"El obispo", un relato de Chejov para este Domingo de Resurrección.

Esta Semana Santa no han tenido lugar las liturgias ni los ritos propios de la semana en la que  todo el mundo católico  celebra la Pasión, muerte y Resurrección de Cristo.

Sin embargo, millones de personas, creyentes y no creyentes, hemos podido sentir a lo largo de esta inolvidable Semana Santa, los sentimientos humanos que subyacen al relato evangélico: el sufrimiento, la cercana presencia de la muerte, el abandono, y la esperanza en la Resurrección, han estado presentes, con intensidad, en las almas de muchos ciudadanos de todo el mundo.

“El obispo” es un corto relato de Anton Chejov, publicado en 1902, sobre un Obispo que durante las ceremonias religiosas de la Semana Santa va sintiendo progresivamente un creciente malestar físico, que intenta dominar para no faltar a sus deberes de Autoridad eclesiástica. Durante la celebración del Jueves Santo cree ver a su madre, entre la multitud de fieles que llenan la iglesia, pero su estado febril y sus dolores corporales le hacen dudar de si no está teniendo alucinaciones. El sábado un médico le diagnostica fiebres tifoideas; demasiado tarde. Después de una hemorragia intestinal la noche del sábado el obispo muere, rodeado de su madre, de una sobrina y de algunos monjes del Monasterio donde reside.

Chejov se mete dentro de este obispo agonizante y describe los monólogos, angustias y alegrías tardías que siente este buen obispo, que parece entrever ya en la puerta de la despedida de este mundo la luz y la Vida del Domingo de Resurrección. En los últimos momentos de vida del obispo, Chejov escribe:

Ya no podía articular una palabra ni entender lo que estaba pasando, y se imaginaba a sí mismo como una persona sencilla y común, caminando a paso ligero, alegre y feliz por los campos, con su bastón, con el cielo sobre su cabeza, inundado de la luz del sol. ¡Ahora era libre como un pájaro y podía ir donde quisiera!

El autor finaliza la historia, describiendo el domingo de Resurrección soleado, con el cielo azul ilimitado, las tórtolas y las abubillas cantando, los prados tejidos de flores multicolores, mientras los fieles se dirigen a la Iglesia a la liturgia de la Resurrección.

¡Qué fácil ha sido para el lector vivir estos días la enfermedad ( si no en él en alguien conocido o próximo), imaginar la muerte de algún anciano de los miles fallecidos en alguna residencia, sentir la esperanza en otra vida, más allá, o aquí para los que seguimos viviendo! 

 Cercano ya el abandono paulatino  del pesaroso retiro impuesto por la pandemia y con la esperanza decisiva de que aprendamos numerosas lecciones de qué tenemos que hacer, cómo debemos llevar nuestras vidas para que no se repita esta situación terrible de que la enfermedad, la pobreza y las tensiones se apoderen de nuestro mundo, dirijamos la mirada ( como ese obispo chejoviano) a la belleza de la naturaleza  que nos rodea, y a la belleza  de las especies que nos acompañan, para sentir que aún somos dignos de vivir con la paz y la alegría suficiente.

Como ese obispo paseando, libre, entre los campos, resucitado, después de haber sufrido tantos miedos y tensiones.

 

 

 

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