Sábado, 31 de octubre de 2020

La acequia escondida

¿Por qué necesitamos hacer? ¿Por qué si no hago nada me siento inservible? ¿Qué significa servir o no servir? ¿Servir para qué? ¿Para trabajar en algo, para leer, para hacer ejercicio, para pensar? ¿Por qué no podemos dejar de hacernos estas preguntas una y otra vez, en especial, cuando la soledad y la quietud nos invaden? No ser capaz de simplemente estar, estar con uno. Estar como al sentarte en un banco con un amigo a ver caer el sol por el hilo que separa el mar del resto del mundo. Allí no hay más que silencio, no hay palabras, no hay pensamientos cruzando el filo de tu sombra, solo hay un horizonte que se va acurrucando poco a poco con una lentitud casi imperceptible. ¿Por qué somos capaces de disfrutar del silencio de los demás y no del nuestro? Ese silencio de un niño cuando se queda dormido en tus brazos, esa sensación de estar sosteniendo una vida totalmente transparente en tu regazo. O sostener la mano a alguien que llora, como una pluma, alguien que se hunde en tu clavícula con la fuerza de un océano chocando contra las rocas. El sonido es simplemente ese, la espuma de su llanto rompiéndose en tu esquina y recorriendo tus huecos. Ese silencio que surge en un bar lleno de ruido, cuando de repente, después del último sorbo alzas la vista y la persona que se sienta delante está invadiendote con sus ojos. No te invade con fuerza bruta, ni con osadía, te invade con dulzura, te abraza con la mirada llena de sueños y entonces el ruido del bar desaparece a tu alrededor. El tiempo se tensa, se hace eterno e infinito el espacio en una gota, y parece que solo hay un par de pupilas en el aire cantándote una canción que te atraviesa el alma. Ese flotar, cuando reposas tu cuerpo al lado de otro, en una cama, o en un jardín, o en una playa. Ese recostarse a ver el techo de nubes, o el cielo de lámaparas, sintiendo una presencia a tu lado que respira, que comparte las estrellas y las raíces. No hay más que un latir de vida a ritmos que de vez en cuando coinciden en un suspiro circular.

¿Por qué somos capaces de callar, de abrazar sin palabras, de sentir el alma deslizarse por el cuerpo con los otros, pero nos cuesta tanto encontrar un momento de pausa en nuestra propia soledad? ¿Por qué necesitamos hacer para “estar bien” ? ¿Por qué queremos ser a costa de apresurarnos en el tiempo, rellenar horas y minutos de acciones inconclusas, de pensamientos marcados por un reloj y de rutinas que parecen darnos una red y un flotador salvavidas de hojalata? ¿Por qué no nos escuchamos a nosotros mismos como escuchamos esa puesta de sol, ese llanto, esa respiración, ese latido de niño que sueña? No es porque no tengamos oídos, ojos, boca, cuerpo…No es porque el espíritu se nos apague en la soledad. No. Es porque somos egoístas y egocéntricos, ego. Porque necesitamos decirnos que somos fuertes, que podemos estar solos, que sabemos estar solos. Pero en el fondo, no sabemos estar solos, sino que hemos aprendido (y acudido) a poner un piloto automático, sabemos rezar al tiempo para que las horas pasen a contrarreloj. No sabemos estar solos, porque nos da miedo ser. Nos da miedo porque hay algo mucho más fuerte que nuestra mente, que nuestros pensamientos racionales y de autocontrol. Hay algo (alguien) mucho más fuerte y más poderoso, y ella, es la vida. Es la vida que nos está llamando, que nos está gritando. Que nos pide que paremos, que la veamos amanecer en silencio, que la acariciemos con los ojos en una tarde de primavera, que la celebremos en un impulso, que no la pensemos, que la vivamos de una vez. Que apartemos el libro de vez en cuando, nos quitemos los guantes, la máscara y la mascarilla, y nos sentemos simplemente para inhalar su fuerza. Para que nos respiremos a nosotros mismos, para sentirnos vivo por cada poro y cada costra.

Siéntete solo con tu propia vida. Acompañado por aquello que brota de lo más hondo sin ningún horario, sin ninguna meta. Acompañado de tu memoria de niño que descubre, que toca, que imagina, que ríe y llora al mismo tiempo. Acompañado de lo que crece como una enredadera y atraviesa cada espacio infinito de tu ser. Ese niño que te llama aullando, como en una selva llena de animales y colores, ese niño que te invita a darle la mano y a ser tú. A ser tú, contigo. A bailar con tus miedos, a llorar tus heridas, a lamer tus grietas, a volver al vientre de tu madre, a escuchar tus semillas resurgir del abismo y plantar alas en tus pulmones. Y volar, e irse a una playa desde el balcón, o correr por prados verdes interminables dentro de la cama, subirte al lomo de un caballo y escuchar la vida crujir entre los surcos. Ver el rostro labrado de tu abuelo sonriendo desde un mundo donde las canciones no tienen nombre y donde los teatros invitan a subir al escenario. Ser.  Solos. Sin estar solos. Porque en la soledad, todos tenemos agua manando de una acequia escondida que desde el cielo nos vuelve a nacer.

"Aquella eterna fonte está escondida,
que bien sé yo do tiene su manida,
aunque es de noche"
 San Juan de La Cruz