Diario de una pandemia (14)

 

SÁBADO 25: INVITADOS VIRTUALES

No estuve aquel día en María Auxiliadora, hace treinta y nueve años, pero hoy me han sentado virtualmente a una mesa para dos. Sobre el mantel, dos novios posando con San Esteban al fondo, y a los pies del marco que recoge su pose, una flor blanca. En la mesa de al lado, otras dos fotos de boda, y también imágenes de los tres nietos: “Amándose de verdad, y sirviéndote a ti, Señor sinceramente, vean los hijos de sus hijos…“, se dice en la bendición nupcial hispana. Sillas vacías. Platos preparados, con sus cubiertos. Luego, copas de vino y brindis. Entre ellos. Con nosotros. Con vosotros, sí, papá y mamá:

 

Vosotros, los que me habéis invitado

a sentarme en la mesa virtual,

tomad un pobre cántico nupcial

de un hijo que a la mesa se ha sentado.

 

Vosotros, los que me habéis engendrado

y traído a la vida terrenal,

tened aquí y allá mi amor filial,

y allá y aquí sabedme a vuestro lado.

 

Vosotros, con nosotros, celebrad.

Nosotros, con vosotros, celebramos.

¡Veinticinco de abril!: vuestra promesa

 

cumplida y mantenida festejad;

es por ella por la que nos sentamos

con gozo y gratitud a vuestra mesa.

 

 

DOMINGO 26: DIAGNÓSTICOS SECUNDARIOS

Éxitus es el único diagnóstico certero: muerte. Tenía escritas después de esas primeras siete palabras otras trescientas treinta y siete, pero las he borrado. Hilaba razonamientos sobre lo que observo, alternaba un escepticismo fundado con píldoras de esperanza, me servía de experiencias en primera persona, y soltaba alguna ironía que, releída a la luz de las primeras siete palabras, me sonaba a inoportuno sarcasmo. Fuera. No era la idea de los diagnósticos secundarios que quería hacer hoy, pues aquí no hay ninguno principal. Como lo que había escrito, muchas veces lo diagnosticado al principio luego se borra, se cambia, se sustituye, o en Medora se “gestiona”, se “fusiona”, se “depende”. Los diagnósticos se piensan, se discuten, se revisan, se justifican, se sopesan, se vuelven a reconsiderar… No son palabras inocentes pero tampoco es justo, muchas veces, tacharlas de culpables. Por supuesto, en los diagnósticos, además de acertar, se yerra. Diagnosticar es lo más difícil. Lo hacemos personas. Todavía personas, mientras la Medicina siga siendo Medicina. Por eso, cada diagnóstico aspira a resultar objetivo pero, por quien lo emite, es inevitablemente subjetivo.

A lo largo del camino de la crisis sanitaria nos hemos ido encontrando con muchas impresiones, intuiciones y hechos demostrables que permiten lanzar preguntas antes de diagnosticar nada. Mientras tanto, las respuestas son provisionales, como las que propone, con un lenguaje mesurado y comprensible, Iván Moreno, un internista que me está gustando bastante en estos días. Él pide tiempo, que nos da la vida, para tratar mejor y curar mucho más antes de poder vacunar.

Lo pongo como ejemplo por su forma y contenido, nada que ver con quienes me inspiran uno de los diagnósticos secundarios con los que me atrevo, la Hiperreactividad Mediática y Social, que cursa con apariciones frecuentes en la televisión, calientes hilos de twitter y reenvíos masivos de vídeos y audios en whatsapp. Algunos lo conocen como el Signo de Spiriman, pero el epónimo no agota el impacto de este cuadro clínico.

Me preocupa especialmente el Síndrome Confusional de los Test. Esta semana, en mi centro de salud, haremos más de cuarenta pruebas rápidas para detección de anticuerpos contra coronavirus en sangre venosa, que son muy específicas (en los no infectados será negativa) pero no demasiado sensibles (será negativa también en muchos que sí han estado o están infectados; tampoco discrimina esto el test que vamos a usar). ¿Compensa hacer muchas pruebas, y que digan en las ruedas de prensa que hacemos miles y miles, si esos resultados no modifican las acciones de diagnóstico, tratamiento y prevención en muchos casos, ni hoy ni en el futuro? Si ahora consideran que para conocer la pandemia lo mejor es guiarse por los resultados de PCR, ¿por qué han comprado estas pruebas? ¿Estos resultados serán útiles para ese pertinente estudio epidemiológico que nos permita luego afrontar con más garantías una segunda oleada? Me temo que no demasiado. Tanta pregunta es lo normal cuando se trata de diagnosticar algo tan complejo como un síndrome confusional. Lo preocupante es que, a estas alturas, sigamos tan confundidos.

También me parece apreciar una Agudización del Trastorno Periférico Crónico. Sí, claro, esa descompensación del equilibrio inestable que sucede cuando ostenta el mando único de las operaciones quien ha sido entusiasta promotor de federalismos y autodeterminaciones. La terapia de estos movimientos disociados y hasta esquizoides consiste en diecisiete punciones simultáneas, así que no hay cirujano que lo consiga. Por lo tanto, tratamiento conservador, y a seguir sin un verdadero Sistema Nacional de Salud (los que lo llevamos pidiendo años somos unos recentralizadores, ya se sabe).

Gran cosa sería que uno de los frutos de la crisis fuera el fortalecimiento del Ministerio de Sanidad. Sus profesionales, que más allá de aciertos y errores son personas cualificadas y serias, deben sentir en sus propias carnes la Incoherenciopatía de la segunda figura más relevante en el Consejo de Ministros. Cuando no le gusta una sentencia acusa de injusticia a los jueces en lugar de dedicar ese tiempo a leer las recomendaciones del propio Ministerio de Sanidad, en cuyo edificio trabaja, para luego cumplirlas. ¿Qué pensarán los redactores de esos consejos sanitarios cuando le vean por sus dependencias del Paseo del Prado y recuerden la escena del supermercado? Aunque, claro, “hasta nueva orden, es el jefe”, como diría aquel.

Particularmente grave para los pacientes en edad infantil y juvenil es la Estenosis Moderada-Grave del Esfuerzo, complicada con una Examenectomía Total. Cuando quedan por delante dos meses de trabajo y disciplina en casa, dos meses de estudio personal y auxiliado a distancia, y se retiran de pronto parte de los estímulos, el nivel de respuesta baja. No es que se reduzca el estrés, es que pueden ser dos meses perdidos. ¿No hay cacerolada contra el aprobado general?

Por último, como falso “combatiente de primera línea”, me desmarco de la Batallitis Obsesiva-Compulsiva, acentuada en algunos con la subida a la cabeza de los aplausos de las ocho y el delirio de heroicidad. ¡Que esto no es ninguna guerra! ¿Se atreverán a decir los creadores del impostado símil bélico que, como no hemos contenido al virus, sino que lo estamos mitigando, ya no se tratará de una victoria sino de una retirada? Las retiradas no son honrosas ni deshonrosas, sino necesarias y prudentes: ¿pasa algo por contarla con honestidad, sin presunción, admitiendo que nos hemos retirado/confinado porque, a casi todos en España, nos sorprendió el ataque/brote epidémico, tuvimos que optar por el mal menor y así es como se ha podido salvar la vida de muchas personas/evacuar a muchas tropas? Muchos de los miembros del Gobierno, no lo dudo, se sentirían más cómodos en otro tipo de relato. Sacrificar nuestra libertad individual e hipotecar el desarrollo económico era difícil y a la vez lo justo dadas las circunstancias, pero al menos acéptese que la nueva normalidad, cuando llegue sin prisa, no será ninguna clase de paz tras la batalla... por mucho que los juglares de la verdad oficial se empeñen en su tramposo cantar de gesta.  

 

LUNES 27: AQUELLA PUERTA DE LA RONDA DEL CORPUS

Desde hace más de un mes están cerradas las iglesias de Salamanca. En mis itinerarios de casa al trabajo y del trabajo a casa sólo paso junto a una, la de Cristo Rey. Su párroco, Juanjo Calles, es uno de tantos sacerdotes que ha padecido la infección por coronavirus. También emite la Eucaristía que celebra, como Alfredo, Leo y muchos más. Reconozco que la sigo los domingos, por la radio o alguna televisión, pero me cuesta participar así de la Misa. Me basta saber que los sacerdotes la celebran. Sé que estoy allí. Que todos lo estamos. Imagino que los obispos, cada cual según la situación de sus diócesis y atentos a las indicaciones sanitarias, pensarán en cómo aplicar la progresiva rebaja del confinamiento al uso de los templos. Supongo que todavía faltarán meses para que las comunidades cristianas vuelvan a reunirse, tanto en la Misa como en otro tipo de encuentros concurridos. Paradójicamente, lo de reducir el número de celebraciones, buscando asambleas más nutridas, quizá haya que convertirlo en ampliación en algunos templos pequeños para asegurar distancias. Como aún queda tiempo para eso, siento más cercano el uso casi individual de las iglesias: por ejemplo, para el sacramento del perdón, que se puede celebrar sin riesgos tomando las medidas adecuadas. También se podría reorganizar la adoración del Santísimo Sacramento en el monasterio de Corpus Christi. Hoy se cumplen seis años de la apertura de la capilla de  Adoración Perpetua  en la Ronda del Corpus. La de Salamanca, abierta en 2014, fue la nº 33 en España; la última en inaugurarse, la de Santiago de Compostela, el pasado mes de enero, hace la nº 60. Sesenta pulmones de fe que, cuando pueda salirse de casa con este motivo y esté garantizada la seguridad, serán puertas abiertas a la esperanza. Mientras tanto, tras la puerta cerrada, como todas las comunidades contemplativas, las clarisas del Corpus velan y oran, en comunión con los cristianos que se hacen presentes en los centros sanitarios como capellanes y como profesionales que así servimos, los que acompañan en las despedidas tan íntimas de los cementerios, o los que se esfuerzan en la ayuda a las familias más necesitadas, que están aumentando cada día. Lo mismo, con los que trabajan en diversas tareas, y con los que desde casa cooperan con cuidadas oraciones, envían reflexiones y nos animan de diferentes maneras para que aguardemos, con paciencia y en comunión, la hora de ver abiertas las puertas de nuestras iglesias, como aquella de la Ronda del Corpus que siempre lo estaba.