Verano del 20

Después de la aparición en escena del infausto COVID-19, muchas de las personas que aún recordaban aquellos trágicos veranos de nuestra guerra civil, por el simple motivo de ser mayores, han sido los blancos preferidos por la munición de este virus silencioso, y han fallecido antes de tiempo. Sí, porque por muchos años que tengan, cuando muere un padre o una madre, siempre es demasiado pronto. Por tanto, ya son menos nuestros paisanos que estén en condiciones de contarnos lo que significaron para ellos aquellos veranos tan distintos a cuantos habían vivido hasta entonces. Los que no habíamos nacido -la inmensa mayoría- tendremos que apoyarnos en la historia para poder establecer alguna comparación. Hasta no hace mucho tiempo, en estos casos, acudíamos a la propia memoria adquirida con el estudio o por transmisión oral. Ahora, esa fórmula no vale. Todo lo que no sea la Memoria Histórica -eso sí, con mayúsculas- es una versión apócrifa. Para que la memoria se acerque a la verdad, debe pasar por el arco del triunfo de quienes aseguran tener capacidad para extender certificado de la verdad única. Requisito indispensable: que sea una memoria selectiva. Lo que no interesa, nunca existió. Alguien oyó aquello de La verdad os hará libres y rápidamente se afanó en volver la oración por pasiva: A base de repetirlo machaconamente, mi verdad acabará imponiéndose. Se nos quiere convencer de que sólo hubo barbaridades en un bando. Pero saben que mienten.

          Disquisiciones aparte, nos espera un verano atípico -y Dios quiera que sólo sea uno. Si existe una nación que muestra su mayor pujanza en pleno verano, esa es España. Nuestra especial situación geográfica, el carácter de nuestra gente y, por qué no, una infraestructura perfeccionada durante muchos años, han convertido nuestras ciudades, nuestros hoteles y nuestras costas en el lugar preferido de buena parte de visitantes. Además del nada despreciable número de veraneantes nativos, la cifra de turistas extranjeros ha ido creciendo hasta convertirnos en líderes de esta clase de turismo.

Por desgracia, este año las cosas serán muy distintas. Esa horrenda pelotilla llena de cuernos ya se ha cargado las Fallas, la Semana Santa, la Feria de Abril, los carteles de la Maestranza y San Isidro, los Sanfermines y todos las ferias y fiestas patronales en miles de localidades españolas. Hay que reconocer que el panorama es espeluznante. Estábamos acostumbrados a celebrar la fiesta de nuestro lugar de nacimiento y, cuando estamos fuera, nos apetece visitar a los nuestros. Otras veces, la alegría que se respira en algunos festejos declarados de interés turístico, nos lleva a disfrutar de esas celebraciones. Todo apunta a que este verano no será posible. Por culpa del dichoso virus, será un verano al ralentí, sin prisas, sin retenciones, sin masificaciones. Adiós a las carreras para encontrar un lugar donde clavar la sombrilla; se acabaron las terrazas atestadas de familias completas; los chiringuitos playeros tampoco serán rentables, y los restaurantes deberán avivar el ingenio para que sigan siéndolo después de reducir su aforo. Tal vez encuentren la solución en un horario continuado de servicio, desde la mañana hasta la madrugada.

A juzgar por lo acontecido allí donde la pandemia hizo su aparición antes que en España, el proceso requiere unos tiempos imprescindibles si se quiere tener un mínimo de efectividad. Pretender acortar cualquiera de las etapas previas puede originar un rebrote y condenarnos a repetir el proceso. En el tiempo que llevamos en estado de alarma, el encierro -no me gusta ni un pelo la palabra confinamiento- a que nos ha sometido el gobierno está comenzando a minar el aguante -sobre todo de los más jóvenes- y está ocasionando una debacle en no pocos negocios. El cierre es algo muy duro para el empresario y para el empleado, sobre todo en países como el nuestro donde poca gente dispone de fondos para aguantar una crisis tan prolongada. Sin embargo, no se puede andar con medias tintas. Nos jugamos mucho atentando contra la viabilidad de algunas empresas, pero es mucho más lo que está en juego cada día que el COVID-19 siga haciendo de las suyas. Entre la economía y la salud, no hay color. Ahora bien, atender a lo segundo, se debe hacer sin olvidar lo primero.

Por si todo lo anterior no fuera suficiente, la ocasión nos ha sorprendido con el peor gobierno posible para momento tan vital. Una mezcla de ineptos sin experiencia con populistas carentes de formación, y sobrados todos de soberbia y prepotencia, ha conseguido hacer de la ley de Murphy un acto de fe. Si en este gobierno todo apuntaba a que algunas decisiones le saldrían mal, la triste realidad nos ha demostrado que ninguna le ha salido bien. A pesar de hacer oídos sordos a cualquier tipo de crítica, y de negar lo evidente, las hemerotecas son tan puñeteras que una y otra vez dejan sus vergüenzas al descubierto. Algunas de las medidas tomadas han sido tan descabelladas que obligan a ponernos en guardia ante las próximas. El altavoz propagandístico de este grupo de ineptos no para de proclamar la supremacía de sus decisiones sobre las de los demás países. Siendo así ¿cómo es posible que sigamos encabezando todas las estadísticas negativas de esta pandemia? ¿Por qué se nos sigue engañando cada día que se le urge al gobierno para que adquiera las pruebas y los materiales sanitarios imprescindibles, que sí han tenido previstos otros países e, incluso, instituciones privadas?

Cada vez que, en ese estadillo diario que se nos ofrece cada mañana, nuestros gobernantes encuentran una cifra positiva, se insinúa que está más próxima la fecha para flexibilizar el encierro doméstico de los que no debemos acudir a un puesto de trabajo. Mirando la evaluación de la cifra diaria de contagiados -sin hacer todos los análisis que serían recomendables- todo aconseja desechar cualquier tipo de optimismo.

Científicos y personal sanitario en contacto diario con el virus, no se atreven a pontificar sobre el mecanismo de contagio. Es de suponer que el comité científico que asesora a nuestro gobierno está al corriente de esas conclusiones. Siendo así, cada vez tienen menos explicación sus continuas rectificaciones. Nadie podrá extrañarse de que el sufrido receptor de esos vaivenes se eche a temblar cada vez que aparece Pedro Sánchez en pantalla.

Con la cantidad de personas que han superado el contagio -muchos de ellos de regreso en sus hogares sin la oportuna prueba de la PCR y con muchas probabilidades de seguir contagiando a quienes les rodeen-, es para no dormir tranquilos. Por cierto, nunca oí a Juanito Oyarzabal decir que iniciaba la “desescalada” de un ochomil. ¡Serán cursis! Ya sé que no es tan sencillo realizar masivamente el análisis de la PCR -que no es barato- pero, mientras no se diagnostique y monitorice el colectivo de los que han recibido el alta, estaremos dando palos de ciego, cuando otros gobiernos más aplicados que el nuestro sí que han sabido organizarse, y no presumen de ello.

Habrá que confiar en que el español de a pie tenga más sentido de responsabilidad que nuestros gobernantes, y sea capaz de contrarrestar los disparates de tanto aprendiz. Tendremos que hacer un último sacrificio en este verano, mirar las playas desde lejos y huir de cualquier aglomeración donde no tengamos la seguridad de estar entre personas totalmente limpias de este maldito coronavirus. Será la única forma de poder decir a nuestros nietos: Yo superé el verano del 20.