Morir matando

Quien deba enfrentarse a una situación peligrosa puede adoptar dos posturas: o bien analizar concienzudamente ese peligro, teniendo previsto lo necesario para superar incluso las hipótesis más peligrosas; o, por el contrario, cerrar los ojos y seguir adelante, a la brava, sin reparar en daños y cueste lo que cueste. Si vale el símil taurino, el personaje que salta a la arena de la política, según la faena que desarrolle en el ruedo, puede optar a tres maneras de salir de la plaza: a hombros por la puerta grande, silbado y por la puerta de atrás o, si todo se tuerce, por la enfermería.

          Por el milagro de la puntual subvención, puede suceder que, en el coloquio posterior a la corrida o la crónica taurina subsiguiente, se intente ensalzar la labor del artista cargando todo el fracaso en la falta de casta del ganado, en lo impracticable del albero o en el desconocimiento del presidente. Todo antes de reconocer la desafortunada labor del matador.

          No hay cosa que más me canse que tener que criticar continuamente la acción de este gobierno. Políticos socialistas hemos tenido que, con mayor o menor acierto, han sido fieles a sus postulados iniciales, sin prostituir sus ideales, y siempre de acuerdo con los principios que consensuaron nuestra Constitución. De hecho, sin haber sido votante del PSOE, aún conservo grandes amigos de ese partido que me confiesan sentirse avergonzados -y ninguneados- con el derrotero que ha tomado su partido. Daría cualquier cosa por reconocer que estoy equivocado. La triste realidad me hace despertar cada día de ese sueño. Cada vez que aparece Pedro Sánchez en su particular edición monclovita del Aló Presidente, quien no le conociera podría pensar que estamos ante el cerebro caído del cielo para solucionar lo que otros inútiles se han encargado de estropear. ¿Cómo es posible que, ante solución tan sencilla, haya tenido que llegar el pasmo de la U.E. para deshacer todos los entuertos de las tres derechonas? Seamos serios. Pedro Sánchez tiene una cara que se la pisa. Ya no engaña a nadie del arco parlamentario español, ni a los más preparados de su partido -excepción, claro, de esa bancada sumisa a lo que señale el dedo del secretario para seguir en el pesebre. El resto de parlamentarios se dividen, a su vez, en dos grandes grupos: los que piensan de distinta forma, pero les interesa darle su apoyo a cambio de prebendas rayanas en la ilegalidad -o en la ética-, y los que están en el bando opuesto y, consecuentes con su postura y su deber, realizan labores de oposición y de control.

          Consumado el cambio de chaqueta, necesario para llegar a La Moncloa, llega el momento de gobernar. Cuando más felices se las juraba el doctor Sánchez, un inoportuno bichito ha venido a trastocar sus planes. Mejor dicho, a poner al descubierto sus vergüenzas. No saben gobernar. Una generalizada falta de profesionalidad -fruto de su escasa preparación técnica para temas específicos-, la carencia de asesores independientes con capacidad y experiencia suficiente, y los palmarios desencuentros entre los partidos coaligados, han colocado a España en el punto de mira de las críticas internacionales. De nada sirve la ingenua campaña de propaganda, intentando vender la teoría de que somos los más listos de la clase. Nos conocen lo suficiente para, sin muchos rodeos, decirnos que eso de pedir ayuda después de haber desoído las recomendaciones de procurar gastar menos de lo que se ingresa, ya no cuelan. En otros países, con nuestros mismos problemas, se han aplicado otras fórmulas que han dado mejores resultados. Y no me refiero sólo al tema del coronavirus, que también, sino a las medidas necesarias para contrarrestar la crisis económica que nos amenaza. En lugar de gastar tiempo y medios en organizar manifestaciones partidistas, otros países se ocuparon de la adquisición de material sanitario necesario para poner en marcha las medidas adecuadas. Otra vez la cigarra y la hormiga. Aquí, a remolque de los acontecimientos, se inventan medidas encaminadas más a la recolección de votos que a la solución de problemas. La función de gobierno se ha transformado en una continua campaña electoral. Se legisla cara a la galería, sin medir las consecuencias y, la mayoría de las veces, conscientes de que la carencia de fondos hará imposible que esas medidas puedan llegar a buen puerto. No importa. La machacona labor del aparato de propaganda y el altavoz de los medios apesebrados se encargan de convencer a posibles incautos. A pesar de la evidencia, tenemos que comulgar con las justificaciones que pretenden convertir en blanca una realidad tristemente negra. Llevamos un mes oyendo la misma cantinela. Se han adquirido no sé cuántas toneladas de material sanitario, pero siguen contagiándose ancianos, sanitarios, policías, militares, … ¡por falta de protección! ¿En qué quedamos? De la estadística diaria que facilita el Centro de Alertas y Emergencias, por más que todos deseemos ver la luz al final del túnel, la trágica realidad diaria del número de fallecidos nos aleja del mínimo optimismo. La única alegría palpable -el aumento del número de recuperados- necesitaría una puntualización. En esa cifra ¿se incluyen sólo los que previamente fueron diagnosticados como positivos, lo mismo que se hace con los fallecidos, o se contabilizan, sin más, todos los enfermos que reciben el alta?

          El descarado empeño de este gobierno en bordear los usos democráticos se ha visto frenado por la decidida oposición de la Mesa del Congreso. Vano empeño. A las primeras de cambio, nuestro osado presidente apremia a la oposición para que apoye sus decisiones, atendiendo al bien de la nación. Tiende la mano derecha para firmar la pipa de la paz, en forma de algo parecido al Pacto de Toledo, al mismo tiempo que, con la izquierda, manda a su portavoz para que se despache con un ataque barriobajero. Este hombre no cambiará nunca. Ha llegado a la política para morir matando. Nunca quiso pactar con los partidos que respetan la Constitución. Lo tiene tan claro que no ha dudado en aliarse con quienes llevan en su escudo el empeño de acabar con el régimen del 78. Para llegar a ese estado de cosas, el comunismo bolivariano que quiere imponer sus ideas necesita algo más que ruedas de prensa y mítines. Debe contar con la aquiescencia del otro sector de la izquierda ¿Estaremos hablando de una nueva corriente socialista “a la española”? Cualquier cosa se puede esperar del Cagancho que torea en La Moncloa.