Al día de hoy.

Al levantarme, hoy, enésimo día de confinamiento, me puse a cantar eso de “resistiré”. Me sentí mejor. Encendí la tele. Sufrí un intenso bombardeo de noticias relativas al virus. Los corresponsales opinan desde sus lugares de trabajo. Los “en concreto” y a “nivel de” trufan sus peroratas, resultan abrumadores. Se desgañitan, insuflan urgencias a unos comentarios intrascendentes. Luego llegan los tertulianos. Unos comiéndose a los otros. Es lo que mola. Algunos enganchados al móvil. El argumentario, vía Whatsapp, se lo proporcionan al momento. El fogonero del partido manda. Ellos obedecen. Ellos defienden su sueldo, también el fogonero. A continuación, llegan las ruedas de prensa. El médico zaragozano, Fernando Simón, me cae muy bien. Cuando pase el tsunami se merece que alguna calle maña lleve su nombre.  Los demás son cansinos. Poco después, se da paso a los “analistas”. ¡Exotérico! Salvo casos contados, ellos opinan de todo lo que les echen. Un economista valora los datos sanitarios y viceversa. Eso sí, cuando leen un breve resumen de su vida académica se les ve alcanzar el orgasmo. Lo digo por sus caras satisfechas y mirada perdida en lo alto. Por último, se nos suministra una dosis sentimental. Uno canta la “Traviata” desde el balcón de su vivienda. Otros se casan y el vecino del cuarto levanta acta. Otros salen al tejado de alguna iglesia y asperjan agua bendita. Otros, por fin, tocan la flauta. Perdón, hay otro último, son los anuncios publicitarios. ¡Impagables! Tal banco, solidario, imbuido de compromiso social, recuerda a la población las medidas profilácticas. Asevera: “¡quédate en casa!”. Por fin, advierte: “Siempre contigo, siempre velando por tu seguridad”. “Y una lágrima cayó en la arena… (Peret)” Estoy emocionado. No lo puedo evitar.

La otra cara de la moneda. Un montón de gente al pie del cañón. La mitad de ellos víctimas del contagio. Las que limpian, las kellys, en primer lugar, las cajeras del super en segundo y luego el resto. Otro montón el de los que se quedaron al verlas. Es decir: sin un duro. Y otro montón, que viven, con hijos, abuelo/a e incluso perro o gato en los sesenta metros cuadrados del barrio Garrido o de Parla. Por fin, llegan los provectos. La mayoría de ellos solos. Mirando, durante todo el día, la tele con cara alucinada. Esperando que la vecina les deje en la puerta la barra de pan y el litro de leche. Otros hacinados, con sus pañales a cuestas, mirando al techo.  Muriéndose en silencio.

Entretanto, se buscan culpables: los diablos amarillos son los culpables. Se buscan ineptos: el gobierno Frankenstein. Todo vale. En España aún no terminó la guerra civil. El odio cainita sigue presente. El sentir democrático aún no ha calado suficientemente en el ideario popular.  Ejemplo. Un ex presidente de gobierno se salta el confinamiento y camina a paso ligero, alrededor de su mansión, observa sus pulsaciones, le pillan in fraganti. La portavoz de su partido le echa un capote, declara: “Me pasa como con el chiste del perro, cuanto más padezco este Gobierno más admiro a Mariano Rajoy Brey" ¡Wunderbar! En Alemania, este señor, habría fallecido, civilmente hablando. ¿Se imaginan si el infractor hubiera sido “el Coletas”? Tienes razón Cayetana: es de chiste, no obstante, en su versión más carca.

En cierta ocasión, en Warnemünde, cruzamos, toda la familia, el “paso de cebra” en rojo. Hora avanzada. Los alemanes disfrutaban ya de sus Bratwürstes y de sus Kölschs. Ningún coche a la vista. Así pues, a la española, nos tiramos al ruedo. Hete aquí: un alemán de edad incierta esperaba del otro lado. Esperaba se encendiera la luz verde. Nos detuvo y nos espetó: “hay que observar las normas establecidas (¡el famoso Ordnung alemán!)”. Me pillaron, como a M.R., in fraganti. ¿Culturas diferentes? ¡Sin duda! No obstante, seamos más precisos. Lo que existe de Alemania “pa” arriba son democracias fuertes. Las gentes confían en sus gobiernos, sean del signo que sean. Sus gobernantes no roban a mansalva, ni organizan escuadrones de la muerte y tratan de cumplir lo que prometieron. En esos países nórdicos, no precisan de cuarentenas, ni hibernaciones, tan sólo indican a sus ciudadanos cómo deben comportarse. Y sus ciudadanos cumplen. Así de sencillo.