Encendían hogueras en las barcas

   Los yamana, indígenas de Patagonia, encendían hogueras en sus barcas. Las barcas eran sus casas, pero bailaban o latían en el agua, igual que bailaba sin fin el fuego de sus hogueras. Estaban separados unos de otros pero veían que estaban vivos y las hogueras eran sus almas. Se llamaban con las hogueras.  

     Una casa se basa en un fuego, que siempre significa la vida. Hogar etimológicamente viene de fuego, el hogar en principio era un fuego en mitad de un recinto. A su alrededor se encontraban los familiares resguardados, se contaban sus leyendas, notaba cada uno que seguía vivo y que el otro seguía vivo. Yo lo sé muy bien, crecí en una aldea en Galicia cuyo centro era la “lareira”, un fuego central sobre el cual se tendían los calderos y nuestras miradas.  Ahora como nunca hay que sentir “La casa encendida”, como decía el gran poeta Luis Rosales, o encenderla si está apagada.  Sentir como el poeta sueco Gunnar Ekelof: “Las casas conservan su calor bajo superficies vestidas de gris”.  Llenar de aliento cada casa. Encender una hoguera en cada cuarto.

    Y cada persona en este encierro o refugio es como una caracola con un fuego en lo más oculto. Puede parecer que no tenemos nada, que nos aburrimos y aburrimos a los demás, pero si algo nos presiona o nos dramatiza vemos que escondemos en nuestros laberintos voces marinas lejanas, leyendas profundas, aventuras remotas y vivas. 

     En cada uno arde una vida incalculable, la literatura la multiplica, también la visión y la urgencia.  La Sherezade de “Las mil y una noches” obtuvo la vida porque era la vida misma, encendía el palacio y vivificaba al califa.  Pero en el fondo todos somos Sherezade y latimos llenos de vida. Se esconden más de mil y una noches en cada uno.  Tenemos que sentir con las manos todo lo que albergamos.

ANTONIO COSTA GÓMEZ, ESCRITOR     FOTO: CONSUELO DE ARCO