrisa a pesar de saber su triste cometido en las estancias de la desesperación, y es él mismo quien lo relata en ese chat de los músicos que se llena de solidaridad y de compañía: Pasillos vacíos, silencios que van dejando heridas nuevas en cada habitación vacía en la que tengo que hacer desaparecer al bicho como ellos lo llaman. “Tú has venido a matar al bicho” me dice un residente desde la ventana mientras me preparo, y le sonrío y me aíslo detrás de una máscara que me separa de ellos y de sus miedos. Comienza mi jornada de desinfección cuando ellos empiezan a conciliar el sueño. Una historia detrás de cada puerta con nombres y apellidos que intento que son se convierta en un número más de las cifras del telediario.

          Cuando Fernando Sánchez Gómez leyó el testimonio de Janda me lo envió con esa tristeza de los que saben compartir no solo los acordes de la alegría, sino el himno desesperado de esta situación que vivimos todos y que en Janda se hace heroica. Y le imagino entonces, a ese hombre lleno de alegría que cuando llegaba a su casa encuentraba siempre un momento para tocar su guitarra eléctrica, sonriendo al hombre que le ve como el superhéroe que siempre ha sido. Y que le sonríe, como le conocí en esa cena, cercano y pleno, antes de ponerse el casco, la máscara, los aperos de un oficio que ahora se ha vuelto indispensable y doloroso. Y desinfecta la estancia que ya es olvido, la ropa modesta, humilde de la mujer que ha muerto dejando en la sillita de enea la toquilla de sus tardes con la que se abrigaba de todos los miedos.

          No hay dinero que pague el trabajo de quienes nos cuidan, nos despiden, nos devuelven a la tierra, nos limpian los rincones del alma. Trabajos silenciados que nos recuerdan lo frágiles, lo humanos, lo materiales que somos. La química de la Sanidad Ambiental lo mismo mata cucarachas que virus en tiempos de pandemia, y ya quisiera Trump tener un superhéroe como Janda para que le fumigue la boca y no decir tantas estupideces. Vivimos en la épica de los grandes gestos y en la política de lo miserable. Sin embargo, quien baja a lo más hondo, a lo que más nos duele, es un hombre enfundado en un traje que le ha costado el dinero que no tiene como autónomo que es y que se arma de valor para entrar en el lugar donde acaba de posarse la muerte. No hay dinero, no hay aplauso ni hay más reconocimiento que esa pena y ese dolor que sienten él y los suyos. Sin embargo, pienso que todos aquellos que le ven llegar saben que es un superhéroe y que va a matar al bicho vestido de Terminator. Y que los amigos del chat de músicos van a aplaudirle a coro y con toda la fanfarria mientras él amontona, cuidadosamente, los enseres queridos de los que se han ido.

          Vaya para ti, Janda, y para todos los que como tú se dedican a este trabajo indispensable nuestro premio más sentido. Porque al fondo del pasillo están la vida, la música y la alegría.

 

Fotografías de Janda Fuentes Rodriguez.