Jueves, 13 de agosto de 2020

Naderías

De las mil y una bofetadas, sorpresas, decepciones y estupores que esta extraña situación vital nos provoca cada día, quizá una de las más notorias, y penosas, sea la labor de transparencia y denuncia que este mundo raro está realizando sobre demasiadas certezas artísticas, demasiados títulos artificiales, capacidades supuestas, nombres de campanillas de hojalata y talentos comprados y manufacturados, antes alegremente aceptados sin cuestionamiento y hoy enfrentados a su propia estatura y valía que solo en contadas ocasiones, ahora lo sabemos, merece la pena.

“No te muevas tanto para hacerte visible, porque quizá tu mejor valor radique en tu invisibilidad” –dice el sabio-. Salvando las honrosas excepciones que lo merecen, puede intuirse que, tal vez atendiendo el viejo adagio de que el artista que se precie debe ser rupturista y “heraldo”, algunos pseudoartistas, empeñados en ser diferentes y ser únicos, nos han dejado a los demás arrinconados en la condición de seguidores para alzarse ellos/as como guías artísticos, orientadores y consejeros/as. Podría hablarse, por ejemplo, de la decepción que causa tanto “educador”, “intelectual” y, otra vez, “artista” (las comillas, aquí más que nunca), nombres más o menos conocidos, o en absoluto, que en las redes sociales, amparados por esa capa de la “buena intención” que parece hoy absolver toda cosa y cualquier dislate, se apuntan supuestas capacidades de especial lucidez , particulares y excelsos dones artísticos o cualidades pedagógicas superlativas, que les impelen al deber de orientarnos, a la misión de formarnos, a casi la obligación de entretenernos y hasta el apostolado de dirigirnos en la forma de cómo y con qué ánimo, con qué frase, qué libro, qué paisaje o con qué conseja hemos de soportar la cuarentena nosotros, pobres desorientados ignorantes y perdidos, sin que a ellos les importe, o no sepan ver, que sus aportaciones, fotos, videos, ocurrencias, homilías, clases, “reflexiones”, dibujos o comentarios provoquen, en la mayoría de las ocasiones, un notable sentimiento de vergüenza ajena y bochorno, además de una incontenible lástima por la repetida constatación, en este tiempo más dolorosa si cabe, de la carencia de autocrítica que sigue volando incontenible estos días de artificial buenismo (capítulo aparte merecería el análisis de la aberración educativa provocada cuando esas ocurrencias, ese ‘porque yo lo valgo’, ese mesianismo infantiloide de confundir oficio y capacidad, son impuestas online a un alumnado obligatoriamente abocado a soportar, aguantar, comentar, analizar, resumir o describir, y además examinarse, de la última parida del último visionario en nómina docente, bajo pena de suspenso, repetición, admonición, insuficiencia o, ¡ay!, magnánimo perdón).

En el mundo del arte, como en el de la enseñanza, la formación y hasta la educación, la superabundancia de “rupturas”,  visionarios y ocurrentes, hace escasear la materia prima de lo que hay que romper, ver, mirar y pensar. Los artistas escasean, los auténticos enseñantes, también y, por lo tanto, las obras artísticas y el talento educador son escasos. De la misma manera que escasea la caza ante la abundancia de cazadores, hay que preservar el Arte y la Enseñanza para que sean auténticos y no una intragable papilla de ocurrencias, egos y altiveces incontestables. Maestrillos de medio pelo con su librillo y su pedestalito. El arte está cansado de rupturas y de chuleadores. Los alumnos, hartos de dictadores en el aula. Hoy, todos en una pantalla, pero con los mismos tics. Hay que esperar de la vida que se decida a suturar tanta ruptura.

A uno mismo podría acusársele de algo similar, aunque uno intenta, tal vez en vano, no sembrar doctrina, pronunciar sermón ni hacer escuela de sus opiniones. Menos, romper. Podría argüirse también que no hay ninguna necesidad de ver, oir, compartir o siquiera tener en cuenta a semejantes illuminati, pero la extensión de las materias con las que taponan la cabal apreciación de lo que tal vez sí merecería la pena, la obligatoriedad de millones de escolares de acatar lo inacatable, está consiguiendo que mucha gente confunda el gran Arte con el artisteo y por extensión la cultura con el mero entretenimiento. Y la enseñanza, otra vez, en el porque-yo-lo-digo. Sí, esta discusión estaba ya abierta antes de las cuatro paredes, pero es la sobreabundancia, la asfixia y la hartura las que, inevitablemente, hacen que el plato de la balanza se incline hoy más que nunca hacia la nadería.