Miedo y solidaridad son compatibles

Siempre se ha dicho que hacen más ruido, que se hacen notar más los discordantes, los que no cumplen las normas, los provocadores… que la inmensa mayoría que cumple con la ley, y que de una forma callada, sin estruendos, ayudan al prójimo, se solidarizan con él. Esos discordantes al ser mucho más ruidos y hacerse ver mucho más que el resto, da la sensación que son más, cuando no es así.

Nuestra sociedad, si la valoramos en su conjunto, creo que la buena gente gana por goleada a esos inútiles sociales. Tontos siempre ha habido y seguirá habiendo.

Estos días hemos visto en todos los medios de comunicación como algunos de estos individuos, han tenido la desfachatez de “invitar” a marcharse de la comunidad en la que viven, a algunos vecinos, porque están ayudando a la sociedad en general a superar, de la mejor manera posible, esta terrible pandemia que todos estamos padeciendo. Hombres y mujeres que aún a riesgo de su salud están atendiendo a personas, que por cierto, una de ellas podría ser el padre, la madre o el hermano de uno de esos descerebrados que les están invitando a que se marchen.

Algunos van más allá,  y no se conforman con hacer esa invitación, sino que les pintan el coche con frases que sólo pueden salir de una mente enferma, e incluso les pinchan las ruedas.

Y el colmo de la desfachatez es que algunos incluso han salido en los medios de comunicación, poniendo caras de víctimas y mostrando el cartel de invitación para que esas personas que se están dejando la salud en beneficio de todos,  abandonen su propio hogar como si de apestados se tratase, y lo hacen mostrando un cínico respeto y reconocimiento a la labor que están haciendo, pero que se vayan. Su cinismo llega tan lejos que se atreven a decir que lo hacen para proteger a la comunidad de vecinos, y algunos no dudan en poner a los niños como pantalla y chantaje emocional.

 Esto que ahora estamos viendo con más frecuencia y de forma más palpable, porque la situación es realmente extrema, no es nuevo. Hace unos meses, cuando Proyecto Hombre anunció la posibilidad de trasladar sus dependencias al Camino de las Aguas, unos “defensores del buen nombre, la reputación y la salud de los jóvenes del barrio” se manifestaron para que una institución como esa no se alojara en “su” barrio. Reconocían la buena labor  que Proyecto Hombre hacía, pero que se fueran a hacerla otro sitio.

¿Ésta es la solidaridad de esas personas? ¿Que aun reconociendo que la labor que hacen, tanto los unos como los otros, no quieren que la hagan cerca de su casa, no quieren riesgos, no quieren problemas, no quieren implicarse, se lavan las manos y miran para otro lado? Eso sí, que no les toque a ellos, o alguno de los suyos sufrir alguna de las consecuencias, ya sea del virus, de la droga…. Porque si eso ocurre, serán los primeros en poner el grito en el cielo, y exigir responsabilidades. ¡Ah! y que les atiendan con urgencia, porque ellos son unos ciudadanos ejemplares que pagan religiosamente sus impuestos.

En esta sociedad, para ser buen ciudadano no basta con pagar los impuestos, hay situaciones en las que el prójimo necesita algo más que tus aportaciones económicas, necesita tenerte cerca, sentir que le escuchas, sentir el apretón de una mano y una mirada sincera, no la de un buen pagador de impuestos, sino la de un hermano, y esto difícilmente se lo vas a poder dar si le mandas lejos de ti.

Yo entiendo que se pueda tener miedo, y no solo lo entiendo, sino que digo que el miedo lejos de ser algo malo, es bueno y necesario, si el hombre no tuviera miedo y sus antepasado no lo hubieran tenido, la especie habría desaparecido hace muchos siglos. La cuestión no es no tener miedo, sino gestionarlo, superarlo y hacer lo que debemos hacer a pesar de tener miedo. Somos nosotros quienes debemos controlar el miedo, no el miedo a nosotros. Valiente no es el no tiene miedo, quien no tiene miedo es un inconsciente, valiente es quien sabiendo los riesgos que corre y los problemas que le pueden causar, hace lo correcto, y en una sociedad, en un grupo de personas con las que convivimos, es nuestro deber ayudarnos, especialmente en los momentos difíciles.

Aprovecho para felicitar y mostrar mi admiración hacia un grupo de personas que se hayan confinadas en el kilómetro 2 de la carretera de Alba, dando muestras todos los días, a pesar de lo duro de la situación, de una vitalidad y una alegría contagiosa, que en mí, despierta un punto de envidia por no poder estar allí con ellos.

¡Mucho ánimo y fuerza para todos!