La violencia de género: el caso francés

«El feminismo nunca mató a nadie. El machismo mata todos los días».

Tania Curiel

Activista por los Derechos Humanos

En la fecha en que escribo, son 28 mujeres las víctimas de feminicidio en Francia en lo que lleva de año. En 2019 fueron 121, es decir, un asesinato cada tres días. A ellas se suman las 220.000 mujeres víctimas de violencias físicas o sexuales por su pareja cada año. La violencia de género solo registra los feminicidios causados por pareja o ex-pareja, pero son muchos más. Y todas las víctimas padecen una misma forma de indiferencia social: tienden a ser una cifra de la que pocos se indignan. Pero el caso francés no es una excepción, es un fenómeno extremadamente corriente en el mundo.

Estos asesinatos encuentran su origen en el seno de la sociedad, tanto en el sistema de diferencias según los sexos como en la educación patriarcal: ambos dejan pensar que los hombres pueden poseer mujeres e hijos, y disponer de sus vidas como les plazca. La dominación masculina reposa sobre la biología: útero y pecho otorgan sistemáticamente las responsabilidades maternas, y son entonces correlativos al hogar; mientras que, por extensión, el hombre dispone del poder político, económico y universal (representa la norma). Idealmente, la mujer conoce sus responsabilidades y la violencia de género se convierte en un modo legítimo de regulación.

Es un sistema que existe desde varios milenios y que cuenta con el apoyo de actores tanto individuales como institucionales (familia, escuela, religiones, administraciones…). Pero es intolerable que un hombre levante la mano sobre una mujer; y lo que debería ser evidencia no lo es.

En Francia, estos asesinatos se etiquetaron durante siglos como crímenes pasionales, donde un hombre mataba a su mujer «por lo mucho que la quería». Solo en 1970 se adoptó el concepto de mujeres golpeadas. Y no ocurrió ningún cambio sustancial hasta la última década: en 2010, el asesinato por parte de un «marido o pareja» se convierte en una circunstancia agravante. En 2015, tras la labor de las asociaciones feministas, la definición de feminicidio entra en el diccionario como «asesinato de una mujer en razón de su sexo»; pero en 2016 la CNCDH (Comisión Nacional Consultiva de los Derechos Humanos) aconsejó no usar este término para un uso jurídico en nombre del «universalismo del derecho». He aquí el derecho francés respaldando la norma universal de lo masculino. Solo en el 2017 las motivaciones fundadas sobre «el sexo o el género de la víctima» pasaron a constituir circunstancias agravantes; por fin se reconocía que estos crímenes reposan sobre el odio.

Con tan solo estas herramientas, las políticas de lucha contra las violencias de género son insuficientes, y el número de víctimas no dejará de aumentar. La violencia en contra de las mujeres es general: psicológica (síndrome de la mujer maltratada), administrativa (burocratización del divorcio), económica (brecha salarial, techo de cristal), física (violencia de género), sexual (pornografía cada vez más misógina). Y cabe además una importante disfunción de la prensa que no busca ninguna toma de conciencia por parte de la opinión pública, y deja que estos asesinatos tengan lugar en la indiferencia general. Es una sociedad en la que a las mujeres se las puede acosar, golpear, violar o asesinar, y carecen de voz. Ni siquiera existen datos oficiales al respecto.

Asociaciones y trabajadores sociales lucharon para evitar estos crímenes y lograron ciertas mejoras: tribunales cada vez más severos, pulseras electrónicas, teléfonos de grave peligro y estructuras de acogida para mujeres e hijos que se sientan en peligro (el gobierno garantiza 6.000 plazas hasta ahora). Pero falta por mejorar la escucha en comisaría (existen numerosos episodios de minimización donde se pregunta a la mujer acosada cómo iba vestida), así como el aislamiento del marido, pareja, o novio peligroso.

En conclusión, la violencia de género forma parte de un sistema de jerarquización de los sexos, que ha de ser negado y reemplazado, sin interpretación sesgada del cuerpo humano. Como dijo la escritora Benoîte Groult: «el feminismo nunca mató a nadie. El machismo mata todos los días». Hasta entonces, son necesarias leyes para luchar por los derechos de la mujer, e instrumentos pertinentes para luchar por sus vidas e impedir que una mujer sea golpeada o muera en las manos de un hombre.