Jueves, 29 de octubre de 2020

Elogio de la compasión

Existe una autoridad que es reconocida en todas las culturas y en todas las religiones y que nunca ha sido negada por ninguna crítica al principio de autoridad: la autoridad de quienes sufren. Y esta autoridad reconocida es la que conduce a la compasión.

JOHANN BAPTIST METZ

 

La compasión (...) es actividad regeneradora y creadora. Más aún, es un combate. Es co-beligerancia contra el mal y sus diversas ramificaciones

XAVIER THÉVENOT

En estos tiempos de pandemia, de confinamiento, de sufrimiento y de soledades me gustaría hacer un elogio de la compasión de tantas personas con nombre y sin nombre, que saben ponerse en el lugar del otro con un fuerte “instinto de empatía”. No podemos vivir solos, la vida del ser humano solo será completa en la interacción con sus semejantes. La compasión solo es posible en el corazón de las personas que interactúan.

 Existe un falso individualismo moderno, ya que el núcleo de la vida social no son los individuos aislados, sino el de las personas que nacen con una vinculación (A. Cortina), el ser humano está creado para estar juntos, para estar conectados con alguien y con Alguien. Además, nadie es capaz de subsanar por sí mismo su propia fragilidad sin la ayuda de otros, para compartir nuestra propia vulnerabilidad y la fragilidad. La compasión es algo natural, ese esa inclinación hacia bien del otro como una respuesta de cuidado y de afecto, sobre todo en la fragilidad y la enfermedad.

Para Max Scheler, la compasión es una de las formas de la simpatía, es la participación en el dolor del otro. Ese sentimiento de tristeza hacía el dolor del prójimo, que surge cuando contemplamos un sentimiento grave inmerecido y pensamos que también nos podía ocurrir a nosotros (Aristóteles).  El sufrimiento inmerecido se concibe como un mal moral, por otro lado, esa tristeza que sentimos en la compasión, se ha llegado a criticar por muchos pensadores como un sentimiento negativo. Desde Kant a Nietzsche, muchos hacen una crítica feroz, ya que piensan que la compasión extiende la tristeza por el mundo, queriendo impulsar principalmente los sentimientos como la alegría. Aunque todos estos filósofos piensan que es mucho mejor obrar por la piedad o por compasión, que por crueldad o indiferencia.

Debemos subrayar, que la compasión desde la religiosidad, no es un movimiento de superioridad, de mirar al otro desde la suficiencia, tampoco es debilidad. Es un movimiento que desde el corazón se dirige allá donde está el mal y se quiere compartir con el que sufre su situación, participando en el mal ajeno, en su sufrimiento, sintiéndolo como nuestro. La compasión no es la solución al sufrimiento o al mal, pero es la única respuesta sensata frente al mal y el sufrimiento. Este sentimiento no solo debe quedar recluido al ámbito personal, debe abrirse a las dimensiones sociales y políticas.

En nuestras sociedades líquidas tenemos dificultades para llegar a los otros, nos encerramos en el individualismo y en nuestro propio yo. Siguiendo a Bauman, esta forma de ser líquida se basa en el individualismo, todo es inestable, cambiante, con fecha de caducidad. Esto ha hecho que despersonalicemos la vida y a las personas, produciendo la muerte de la proximidad, el desencantamiento y la insensibilidad, fragmentando los vínculos sociales, con lo que la compasión no entra en el horizonte de la vida líquida.

Por otro lado, se oculta la muerte y el sufrimiento; pero también, la sociedad de los mass media, nos ofrece el sufrimiento en directo con un vergonzoso exhibicionismo, reduciéndolo a una emoción morbosa. Las imágenes son una mercancía más al servicio del consumismo, con lo que están provocando una fuerte desensibilización e indiferencia, atrofiando la capacidad de compasión. Encerrados en nosotros mismos, nos deja solos e indefensos, incluso nos hacemos cómplices del mal. Podemos cerrar las entrañas del corazón que nos deshumaniza o bien abrir el corazón para sufrir y gozar con el otro.

En un mundo cada vez más marcado por la soledad, la violencia y el individualismo, la opción prioritaria en estos momentos, es el amor. La falta de amor debilita tanto la fe como la razón. El amor y la compasión es una buena vía para un nuevo humanismo. En la parábola del “Buen Samaritano”, relata la historia de un hombre que se le removieron las entrañas cuando vio a un semejante tirado y avasallado agonizante en el camino, sintió su projimidad, se abajó a socorrerle y fue fiel a su ser persona. Esta idea no solo atraviesa el Antiguo Testamento, es la esencia del corazón del Reino que propuso Jesús. “Sed misericordiosos como es misericordioso vuestro Padre celestial” (Lc 6,36).

Para desplegar la compasión es necesaria la empatía y el ponerse en el lugar del otro. Fue Aristóteles quien acuñó en su ética a Nicómaco el concepto de “empatía”, enfocada hacia la praxis, pero supeditada a la “Polis”. La empatía, como decía Husserl es la aprehensión de las vivencias ajenas, el apercibimiento del vivenciar del otro y lo que nos impulsa actuar desinteresadamente. Para Edith Stein, la empatía, es un apercibimiento del vivenciar del otro que interiorizas y que vives su experiencia ajena como propia, pero no es un acto originario del individuo, sólo se manifiesta en él. Aunque no sea un acto originario, la empatía sí es una experiencia originaria y la condición necesaria para el conocimiento, ya que a través de ella yo me reconozco como otro y es por medio de los otros en los que posibilito mi propio conocimiento. Este movimiento de acercamiento que reconoce la vivencia del otro, debería terminar en un sentimiento de simpatía, de sentir junto a otros su dolor o su alegría. Así Martha Nussbaum, afirma que la empatía hace posible la captación del sufrimiento ajeno y es el fundamento de la humanidad.

En estos tiempos de coronavirus, de encierro, de agitaciones políticas, la compasión y la simpatía son el agua vivificante necesaria para las personas, la sociedad y la política. Aquello que nos convierte en humanos no es la obediencia a unas normas o un código universal, sino el reconocimiento de la radical fragilidad y vulnerabilidad de nuestra condición, el hecho de que no podemos eludir el tener que responder ante el lamento de aquel otro doliente que me encara y me apela. Esto nos invita no solo a la projimidad, sino a transmitir serenidad y amor y, sobre todo, a ser responsables con nosotros mismos y con la sociedad en este momento tan duro que nos ha tocado vivir.