Diario de una pandemia (10)

 

SÁBADO 11 – SÁBADO SANTO

Mis rutinas de este día se alejaban bastante, hasta hoy, de lo que se espera de unas horas privilegiadas para hacer silencio. Tenía dos opciones: o estar en la Vera Cruz participando en el desmontaje de los pasos del Entierro y el montaje de los de Resurrección antes de la Vigilia nocturna, que es lo que tiene ser miembro de una cofradía continuadora de los dos actos centrales y más antiguos de la Semana Santa salmantina, o estar en mi centro de salud, como era el plan original esta vez, porque la mejor manera de asegurarme procesionar Viernes y Domingo es asumir la guardia de hoy, que suele ser entretenida al haberse repoblado por unos días la comarca. Sin embargo, descanso. Lo necesitaba, es verdad, David. Ya eran tres semanas sin parón más que el consecutivo a la guardia y, por lo tanto, sonando el despertador cada mañana. Como si continuara siendo médico de área en mala racha… (en mi centro sería simplemente mala racha, en muchos otros se debe a un calendario abusivo impuesto).

Vuelvo al silencio de hoy, que atraviesa la muerte con tres clavos de paradójica vida, con sus heridas tiernas y sus prisas al sepultar. ¿Cómo no pensar, entonces, en todos los duelos que se afrontan ahora condicionados por la ausencia de despedida, la distancia insalvable y la soledad agrandada por una más que discutible rigidez normativa? No aumentaría el riesgo sanitario si las familias pudieran acudir y abrazarse en ese instante, y bien podría reducirse el daño posterior de un duelo complicado. Cuando se trata de atravesar la muerte de un ser querido, apoyados en la fe, o en la duda, en la esperanza o en los amigos, en el último adiós o en la necesidad de estar allí, no pocas veces pienso en mi primer contacto directo con un duelo que no era mío pero me tocó dentro. Lo viví con él, con Don José Mariscal, cuya muerte ha sido mi noticia de esta mañana. Era julio de 1991: dos meses después de mi primera comunión de sus manos, unos días antes de irme de campamento a la montaña palentina. Al terminar la procesión del Carmen, donde a mis ocho años participé como acólito por primera vez, Don José nos dijo a Pedro y a mí que, si queríamos, al día siguiente le acompañáramos en un funeral.

Había muerto Miguel, el de la tienda de electrodomésticos. Lo velaban en casa, en la plaza Marqués de Santillana, cerca del teatro Sarabia. Revestidos con el alba en la sacristía de esa joya románica que es Santa María del Camino, caminamos con Don José, ataviado con la capa pluvial morada pese al intenso calor, hasta la casa de Miguel, donde lo velaban, y luego de regreso a la iglesia para la misa de exequias. Después de terminar nos dijo que no hacía falta que fuéramos hasta el cementerio, siempre nos lo dijo luego en otros funerales. Volví a casa con cien pesetas de propina, cuatro veces más que un domingo; sin embargo, era otro el rendimiento de aquella experiencia vital. Nunca llegué a conocer el cementerio de Carrión de los Condes, pero ya había accedido al recinto sobrecogedor de la muerte en ese pasillo de entrada a la casa de Miguel, a su féretro, a las lágrimas de sus familiares. Mi párroco y vecino Don José, anfitrión de peregrinos y maestro de monaguillos, que en 2009 nos guiaría a los cofrades azules en nuestra visita a la Catedral de Palencia, me había puesto en suerte para tocar la muerte con los dedos de mi corazón de ocho años. No hice otra cosa que sostenerle el libro litúrgico o el acetre con el agua bendita, pero algo debió ocurrir para que casi treinta años después recuerde aquellos minutos con esta nitidez. Doy gracias por Don José y rezo por su descanso, que habrá procurado la Madre, la que junto a él aprendí a invocar como Santa María del Camino y de las Victorias.

 

DOMINGO 12 – DOMINGO DE RESURRECCIÓN

Desde hace veinticinco años ya no me siento triste en la tarde del Domingo de Pascua. Antes sí, me costaba asumir que todo terminaba al mirar de espaldas por última vez al Resucitado, que avanzaba por la Rúa Mayor y me dejaba con el sabor agridulce de haber visto el paso más importante, sí, el que daba sentido a todos los anteriores, también, pero… ¡el último! Por delante, un año para dibujar planos de ciudades inventadas en los que plasmar itinerarios de fantasiosas procesiones de cofradías imaginarias y pasos esculpidos en mis sueños semanasanteros. Había mucho de verdad en aquellas creaciones infantiles. Luego ya no era tristeza, apenas nostalgia curable. Porque pronto supe reconocer esa tarde como descanso de un esfuerzo, centro de una vivencia continuada y principio de una fiesta por descubrir y a la que invitar. Cuando todo parece haber terminado, en realidad está arrancando. Y no porque sea “Semana Santa todo el año”, que no lo es en sentido literal, aunque me gusta interpretar en positivo algunos usos de esta expresión, a la vez que lamento otros abusos de esta pasión que nos arriesgamos a presentar como afición o pasatiempo. Todo arranca, decía, porque retornar al Resucitado a la intimidad de su capilla significa que ya ha salido, que ya se ha adelantado rumbo a tanta Galilea donde reencontrarnos, que ya se ha dejado ver por los suyos (¡por nosotros!), que ya se ha anunciado su victoria pascual como escuchábamos en una secuencia no por repetida menos cierta. Pasados tantos años sin recitarla, no me resisto a traerla como una evocación: “El amor y la muerte han combatido, y la muerte al amor no le ha podido”. Que este año no haya salido a la calle, que no hayamos repartido flores a los espectadores de la procesión, que los cofrades más pequeños de todas las hermandades no hayan podido hacer sonar sus campanillas, que los charros no hayan danzado ante la Cruz, el Sepulcro vacío, el Cristo y la Virgen, que hayamos guardado para mejor ocasión tantos detalles propios de esta mañana resplandeciente, no cambia lo fundamental. ¡Ha habido Encuentro! ¡Es Pascua! Así nos lo hemos felicitado unos a otros. El combate sucedió y ganó el amor.

 

LUNES 13 – LUNES DE PASCUA, ¡PASCUA FLORIDA!

Un mes de diario ya, después de años sin escribirlo; al menos con la regularidad de un diario al uso, más allá de algunas notas sueltas y temáticas. Un mes de diario para ser publicado, que no es lo mismo que tenerlo a buen recaudo en el tercer cajón, si bien queda claro que, por entre las rendijas de mi teclado, hay hueco de sobra para evadirse. Sólo los más gruesos secretos quedan de este lado, pero se les nota con ganas de adelgazar. Difícil lo tendrían en algunas mesas bien servidas de torrijas cuando tocaba, de jaleados bollos maternos, de rosquillas de Dori que sabían a gloria, y pronto de hornazos, que ya estamos en tiempo.  Ni los rodillos más certeros ni subir muchos pisos por la vía dolorosa y fatigosa de la escalera podrían aplanar esos vientres venidos arriba, y al frente, con el confinamiento.

También lo notan las palomas, que en bandadas completas copan ahora el asfalto de las carreteras próximas a las ciudades, buscando un alimento que ya no abunda en los parques. Y los corzos y jabalíes, más confiados para asomarse allí donde antes eran menos habituales. Lo notamos todos, a la vez prisioneros y asilvestrados, responsables y desconcertados, concienciados y confundidos, dispuestos y contrariados, esperanzados y temerosos. Menos mal que nos queda el estallido de la vida, que rompe la tiniebla al salir a la luz, como el sobrino de Arturo, como la hija de Irene… Menos mal que hay quien se atreve a salir del escondite y conseguir algo de alimento, porque, aunque le cueste creer de entrada lo que otros le dicen, gracias a él los heridos de temor no se convierten en muertos de hambre. El llamado Mellizo, impulsivo y fiel como pocos, es el encargado de salir sin vulnerar el apostólico estado de alarma. No termina Tomás de fiarse del testimonio ajeno pero acaba creyendo la manifestación alegre, sencilla y sincera de las balconeras diocesanas salmantinas: ¿Resucitó? ¡Claro que resucitó!

A falta de tierna llaga

para meter allí el dedo,

y en lo que llega de nuevo

el que tiene por Señor,

Tomás, el de la fe en llamas,

el de las dudas humanas,

se ha fijado en un balcón.

Un balcón de Salamanca

que es grito de la esperanza,

que es remedio contra el miedo,

que es la paz que todo calma,

que es aleluya y festejo,

que es antesala del Cielo,

que es Luz invicta del sol:

“¡Resucitó!”, el Nazareno;

“¡Resucitó!”, nuestra Pascua;

“¡Resucitó!”, la Palabra

definitiva de Dios.