Lunes, 3 de agosto de 2020

Brindemos con vino de Pascua

Al profesor Guillermo Castán, epidemiólogo y buen escanciador

Desde esta reclusión forzosa que nos aísla y distancia añoramos los lugares habituales de socialización. Y, así como los creyentes echan de menos las misas y procesiones, yo, pecador de mí, recuerdo con nostalgia los bares, con su parroquia y sus libaciones a coro. Lo hago ahora, cuando se multiplican las “arcas de Noé” o lazaretos para atender los casos leves o asintomáticos del virus ese. (Dicho sea de paso, ¡vaya nombres de mal agüero!; el arca de Noé salvó a unos pocos seres vivos, sí, pero eso fue después de que murieran ahogados todos los demás; y los lazaretos eran hospitales para leprosos, cuyo santo patrón, por cierto, celebramos este miércoles de octava de Pascua: hablo de San Damián de Molokai).

Pero, alejando sombrías perspectivas, brindo en primer lugar por ese patriarca Noé, pionero de la viticultura, que, bebiendo vino por primera vez, cogió una curda como un general, según nos relata el Génesis. Luego debió de ser más comedido, pues vivió 360 años, o tres veces 120, algo incompatible con la dipsomanía. De ahí en adelante, la relación del pueblo judío con el vino fue muy estrecha y natural, por así decir, al ser una cultura mediterránea donde la Santísima Trinidad agraria la componen el trigo, la vid y el olivo. Es una hermosa historia –que llega hasta nuestros días– luego bendita por el Mesías más allá de toda ponderación. Recordemos que este se estrena como taumaturgo con el milagro de la conversión del agua en vino en las bodas de Caná, donde se sirvieron generosamente seis tinajas de unos cien litros cada una, con un caldo excelente. Es muy posible, aunque la escritura lo omite por no entrar en detalles, que hubiera un servicio semejante cuando multiplicó los panes y los peces en dos ocasiones.

Más de una vez Jesús compara al reino de los cielos con una hermosa vid: "yo soy la verdadera vid y mi Padre es el viñador” y en el mundo futuro –añade– “destilarán vino los montes y todas las colinas se derretirán". La parábola de los viñadores presenta a Yavéh mismo como propietario de una viña a cuyo cuidado presta mucha atención. Y, por abreviar, recordemos la legendaria última ronda del viernes de pascua, cuya alegría, anunciadora de la vida eterna, solo se vio ensombrecida por la traición de Judas y la inminente muerte del Maestro. Aún en esa ocasión este prometió a sus apóstoles que el próximo brindis sería ya en el cielo, donde esperaba verlos a todos, menos a ese mamón que le había traicionado: “Y os digo que desde ahora no beberé de este producto de la vid hasta el día aquel en que lo beba de nuevo con vosotros en el Reino de mi Padre”. De donde se deduce que en el paraíso cristiano al menos habrá vino, del mismo modo que en el islámico se sirve leche y miel.

Pero no hubo que esperar tanto para volver a ello, porque, según cuentan los Hechos de los apóstoles, Jesús volvió a comer y a beber con sus discípulos después de resucitado durante la pascua de pentecostés, en la que estamos más o menos felizmente. Sus apóstoles estaban muy contentos por volverle a ver y porque mucha gente de distintos países se apuntaba a la nueva iglesia, y los discípulos les predicaban en distintas lenguas; así que dijo San Pedro: "que os quede esto bien claro, éstos no están borrachos, pues es la hora tercia del día". Era media mañana, quedaba mucha jornada por delante.

El tema da mucho más de sí en las Sagradas escrituras. Otros pasajes bíblicos relacionan lel vino y el amor. Quizá el más hermoso sea el poema dedicado a esa novia negra, pero hermosa, a la que pusieron a guardar la viña. "¡Y mi viña no supe guardar!", se lamenta, y añade, cándidamente: “mi amado me ha metido en la bodega, despliega junto a mí su bandera de amor" (Cantar de los cantares). Que mi padre espiritual me perdone, pero veo esta bonita expresión de amor muy cercana a los lirismos paganos. Ovidio, máxima autoridad en el asunto, nos dice que el vino “prepara el espíritu y lo hace receptivo para el acaloramiento” y hace que las muchachas, habitualmente tímidas, tomen la iniciativa con sus compañeros de banquete, de modo que “Venus, en medio del vino, ha sido fuego que al fuego se añadía”. No es de extrañar que para él la peor maldición, lanzada contra una vieja alcahueta, sea: “¡Que los dioses te priven de todo hogar y te den una vejez sin recursos, largos inviernos y eterna sed!”.

Ahora bien: sería un irresponsable quien alabara la ingesta de vino sin tasa y no advirtiera de sus peligros. Y menos uno mismo, que tiene larga experiencia en ello, por activa y por pasiva. El mismo Ovidio lo dice: “no permitas que el vino te haga perder la cabeza” y otro poeta aún mayor, hablando del vino y del amor carnal, advierte: el vino excita el deseo, pero impide su satisfacción.  Más en general, la misma Biblia que tantas flores le echa al zumo de la vid, no es menos insistente al indicar sus males: “No mires al vino: ¡Qué rojo está!, ¡cómo brilla en la copa!, ¡qué suave entra! Al final muerde como serpiente y pica como víbora”. Y condena a los borrachos: “¡Ay, los que despertando por la mañana andan tras el licor; los que trasnochan, encandilados por el vino!”.

La consigna en esto, como en tantas cosas de la vida, está clara: hay que beber “a tiempo y con medida” Es lo que dicen las escrituras y corroboran los sabios griegos: nada en demasía, sino en su justo medio. Y que cada cual con su entendimiento fije el límite. Pero, en conclusión, debemos brindar con vino, que “recrea el corazón del hombre”, según el salmista, y más, decimos nosotros, en estos tiempos sombríos donde quizá nos aguarde una nueva arca de Noé, la UCI o algo peor. Pues al final, según Pablo de Tarso, tenemos que considerar que “todo lo que Dios ha creado es bueno”.

(Imagen: Hispanatolia.com)