Viernes, 4 de diciembre de 2020

Raza

Franco escribía unas cartas de amor muy cursis. Creo que escribió dos al menos, yo conozco una de ellas en la que pretendía a una muchacha desconocida para mí, y donde utiliza mucho la palabra señorita. Yo no tengo nada en contra de la palabra señorita, salvo que me suena a la forma con la  que mis hijos, cuando eran muy pequeños, se dirigían a sus profesoras en el cole.

En diciembre de 1984 asistí en Madrid a la inauguración de la estatua que hizo Pablo Serrano a Indalecio Prieto, el promotor del complejo Nuevos Ministerios. Don Inda está allí, en la confluencia de la Plaza de San Juan de la Cruz con el Paseo de la Castellana, donde vivió y escribió buena parte de su obra el poeta Ángel González, y donde tuvo escondido a Jorge Semprún, el nieto comunista de Antonio Maura que Carrillo había mandado infiltrarse en España desde París. Ángel González se jugó la vida para que no lo matasen como mataron a Julián Grimau. Hay un libro delicioso de Luis García Montero sobre el poeta. Se llama “Mañana no será lo que Dios quiera”. Y no lo fue.

Don Inda rotundo y con boina: me parece que no le pega nada llamar señorita a una mujer. Pero, aparte lo sustancial que es la obra de Pablo Serrano, recuerdo a una señora mayor acercarse a la estatua, acariciarla y besarla. ¿Era la hija de Indalecio Prieto, a la que pretendió Franco también en una carta tan cursi como la otra? En la tertulia de después no pude preguntárselo, porque aquel momento de gloria y nostalgia lo acaparó Ricardo García Damborenea, el nefrólogo socialista vasco que siempre estaba enfadado con el Partido, fue condenado luego por su implicación en los GAL, y finalizó su carrera  apoyando a José María Aznar, a quien suministró munición política contra sus antiguos compañeros. Hay que ver con quién acabó encamándose.

Lo del Franco pretendiente de la hija de Indalecio Prieto, cuando era teniente o como mucho capitán, no lo habría aceptado nunca el padre. Aunque Indalecio Prieto sí parece que tuvo alguna simpatía por un recién nacido a la política llamado José Antonio Primo de Rivera. No le repugnaban algunas aportaciones del joven abogado. Y la extraña corriente fue mutua. Por eso se entiende mal el argumento de algunos de que Indalecio Prieto se negase a salvar la vida del falangista mediante un canje del hijo de Besteiro, prisionero de la República. Sí es cierta la frase  que luego pronunció Franco, llegada la victoria y a la hora de gobernar: ¡ojalá tuviera yo aquí ahora a un Indalecio Prieto!

Donde Franco se encontraba más a gusto, en vez de entre señoritas a distancia, era escribiendo sobre la superioridad de la raza española. Dos años después de terminada la guerra civil, ya estaba lista una película que dirigió José Luis Saez de Heredia (primo hermano del fundador de la Falange), con guión del propio Franco. En ella, el caudillo sienta las bases de lo que debe ser un buen español para no traicionar a su raza. O sea, justo lo contrario que hice yo cuando, tras las elecciones municipales de 1979, entraron los concejales elegidos democráticamente. Se encontraron con que debajo de las alfombras había algo más que suelo. Por entonces yo dirigía una revista en Madrid, y un grupo de reporteros se dedicó a recorrer el país husmeando. Al volver de su paso por  Salamanca con un dossier de pruebas, nació otro reportaje más, titulado como los anteriores  “Corrupción en el Ayuntamiento de..." Y aquí el nombre de mi ciudad. Nadie desdijo nada, pero una cierta clase de Salamanca me tildó de mal salmantino. Igual que Franco con Berlanga de quien decía no era comunista sino algo mucho peor: un mal español. Berlanga y yo, dos calamidades en cuestión de la raza.

Este espíritu de la raza fue subiendo de tamaño a medida que un español agarraba la posibilidad de un uniforme, aunque fuese de autobusero o acomodador de cine. Los uniformes subían la autoestima mucho y acojonaban también un poco a los de fuera. Así nació aquello tan nuestro de " usted no sabe con quién está hablando".

En los años 60, algunos mozos de los pueblos, altos y fornidos para poder pasar con éxito la subida de la maroma al examinarse, se convirtieron en policías. Agentes, que decían ellos al volver luego de visita al pueblo. En una de esas visitas, jugando una partida de tute cabrón en la taberna de siempre con los amigos de la infancia de siempre, se vio el espíritu de la raza cuando dejas el arado romano y pasas a vestir de gris con una porra en la cintura. El rival del tute cabrón pilló al policía (perdón: agente) en un renuncio y se lo dijo. Empezaron a discutir sobre el renuncio y aquello  acabó de la peor manera. El policía (perdón: agente) se levantó furioso y señalando a su amigo de la infancia con el dedo índice, le gritó:  ¡documentación! Cómo cambia un uniforme a la raza.

Aquello fue una inocentada de un muchacho de pueblo comparado con lo que se planteó en las redes sociales hace poco. Hubo quien justificó la preferente atención médica a dos vicepresidentas del gobierno por razón de su importancia. Su importancia sobre el resto de la población que somos quienes pagamos su sueldo. ¿Y si se acaba la vaca de la que chupan? Porque las vicepresidentas se pueden cambiar, hay cola para el puesto de vicepresidenta. Pero las vacas que les damos de  comer somos imprescindibles.

Hablando de vacas. Yo tengo muchas y muy buenas: charolesas, limusinas y moruchas. Pero de todas ellas, el más importante es el toro. Quiero decir el semental que las tranquiliza cuando salen a celo. El toro vive como un rey emérito. Come y bebe lo que quiere. Y no hace otra cosa que cubrir vacas, las mías y las de los vecinos. Lo pasa bomba, ya quisiera Julio Iglesias, ese hombrón que dice se ha acostado con 2.000 mujeres. No sé si entre ellas está Gwendolyne, aquella jovencísima muchacha rubia que según él fue el gran amor de su vida. Sé que cuando se fueron juntos a descubrir Galicia, en los dos primeros hoteles que intentaron alojarse les negaron la entrada por no estar casados. El toro justifica muy bien su oficio, porque su puntería es tal que las vacas no cesan de estar preñadas. Y aquí apunto yo uno de los misterios que ni Lola S. Rozas, una excelente escritora, no ha sabido aclararme: por qué los egipcios me compran los chotos y no quieren las hembras. Lola, que tiene una a agudeza mental inaudita, me dice que quizás los egipcios prefieran que las hembras se queden para seguir pariendo. Vamos, como decía la Sección Femenina antes.

Y, casi sin salir del trema, me acuerdo yo ahora de cuando era chico en los años 50. Llevábamos a la parada de Guijuelo a las burras y a las yeguas para que las cubriese el semental. El artilugio del semental era tan grande y pesado que necesita al mamporrero para que le ayudase a dirigirlo a su destino.

Estos días, mirando las redes sociales y leyendo algunas cosas, veo que se han perdido muchos oficios por culpa de los avances tecnológicos. Pero que el oficio de mamporrero sigue teniendo futuro.

¿Cómo andan de salud las vicepresidentas?