La noche oscura

 

Miro por la ventana y se ha apagado la luz. La luna se ha acostado y ni ronca. Las estrellas se han escapado al infinito por miedo a los fantasmas.

Con la mano tanteo el vacío y mi mano se tropieza con un manto, y después con un perro, y después con una pierna herida y después con un palo, y subo hacia arriba y doy con una calabaza. El rostro no muestra ni un gesto; por eso, se trata de un rostro serio, que se cobija bajo un sombrero de paño de ancha ala.

No sabía quién era, ni qué hacía allí en la noche oscura, fría y con las estrellas huidas. Caminaba despacio y, al notarme, me preguntó ¿dónde está ese bicho, que tiene revuelto a todo el mundo? Dímelo: “tengo el encargo divino de aplastarlo con mi bota de cuero de andariego”.

Rebusco en mi mente y dándole vueltas a mi memoria, me percato de que ese hombre, que busca y se esconde en la oscuridad, para que no le distraiga nadie en su afán de exterminador de alimañas, se trata, sin ninguna duda, de san Roque, el Santo peregrino y el Patrón de mi pueblo