Diario de una pandemia (9)

MARTES 7 – MARTES SANTO

Las sibilancias se oían desde la puerta de la casa. Prácticamente ya las escuchábamos Elba y yo al bajar de la ambulancia, cuando empezamos a protegernos con la bata impermeable en su versión bolsa de basura, doble guante, mascarilla ffp2 y pantalla ocular. Incluso las había percibido por teléfono la compañera del centro coordinador de urgencias que me pasó el aviso. A mi paciente de ayer la veía a duras penas tras mis gafas empañadas pero procuré mirarla a los ojos al decirle algo que en los tiempos que corren se recibe como una pésima noticia: “Conviene trasladarla al hospital”. El miedo a volver peor que uno fue, o a no volver, eclipsa la realidad de que hay muchas curaciones tras ingresos necesarios, con intención de sanar, de superar esta infección. Lo paliativo tiene su indicación, pero ni mucho menos en la mayoría de los casos que podamos encontrarnos en residencias o en domicilios. Paliar lo curable no es Medicina y la saturación (hipotética, confío en que no real) del sistema sanitario no justifica una mala praxis que, no lo olvidemos, puede perseguir la Ley.

Médico con vocación generalista (y rural) desde siempre, que jamás consideré ninguna otra manera de ejercer la Medicina, por lo tanto no sospechoso de hospitalista, leo estos días que se plantea la eterna disyuntiva hospitales vs centros de salud. ¿Por qué no ambos? Se dirá, porque no hay médicos suficientes para conservar ambas estructuras en algunas zonas determinadas, y por eso se ocupa personal de Primaria en los llamados hospitales de campaña (vg. IFEMA), pero a la vez habría que saber si los médicos que trabajamos en los centros de salud estamos teniendo la capacidad de atender adecuadamente a los tres tipos de pacientes básicos: los que refieren un problema de salud (el que sea) aplazable o solucionable sin consulta presencial, los que precisan una exploración y/o sucesivas en el centro de salud o en su domicilio, y los que, una vez explorados o evaluados por teléfono, hemos de remitir al hospital. Es ideal que la consulta no presencial la gestione el propio médico de cabecera; lo ideal pero no lo imprescindible hoy. Sin embargo, sí parece prioritario ver a todos aquellos pacientes en los que se detecte un cierto riesgo, un empeoramiento o una mejoría insuficiente, y en varios de esos casos, que haya un recurso hospitalario al que remitirlos. ¿No podrían pasarnos agendas de médicos de atención primaria con demora de días, que los hay, a los que estamos atendiendo a todos los pacientes apenas unos minutos después de solicitar su cita o incluso recibiendo directamente sus llamadas? Castilla y León es muy extensa y bien podríamos unos centros de salud ayudar a otros en lo no presencial, para descargar de ello a los compañeros que tienen menos tiempo de ir a visitar a sus pacientes, que también viven en residencias, porque los ruidos respiratorios no se suelen escuchar por teléfono salvo excepciones. Hace falta poner el fonendoscopio en el lugar adecuado y mirarles a los ojos aunque tengas las gafas empañadas por respirar detrás de la mascarilla. Quizá entonces se remitiría a menos pacientes al hospital, de hacerlo se haría más precozmente, con esto podría haber menos ingresos, y estos ser de menos duración. Salvo que sigan proliferando los indeseables que irrumpen aún en las comarcas con menos casos, la situación se nos complique y dejemos de poder ayudar, que el grado de insolidaridad de algunos escala a cotas terriblemente altas.

Son especulaciones mías que poco, ¡nada!, importan ya ante hechos como la muerte de Agustín Acera, el padre de mi amigo Juanjo. Cuántos goles habremos cantado a la vez desde que aquel modesto equipo, el nuestro, allá por el otoño de 2014, empezó a homenajear a la añorada Unión sobre la arena de La Sindical. Siempre fiel a ese espíritu luchador del fútbol popular, se lo ha llevado el coronavirus. Descansa en Paz, Agustín, unionista del alma. Fue ayer, el mismo día en el que se iba Radomir Antic, arquitecto del doblete del 96, cuando el Atlético de Madrid trazaba sobre el campo de juego las líneas más perfectas que se recuerdan. Un “bratzo” hasta el Cielo, Rado.

 

JUEVES 9 – JUEVES SANTO

De cualquier manera, no habría parado en Zamora al salir de la guardia. Llovía a la hora de esperar a la Esperanza, recién salida de Cabañales, allí donde alguna vez la he aguardado, en esta orilla meridional del Duero, Padre Duero que cruzo cada día camino de Aliste y de regreso a casa. Llovía por no llorar, por no nublar los ojos en lágrimas. Preferí circunvalar como siempre, rodear la ciudad hasta perderla de vista antes de reencontrarla. Algo así estamos haciendo, inmersos en una travesía incierta que nos lleva por lugares desconocidos: ponemos a prueba nuestra esperanza, nuestra capacidad para soportar ausencias, nuestra resistencia al empuje de la amenaza. Sería un Getsemaní oscuro este Jueves Santo si no fuera porque el ángel confortador sigue viniendo en nuevas formas de comunicación cuando cuestan las convencionales, o en sorprendentes giros cuando la rutina de todos los días iguales enfría, separa y endurece la ternura. Confinados imaginamos pero también hacemos y dejamos hacer, paramos y reanudamos, miramos mejor y terminamos viendo. Hay Luz a la salida pero también durante el camino.

 

VIERNES 10 – VIERNES SANTO

Puntos suspensivos cuando no encuentras palabras y te responde una cruz, cada cruz, encarnación de la Cruz. “Es que esto…”. Anoche daba las gracias a mi buen amigo Dani por las meditaciones diarias que nos propone VocesSJ y le pedía que, en su velar de estas horas pasadas, añadiera un nombre. Lo puso al final de una lista y era el undécimo. Diez con cruz. Todos del mismo día. “Es que esto…”. Nombres propios: Juan, Dámaso, Heliodoro, Ferrán, Luis, Julián, Melecio, Pepe, Andrés, Carlos… y María Méndez Román, la que me traía sus deliciosas pastas a la consulta, “para que te tomes una entre paciente y paciente”. La paciente era ella en el aviso que conté por aquí el día primero de este abril tan inolvidable. Me dieron la noticia primero Rocío, desde Nuez, y luego Mayte, desde Toledo, pues bien sabían que era para mí una paciente querida, entrañable, con cruz al lado de su nombre. Porque la cruz nunca es anónima sino que nos recibe en nuestro ser, nos identifica, nos hace sentirnos lo que somos: elegidos, llamados, salvados.

Pensaba en la Cruz conduciendo esta mañana hasta Alcañices, acompañado primero por las cinco últimas estaciones del viacrucis de Cope, luego por Carlos Herrera y al final, durante veinte kilómetros de niebla alistana, por La Cruz Divina y Descensus Christi, deliciosas marchas dedicadas a mi Cofradía. Por segunda vez en mi vida, y ojalá sea la última, de guardia en Viernes Santo. La primera fue en 2013, en Plasencia. Entonces, recién especializado, había médicos parados (sí, los que ahora faltan), y no se podía renunciar a contratos de un día. Fue una tarde complicada para la Vera Cruz: creo recordar que había ciertas novedades en la organización de horarios y recorridos, la lluvia alteró los planes, se estrenaba la nueva junta directiva presidida por Antonio… Estuve muy pendiente, incluso ansioso, pidiendo a Marieli que se asomara a cada momento para ver si despejaba, confiando en que la Cofradía esquivara la lluvia, actualizando a cada instante los twitter semanasanteros como si esperara un gol de mi equipo, porque deseaba simplemente que el testimonio dado por mis hermanos pudiera expresarse. Aquel día, ellos lo estaban dando por mí en Salamanca, y yo por ellos en Plasencia. Hoy será diferente pero permanece la necesidad de anunciar la Cruz, en la intimidad de la casa y en el servicio a los enfermos que Él mismo sostiene. “Es que esto…”: ¡la Cruz!

La Cruz, sí, la Cruz. Cuántas veces la he mirado y he visto en ella clavadas las ocasiones en que la niego, en que la rehúyo, en que la traiciono, en que la suelto…, y cuántas otras, mirarla me ha servido para proclamarla como Verdad, para volver al Camino, para saberla Vida de mi vida. La Cruz reina en silencio y no sé si abundar en palabras añade algo a su elocuencia callada, pero al mirarla las manos me piden teclear el destello que he creído ver allí donde se cruzan Dios y el hombre, en el punto exacto del amor extremo: Jerusalén, año 33, a las 3; Alcañices-Salamanca-las UCIs-las residencias-las casas cuya puerta derriban los bomberos para rescatar cadáveres, año 2020, a todas horas.

La Cruz de lo que ahora han dado en llamar “primera línea” pero que es la Medicina y la Enfermería de siempre, de cada día, de cada Viernes Santo, cuando te acercas a la cama del enfermo, le coges la mano y le miras con el propósito de ayudarle, como hizo Cristo siempre y con todos. La Cruz de las incertidumbres, del trabajo que se esfuma, de los planes cultivados durante años que peligran, de la debilidad que habíamos olvidado… Así debieron sentirlo la Madre, Juan y las mujeres al verlo expirar. La Cruz de las divisiones y trifulcas políticas, de la incoherencia de pedir pactos y a la vez hostigar a aquel de quien demandas lealtad pero impides que controle o critique tu gestión, de la prepotencia de no admitir errores porque eso resta votos y es más fácil ensayar un consuelo de tontos recurriendo al mal de muchos… Eso ya ocurrió cuando el único pacto que alcanzaron los poderes políticos y religiosos fue que convenía la muerte del Inocente. En la hora de los acuerdos, de ceder todos para salir adelante juntos, nos lastra la Cruz de los antagonismos y las viejas recetas, como si el capitalismo y el comunismo no se hubieran revelado fracasados, como si no hubiera vida entre liberalismo y socialismo. Y claro que la hay, vida inteligente: la defensa de la libertad y la igualdad con un estilo más justo y más humano. Se llama Evangelio y se enseña en la escuela de la Cruz. A mí me cuesta mucho aprenderlo pero sé que quiero estudiarlo, que debo aprobarlo y que, gracias a Dios, puedo vivirlo.