Diario de una pandemia (11)

MARTES 14: AQUÍ VIVE UN MÉDICO

Prudente y medido esta mañana en una entrevista radiofónica el compañero tinerfeño que hace su MIR de Medicina Familiar en Alcázar de San Juan y que, el otro día, al salir de su guardia, se encontró con una desagradable invitación a abandonar el edificio, estampada en su puerta por algún vecino confundido por el miedo. Jesús, que así se llama, seguro que difundió el atrevimiento solamente entre sus más cercanos, pero se “viralizó”, con perdón de la palabra tan inoportuna, y salieron a relucir algunos casos similares. Son pocos. ¿A quién no le gusta tener un vecino capaz de solucionar un problema de electricidad, o que conozca los entresijos de la calefacción y las tuberías, o que nos ayude con el coche en un apuro…? También es bueno tener médicos y enfermeros en el edificio, por supuesto. La entrevista a Jesús, ante todo, dejó claro que tu riesgo no aumenta por tener un vecino sanitario, ni cajero o reponedor de supermercado, ni guardia civil.

Escuchándole imaginé su puerta y a la vez esas tiendas de recuerdos en las que te venden azulejos de los que anuncian “Aquí vive un…”. Pensé entonces en las puertas de mis colegas, de los que ahora me apetece citar a algunos, como mi querida Laura, compañera de clase, de MIR y de guardias en Aliste, y mucho más. Cuántos kilómetros compartidos y conversaciones intensas, pacientes comentados, desahogos necesarios, incluso viajes Alcañices-Valladolid-Salamanca para defender la causa justa de los “áreas”… Carmen y su sonrisa inmensa, con la que dan ganas de desayunar después de cada guardia. Teresa que hoy cumple años y por la que siguen preguntándome, no me extraña, tantos pacientes con los que se volcó por completo. Mi Mercedes del alma, codo a codo (¡en cafetería!) durante los meses inolvidables cuando ya éramos licenciados e íbamos a convertirnos en residentes, con la que espero trabajar algún día. Henar y Paula, a las que conocí siendo estudiantes de Medicina, y quienes, con recorridos muy diferentes, ahora sé felices y me alegro por ellas. Raúl, que no renuncia a ninguna de las posibilidades del médico generalista y humanista y es bien capaz de desarrollarlas también como pediatra y como historiador. Rafa, ¡qué placer tenerlo de vuelta a mi lado, en la consulta contigua!, y el resto del “Equipo”, que ya tramamos una cena de reencuentro. Pedro, mi tutor en Parada del Molino, tan buen acompañante en el camino, y también mis tutores rurales en La Guareña, José Manuel y María, y el de mi verano mejicano, Juan Francisco. Pedro, unidos por lo cofradiero pero afines también en lo profesional, vocación de servicio en la que vivimos el Evangelio. Mi hermano Carlos (y Bárbara, su mujer), ¡familia de médicos! Él y yo hemos visto en casa a un médico que no tuvo que “vendernos el producto”. Sencillamente le veíamos feliz, sabíamos que su opción de vida, coherente y entregada, también podría seducirnos y nos esforzamos para poder elegirla. En todas esas casas vive un médico, como vivía en la que era (y es) nuestra. No vive un héroe, ni una persona con poderes especiales, ni un funcionario. Sólo un médico, que puede equivocarse en el diagnóstico, o en el tratamiento, o meter la pata con un vecino como han hecho con Jesús. Sólo un médico, que hace lo posible por averiguar qué les pasa a sus pacientes, aconseja lo que cree mejor para ellos y se sacrifica porque eso forma parte de su profesión.

 

MIÉRCOLES 15: SÍNTOMAS COMPATIBLES

Hace un mes, convertida ya Castilla y León en zona de transmisión comunitaria, empecé a declarar “Enfermedad por Coronavirus 2019” sin necesidad de confirmar el diagnóstico mediante prueba de laboratorio. Por sospecha clínica. Sé que todas estas declaraciones cuentan como caso en Castilla y León, como “contagiado” (entiendo que también se añaden al recuento nacional), pero desconozco el proceder de otras comunidades autónomas. Para hacerme una idea rápida de la manera en que cada una presenta sus cifras he hecho un recorrido por los diecisiete portales de salud o de sus gobiernos, en los que, suponía, informaban de sus datos específicos. Perdón, Ceuta y Melilla, por no visitaros esta vez. Pues bien, sólo una de las autonomías muestra en lugar visible tablas de fallecimientos de personas que vivían en residencias sociosanitarias y presentaban síntomas compatibles con enfermedad por coronavirus sin prueba de confirmación. Quizá alguna más conoce los datos (espero que todas), o puede que los expongan de forma discreta, en otro soporte, o no habré sido sido capaz de descubrirlo, pero únicamente se los he visto a Castilla y León, que no oculta que la cifra oficial comunicada por el Ministerio de Sanidad es, con plena seguridad, inferior a la real. No sé si será considerado un “bulo” según los cánones gubernamentales, obsesionados con ello, pero sí es una forma indudable de ocultar la verdad exacta, la de los ataúdes acumulados y el luto nacional que no guardamos. No todas esas personas tendrían coronavirus, desde luego, pero sí muchas. Además, alguna residencia no ha trasladado exactamente su realidad, ni exacta ni aproximadamente, lo cual merecería capítulo propio. Aun así, puede decirse que los datos leoneses y castellanos, terribles datos, se ajustan mucho mejor a lo que ciertamente está sucediendo a tenor de la cifra del exceso de mortalidad en 2020 respecto a 2019 y años anteriores. Cuando tantas vestiduras se rasgan por los bulos de determinados medios de comunicación o particulares, sobrecoge que, desde el Gobierno de España, aunque se escuden en protocolos internacionales, se estén ocultando esos muertos, nuestros muertos, como si fueran de segunda división.

Por otro lado, la fiabilidad de las pruebas es la que es: limitada. Al menos las usadas hasta ahora no ofrecen una sensibilidad suficiente como para implantar, de acuerdo con los resultados obtenidos, aquellas “medidas quirúrgicas” que hace semanas intentaban aplicar y explicar Illa y Simón. Me atrevo a decir que, de haber hecho muchas pruebas en su momento, habríamos atenuado el efecto del brote epidémico pero, ni mucho menos, lo habríamos controlado. La calidad escasa de las pruebas se habría compensado por la cantidad, sí, pero lejos de servir para dominar la situación. Siempre manda la clínica, y parecen más fiables otros hallazgos analíticos y radiológicos. Porque… cuántos pacientes con dos o más pruebas negativas están siendo tratados como si fueran enfermos por coronavirus, que seguramente lo son, y en muchos casos se han curado gracias a esa sospecha diagnóstica discutida desde el laboratorio. O no tenemos buenas pruebas (Gobierno de mando único, esto va por ti), o no las hacemos bien (peticionarios como yo, gestores de peticiones que seleccionan, tomadores de muestras, procesadores), o, lo que más me convence mientras no tenga datos sobre lo anterior, esto viene a demostrar la complejidad de la Medicina, que no responde a los parámetros de una ciencia sin más aunque a muchos científicos esto les rompa sus rígidos esquemas. A los médicos nos fastidia pero no nos desconcierta. Ya lo sabíamos.

 

JUEVES 16: VUELVE EL FÚTBOL

Pregunta Tezanos en su CIS sobre “la economía española, al margen del COVID19”. Es como si al pasar planta el médico espetara al enfermo un hiriente “¿cómo se encuentra usted de salud, al margen de su neumonía bilateral?”. Admitamos que en España se traga con esto y con más, con casi todo, pues, como dice mi amigo Blanco, “somos de equipos”, y si hay que hacer obras y ampliar las tragaderas, se amplían. Podía haber preguntado el sociólogo de cabecera de Moncloa, se supone que experto en lo suyo pero con carnet de partido, por un tema que preocupa mucho a los españoles: si vuelve el fútbol o no. Que Tebas diseñe protocolos sanitarios y busque fechas como loco para encajar jornadas y conservar los contratos televisivos jugando partidos a puerta cerrada no deja de tener su encanto. ¿Pasaría algo si estalla por fin esa burbuja y el fútbol queda reducido, otra vez, a un deporte para ir a verlo al campo, sin tanto protagonismo informativo, con salarios ajustados a la limitada capacitación de los jugadores? ¿Acaso es un bien de primera necesidad? Después del 2-3 del Atleti en Anfield, ¿para qué volver a jugar a alto nivel? Fue un desenlace ideal. Vale, sí, es una industria (y no tenemos tantas), un espectáculo de masas (con los riesgos que conlleva), significa el 1,37% del PIB (¡…!)… Pero déjenme soñar despierto en esa suerte de justicia poética: si la Unión ya no puede jugar, que no juegue nadie.

Lo que no sabe Tebas, ni su contrincante Rubiales, es que en nuestra casa, a la escala doméstica, mucho más fiel a las esencias balompédicas, ha vuelto el fútbol. Nuestro pasillo no mide 105x70, eso fueron reglamentaciones posteriores. Lo de cruzar la pelota de un lado a otro, buscando superar una línea defendida por el rival, es lo original y lo que entienden perfectamente Tomás y Elisa. Sus padres nos sumamos entusiastas, los vecinos no cantan los goles pero se los imaginarán, los cuadros de las paredes y el espejo no han sufrido ningún daño, los cubrerradiadores resisten bien los contragolpes, el rodapié acompaña los cambios de juego y los focos del techo parecen aliviados porque no probamos a hacer vaselinas. Admitimos ofertas de las plataformas para retransmitir los partidos…, ofertas que serán educadamente rechazadas antes de meterlas en la caja de reciclaje de papel. Porque aquí jugamos a horas decentes y no tenemos tontería encima. Elisa y Tomás se ríen al dar al balón, al hacer una parada, al meter un gol. Es el fútbol instintivo, el jugar a la pelota, lo que ocurre antes de que se emule lo bueno pero también lo accesorio. Es el divertimento desprovisto de malicia.  Algunos pensamos que de este viaje debemos salir mejores: ¿y el fútbol?, ¿volverá igual de exagerado?, ¿tan inflado como estaba?

 

VIERNES 17: ZAMORA

Los diecisietes de abril, desde 2008, son para mí el Día de Zamora. En El nombre de los días aventuré que aquello iba a ser “un trasvase personal, una casa nueva, una bata blanca, una buena idea". Ahora escribo esto, con el poso de ocho años y la identificación y la gratitud que guardo y salen a relucir:

Fuiste tú, vieja ciudad

vecina fiel de mi cuna,

cama de mi juventud,

testigo de mi verdad,

fin del tiempo de quietud,

todas mis vidas en una.

 

Fuiste tú, novia del Duero,

un noviazgo en la distancia,

una visita primera

prolongada en romancero

con versos de larga espera

y estrofas de corta estancia.

 

Fuiste tú, templo y museo,

Palabra en cruz y yacente,

un Pentecostés sin fin:

la alegría en la que creo,

que busco en San Antolín

y descubro en San Vicente.

 

Fuiste Concha y fuiste Yermo,

y Tránsito hacia el vivir,

pilares de confianza

que en la casa del enfermo,

en la siembra de esperanza,

me enseñaste a construir.

 

Fuiste Pedro y su consulta,

donde se escucha y se observa,

donde se palpa y se entiende,

donde el corazón se ausculta,

se consuela, se comprende,

y el secreto se reserva.

 

Fuiste vigilia en la urgencia,

horas duras de hospital

en las que la duda horada

la fe de la resistencia

sobre la historia cerrada

del diagnóstico final.

 

Fuiste la tierra que vio

cómo lloré al despedirme,

era la nostalgia tanta…

¡Figón, tres que sí y dos que no!

Si la niebla no levanta,

otra ronda antes de irme…

 

Fuiste y serás beso y flor

escondidos en mi casa

de la calle Villalpando.

Fuiste y serás el rumor

del buen recuerdo pasando

cuando es Zamora quien pasa.