Carta a Don Miguel de Cervantes, en el Día del Libro

Mi admirado y querido Don Miguel de Cervantes:

Va a hacer trece años desde que publiqué la original biografía sobre tu vida, con la que tanto disfruté y que ha tenido una raquítica difusión en esta  ruidosa y semidesértica España.

Si tu universal y eterno Ingenioso Hidalgo don Quijote de la Mancha ya tuvo sus problemas cuando salió, pese a ser un guiso literario de alta cocina, bien condimentado de inteligencia y humor para todos los gustos, ¿cómo no van a tener problemas de difusión librillos como el mío sobre tu persona, que nunca podrá  alcanzar la lista de “los más vendidos”, como se dice ahora?

Aunque sea una mala noticia, quiero contarte, querido don Miguel, cómo ha cambiado nuestra amada España, desde aquel principio del siglo XVII, cuando nos dejaste, a estos principios del siglo XXI, el siglo más extraño que  puedas imaginar, a ti que nunca nadie te ha ganado  en  imaginación.

Cuando te publicaron las dos partes de tu Don Quijote todos los lectores se reconocían en ese Quijote y en ese Sancho que recorrían los caminos buscando hacer justicia, por amor, y en un diálogo continuo entre los idealismos perseguidos del caballero y el realismo a ultranza del escudero. La mayoría de lectores reconocieron, por primera vez, dos partes de sí mismos, divididas, en pugna, una dirigida hacia sus aspiraciones ideales y la otra hacia sus necesidades y ambiciones egocéntricas.

Pues bien, el hombre actual, Don Miguel, se ha metamorfoseado tanto que su figura es la de una especie de animal que habla, en general para gritar contra los que él observa distintos (convirtiendo  su deseo de destruir a los diferentes en su mayor ideal) y, a la vez, un animal que permanece en continua atención sobre sí mismo, desde la mañana a la noche y desde su infancia a su vejez. La satisfacción de sus necesidades, su hambre, su frío, su ambición, su deseo sexual…es el programa completo de su vida. Es decir, como si fuera un descendiente de tu Sancho Panza, pero envilecido, pues su caballero no persigue ideal alguno, sino su propio beneficio material. Es un Sancho Panza de mollera vaciada, mentiroso, de fácil descontrol y que repite como un loro lo que sus amos, a través de las extrañas máquinas actuales (televisiones les llaman) le amplifican y repiten día a día. Tal son los “caballeros” y “escuderos” actuales, que las mujeres han puesto el grito en el cielo y llenan calles y plazas protestando contra ellos, machos mitad castrados, mitad violadores, exigiendo que no las maten ni las maltraten. Quizás los gritos de estas mujeres puedan horadar, poco a poco, la capa de egocentrismo que protege a los varones, como en tu tiempo les protegían las armaduras. Quizás, la lucha de las mujeres pueda, muy poco a poco, convertir a los varones en seres más sensibles, con mayor riqueza interna, y a las mujeres en seres más activos, con más iniciativa y menos idealismo sobre los atributos masculinos. Como la dama que creaste en tu relato de Marcela, la pastora, feminista a ultranza, sin saberlo.

Mientras tanto, una especie de sanchos enfermizos, crónicamente insatisfechos de poder y riquezas, que han decretado que los idealismos han muerto, que la verdad ha muerto, que toda bondad es falsa, que cada ciudadano consigue lo que quiere y si  no lo consigue es porque no quiere, se ha adueñado del poder en la mayor parte de este planeta moribundo. Pero mientras este buque  global se va hundiendo, sigue la fiesta en algunas salas de proa; mientras la mayoría de las especies animales desaparece (pues ha desaparecido el territorio donde vivían, se reproducían y alimentaban) el ser humano sigue estúpidamente pensando que él va a seguir por muchos años en esta tierra.

Y sigue ocurriendo, querido Don Miguel, que cuando aparece algún Quijote lanza en ristre en alguna parte de la tierra, en el Reino Unido, en América del Norte o del Sur, en Portugal o en este Desunido reino de España, la gran mayoría se echa a reír como concierto de burros rebuznando y ridiculizan a los pocos seguidores que han sido capaces de votar a ese Quijote de loca o ridícula apariencia.

Es el gobierno de los sanchopanzas desprovistos de todo sentido común. Es lo peor que le puede pasar a un país, a una especie. Tal como la describiste tú cuando los Duques organizan la comedia de nombrar a Sancho gobernador de la Ínsula Barataria: se ríen, se ríen de él  tanto que a partir de esa trampa, Sancho, sin saberlo, se convierte en un monigote a merced de los que tienen todos los hilos. Desde ese momento la suerte está echada: la mentira y la incapacidad de pensar se instala en su mollera.

En el “sacrosanto” terreno de la justicia, que tú tan bien conociste y sufriste, se ha seguido avanzando todos estos siglos hasta cumbres de enormes disparates, en sentencias, artículos y leyes por las que se juzga a los súbditos. No debemos olvidar nunca lo que a ti te ocurrió con el caso Ezpeleta, en Valladolid, cuando tú y casi todas tus hermanas fuisteis a parar a la cárcel por ayudar con caridad al herido y arrojado a las puertas de tu casa: os quisieron señalar como culpables, por el interés de ocultar su crimen de celos, del que erais totalmente ajenos.

La justicia que hay ahora en la España del siglo XXI es muy parecida a la que te metió tres veces en la cárcel en tu vida, injustamente. Ahora los políticos les piden a los jueces que les resuelvan los conflictos políticos de la Nación a golpe de leyes de interpretaciones por completo subjetivas. ¿Qué ocurre con la estrategia de pasar a los jueces la solución de los problemas políticos? Que no se resuelve ningún problema, solo se cronifican.

Este año, 2020 estamos celebrando el “Día del Libro”, el día que coincide con la fecha de tu fallecimiento, un 23 de abril, todos los habitantes obligados a permanecer en sus casas, en lucha contra un peligroso, y, muchas veces mortal, nuevo virus. El largo mes que llevamos encerrados nos ha manifestado de nuevo a una gran mayoría de ciudadanos de todos los países y continentes que el libro, los libros, tus novelas, admirado Don Miguel, son un bien tan preciado como el agua, los alimentos, la paz entre los pueblos y entre los individuos; sin libros muchos nos habríamos vuelto “locos” en este interminable encierro que no sabemos cuándo acabará.

Quizás algo, muy poco, hemos avanzado desde tu siglo a este loco presente: tu héroe, Don Quijote, se volvió loco de tanto leer. Muchos de nosotros, en estas circunstancias, enloqueceríamos si no pudiéramos leer.

Un abrazo desde el encierro de  mi domicilio, que tiene miles de ventanas, gracias a tus libros, Don Miguel de Cervantes.