Sábado, 8 de agosto de 2020
Ciudad Rodrigo al día

Reseña de ‘Arqueología de un mito’, de Severiano Delgado Cruz

Vigésimo primer capítulo de la serie de Ángel Iglesias Ovejero ‘Contra la desmemoria republicana, ‘archivos vivientes’’

La situación actual, que impide las reseñas testimoniales de nuestros “archivos vivientes”, recuerda el confinamiento de Miguel de Unamuno, a raíz del acto del Paraninfo de la Universidad de Salamanca el 12 de octubre de 1936, sobre el que no hace mucho Severiano Delgado Cruz ha publicado la 2ª edición de un libro: Arqueología de un mito. El acto del 12 de octubre de 1936 de en el Paraninfo de la Universidad de Salamanca (Sílex, Madrid, 2019, 502 págs.).

Para quien todavía no haya leído esta obra, no estará de más una modesta recensión con algún comentario al hilo de su introducción, breve y clara. Severiano Delgado no necesita presentación, pues en el ámbito salmantino y fuera de él es conocida su labor pionera en la investigación de la represión franquista en Salamanca y su provincia, emprendida en 2001 (entonces al lado de Santiago López). Ahora la culmina con este excelente libro, sobrio en su presentación y rico en su documentación, variado y argumentado en su contenido, cuidado en su redacción, pedagógico y hasta ameno. Sin duda en su portada emblemática, por la combinación en ella del paratexto verbal y la fotografía, resulta estimulante la alusión a “un mito” en el título ¿Se trata de algo construido sobre elementos realmente históricos, pero con una manipulación o interpretación engañosa de las apariencias? Esta es la tesis que Severiano Delgado propone al comienzo de su obra (11-17), pues de entrada afirma que su estímulo inicial remonta a un descubrimiento:

“Había estado escrutando las fuentes de las distintas versiones existentes sobre el acto del 12 de octubre, y había llegado a la conclusión de que el famoso discurso de Unamuno era una invención de Luis Portillo Pérez, publicada en una revista inglesa en 1941” (p. 11).

El autor recuerda las circunstancias en que apareció la 1ª edición del libro (Academia.edu 2018), en coincidencia con la publicación de un estudio de Colette y Jean-Claude Rabaté (En el torbellino: Unamuno en la Guerra Civil) y el rodaje en Salamanca de escenas para una película de Alejandro Amenábar sobre el tema. Y aclara que no se interesa por la figura del gran escritor e intelectual reconocido dentro y fuera de España, “sino como actor de la vida política y social de Salamanca” (p. 12), precisamente en un momento de la historia de la ciudad y su entorno condicionado por la sublevación militar contra la Constitución de la República Española. Busca una perspectiva nueva con materiales nuevos sobre esa egregia figura: su evolución política y personal en relación con los rebeldes militares (8 capítulos); y el origen del relato de Portillo (2 capítulos). El método combina la disposición cronológica con la descripción y análisis de los  principales tipos de documentación utilizados:

- 15 entrevistas concedidas por Unamuno a periodistas y visitantes (entre el 6 de agosto y el 26 de diciembre de 1936), con algún otro documento; la versión original se ofrece en los anexos, pero se adaptan, eventualmente  traducidas, en la narración;

- la mención de los 72 fusilados en el verano y otoño sangriento, siguiendo los sumarios del Archivo Militar Intermedio Noroeste (Ferrol), pero sin entrar en el detalle de los cientos de ejecutados extrajudiciales;

- la documentación relativa a la labor como rector de Unamuno;

- la producción epistolar, las últimas composiciones poéticas (Cancionero) y los apuntes del Resentimiento trágico de la vida del mismo;

- entre otros libros, algunos publicados por voluntarios de la Legión Cóndor;

- diversos documentos de archivos públicos y privados de Salamanca, así como la base de datos de la Asociación Salamanca por la Memoria y la Justicia (de la que Severiano Delgado ha sido presidente);

-En los anexos: las biografías de Johan Brouwer y de Luis Portillo (I);  las susodichas 15 entrevistas debidamente identificadas y en su versión original (II) y los relatos del acto del Paraninfo (III)

- Imágenes y documentos (p. 469-493);

- Bibliografía prácticamente exhaustiva sobre la represión en Salamanca y su provincia (p. 495-502).

Por no fatigar, se renuncia aquí al análisis detallado de los ocho capítulos que constituyen el cuerpo del trabajo, pero parece necesario especificar un poco el contenido del octavo, que es sustancial y concluyente con respecto a la demostración de la tesis.

“La última lección” (p. 355-374) confirma y especifica la autoría del “relato” (mito), su texto, contexto y transmisión, con el objetivo de depurar el proceso de mitificación. Delgado presenta a Luis Portillo en el exilio compartido con otros republicanos en Inglaterra, donde rehace su vida familiar y profesional. Colabora en la BBC con Arturo Barea, reencuentra a su ex jefe en la Oficina de Prensa de Valencia, Esteban Salazar, y coincide con Georges Orwell, antiguo brigadista en España, que pone a los españoles en contacto con Horizon, revista mensual de literatura y arte. En 1941 Barea y Portillo publican en ella sendos artículos en inglés: The Legion (sobre los métodos brutales de Millán Astray en la formación de los legionarios) y Unamuno’s Last Lecture (sobre el acto del 12 de octubre de 1936 en el paraninfo de la Universidad de Salamanca). El autor entiende que este relato, traducido y comentado a continuación, “tiene una clara intención literaria, no historiográfica” (p. 358). Señala en su construcción detalles tomados de los relatos de J. Brouwer y J. M. Tarragó que ya aparecían en el comunicado de la Oficina de Prensa de enero de 1937 e incluso algún término especial, lo que apuntala la hipótesis de que fuera Portillo quien redactara ambos textos, copiando o adaptando expresiones de Unamuno comprobadas en las crónicas del citado J. Brouwer y coinciden con las notas del Resentimiento trágico de la vida. De todo ello deduce que Unamuno’s Last Lecture  ofrece una visión litúrgica de aquel acto como: “el triunfo del Bien sobre el Mal, una victoria simbólica de la inteligencia sobre la muerte, de los valores sobre el militarismo fascista” (p. 368). La mitificación histórica del texto se debe a su empleo por los historiadores que, por sus pasos contados, empieza con la inclusión del relato en una selección de la revista Horizon (ed. Cyril Connelly, 1953). Fuera ya de contexto, Hugh Thomas lo incorpora en The Spanish Civil War (1961). En el cotejo minucioso de ambas versiones y después de señalar algunas supresiones en la del historiador, Delgado pone de relieve las coincidencias literales de su versión del acto con la del texto de Portillo. Dicha historia de la guerra civil, traducida al español (1963), se ha convertido en referencia ineludible en la historiografía del tema. Y concluye  Delgado, en su balance recapitulativo, que así es como se ha producido una mixtificación  (de la que el autor del texto no es responsable): “que todavía en nuestros días se siga considerando el discurso de Unamuno escrito por Luis Portillo como palabras textuales del rector de Salamanca” (p. 374).

A los grandes teorizadores de la guerra esta conclusión y el objetivo mismo del estudio quizá les parezcan anodinos (así se ahorran tener que modificar sus planteamientos). Porque la propuesta de dilucidar el origen de un dialogismo lingüístico vigente (“Venceréis pero no convenceréis”) recuerda un ejercicio que algunos paremiólogos o humanistas del Renacimiento practicaban con las expresiones proverbiales, dichos y apotemas que circulaban en su tiempo (“¿Por qué se dijo?”).  Generalmente llegaban a la conclusión de que todo había empezado por un hecho y un dicho (anécdota), que para su transmisión necesitaba una formulación narrativa (dicentes, actos y contexto espacio-temporal) en la que encajaba un dicho (textualmente citado). Esta glosa narrativa (forzosamente verosímil) la hallaban en la crónica, la leyenda, la épica, el folclore o, lo más económico, la inventaban ellos mismos (para acentuar su eficacia moralizadora). Ciertamente tampoco tenían que viajar mucho porque la historia clásica, sobre todo cuando se escribía por encargo, tenía bastante de mito, como ha sucedido con la historia de la guerra civil española, que en  la versión franquista ha sido presentada como un hecho necesario y conforme con las reglas de la estrategia bélica. En realidad, aun haciendo abstracción de la autoría de la declaración del conflicto, en Salamanca y en otros territorios de la retaguardia “nacional” fue esencial y casi exclusivamente represión contra quienes no adherían o no perseveraban en la adhesión al Movimiento (el caso de Unamuno resulta ejemplar). Represión silenciada, olvidada e incluso ignorada de los grandes historiadores españoles hasta el siglo XXI y hasta hoy día no enseñada a los escolares en la Comunidad de Castilla y León. Por esta razón el trabajo de Delgado está muy lejos de ser un trabajo banal. Al contrario, resulta muy esclarecedor del gran mito del “Alzamiento Salvador de España” en general. Sobre Salamanca en concreto, hasta ahora nadie ha ofrecido una visión más completa de la intrahistoria de aquel verano y otoño sangriento de 1936, que terminó con la muerte agónica de Miguel de Unamuno confinado (“enclaustrado”) en su casa,  apelando desesperadamente a la justicia divina: “Dios no puede volverle la espalda a España. España se salvará porque tiene que salvarse” (p. 321).

En lo que atañe a la figura de “Don Miguel”, esta Arqueología quizá no convenza e incluso desagrade a quienes prefieren ver en la historia héroes, santos y sabios por doquier. Él lo era en parte, sin duda; pero tenía sus fallos, comprensibles algunos por el torbellino del momento, otros venían de lejos. Severiano Delgado no insiste en ellos y remite a los textos para que el lector se haga una opinión por sí mismo. La lectura lleva a la constatación de que la sabiduría del filósofo y la experiencia de la vida no lo ponían al abrigo en la vejez de errores llamativos y falta de empatía con personas y colectivos. En este sentido, se echa de menos algo de comprensión con la masa de campesinos y obreros que no habían elegido ser pobres e ignorantes, y, hartos de pasar hambre,  muchos de ellos creían más en la reforma agraria que en la felicidad prometida en los sermones. Su defensa de los catalanes y vascos contrasta con los prejuicios genéticos que manifiesta contra los africanos, gitanos y andaluces, responsables para él del anarquismo que habita en el alma española. Tampoco convence la teoría del determinismo somático de las ideas y la moral (un cuerpo enfermo genera locura y perversidad). No valora la posibilidad de que el altruismo funcione con independencia de la fe religiosa, y da por hecho que los ateos (marxistas) sienten uno odio cainita hacia los creyentes, debido a la nostalgia que tienen de la fe, como si creer o no creer fuera un mero acto de voluntad, cuando resulta evidente que de la convicción o la creencia no se sigue la existencia de aquello en que se cree (tomar los deseos por realidades).

La innegable adhesión al Movimiento también era de motivación religiosa principalmente. Pero poner “la salvación de la cultura occidental” en manos de los militares no solo era una incongruencia con respecto a su propia trayectoria antimilitarista, sino que presuponía una concepción monolítica de esa cultura cristiana que, con frecuencia, se había impuesto por la violencia y causado estragos en otras culturas.  Cabe preguntarse si la guerra no era para él una metáfora de su lucha interior (“soy mi propio adversario”, p. 127), por alcanzar un compromiso entre  la razón  y la emoción religiosa. Creía en Dios con esa desesperación que le hacía añorar la fe del colectivo tradicional español y se define en la figura del personaje heterónimo, San Manuel Bueno (1931). La fe (con medios adecuados) ha permitido levantar catedrales, modelar imágenes, escribir tratados de teología, producir sublimes poemas ascéticos. Unamuno sabía expresar con destreza la emoción estética y en ella entraba el sentimiento religioso, pero la revelación del dolor ajeno le vino del entorno inmediato (persecución de sus colegas y amigos) antes de experimentarlo en su propia carne a partir del acto del paraninfo. Allí sintió de cerca el aliento y la inquina de los legionarios y la “falangería”. Después sufrió la tortura que el obligado silencio suponía para él y se añadía al miedo: “Murió de angustia al sentirse prendido en la trampa siniestra de un régimen de violencia y contemplarse sin libertad” (E. Ortega y Gasset, cit., p. 213-214). Sin embargo esto no doblegó su voluntad ni le privó de su capacidad de razonar y comunicar, tratando de salvar la censura, para dejar constancia de sus convicciones dentro y fuera de España o para renunciar y denunciar la trampa en que había caído:

“Esta civilización cristiana que yo, ¡cándido de mí!, pedía que se salvase en España, no es aquí, y menos en manos de católicos españoles, cristiana… Cuando se acabe esta salvaje guerra incivil, vendrá aquí el régimen de la estupidización general colectiva y del más frenético terror” (carta a Lorenzo Giusso, 21/11/36, cita, p. 249), rematada con esta despedida irónica: “aquí quedo, enclaustrado en mi hogar, por obra y gracia  de estos… salvadores de España, p. 251).

Con el tiempo, se sentía amenazado por los sicarios de Mola (“la bestia ponzoñosa”) a quien en la correspondencia interior consideraba responsable de las salvajadas atribuidas a los rojos por “la propaganda de exageraciones y hasta las mentiras que los blancos –color de pus– están acumulando”, y muy escasamente confiado en el caudillaje de Franco (“qué ligero anduve al adherirme al movimiento de Franco” (carta a Quintín de Torre, 13/12/36, cita, p. 294-295).  “El gran anciano de la barba blanca” (Tarragó) había decidido morir con las botas puestas, luchando con el arma que mejor manejaba, la palabra: “si me han de asesinar, como a otros, será aquí, en mi casa” (carta a Juan Carretero, director de ABC de Sevilla, 11/12/36, cit. p. 287-288).

En su dimensión humana, San Miguel Bueno Agónico resulta entrañable, gracias a Severiano Delgado Cruz.