Sábado, 28 de noviembre de 2020

Solidaridad de proximidad

Pues aquí seguimos confinados, que como indica la Real Academia de la Lengua, significa estar condenado a vivir en una residencia obligatoria. Obligatoria sí, por Real Decreto, aunque nos digan, incluso aunque nos digamos, que lo asumidos de manera voluntaria, por responsabilidad, que siempre consuela.

La presencia de esta pandemia en todos los ámbitos de nuestra vida cotidiana comienza a resultar ya fastidiosa y aplastante, quizás sólo hable por mí, porque es prácticamente imposible desconectar. ¿Recuerdan lo que sucedió hace algunos años, cuando la crisis fue económica y la estrella omnipresente la prima de riesgo? Pues en esta ocasión el protagonismo es para una curva que hay que aplanar como sea y para lograrlo durante estas semanas estamos aprendiendo tanto sobre medidas de higiene sanitaria, prevención de riego, uso de guantes y mascarillas, fabricación de pantallas protectoras, tipos de respiradores, organización de urgencias, etc.; que cuando esto termine, tal vez nos convaliden un curso especializado en emergencias sanitarias.

Prensa, radio, televisión, redes sociales, tertulias, informativos, charlas y entrevistas a especialistas de todo tipo, siempre manteniendo la distancia de seguridad, nada escapa al puñetero virus. Recomendaciones, consejos, noticias, malas, buenas y regulares, mentiras, verdades y medias mentiras, datos, porcentajes, comparativas, tendencias, proyecciones, imágenes y videos interesantes, otros intrascendentes o incluso cutres; todo está contaminado por el COVID-19, que no sé si está emparentado o no con la prima del tal riesgo. Y todo ello entre el machaqueo constante de frases como “yo me quedo en casa”, “por ti y por todos”, “esto pasará”, etc.; y las que resultan más curiosas… “juntos lo conseguiremos”, “lo paramos juntos”, “juntos venceremos” ¡Pero hombre que hay que respetar la distancia de seguridad, por Dios!

El caso es que a medida que transcurren las semana, ya lo comente en mi colaboración anterior, ciertas cuestiones hasta la fecha incorpóreas, se van visibilizando. Una es nuestro manifiesto, una vez más, eurocentrismo dividido al que va íntimamente unida nuestra solidaridad de proximidad.

¿Alguno de ustedes sabe qué está sucediendo en India, en Indonesia o Pakistán? ¿Alguno de ustedes tiene datos de lo que está sucediendo en Nigeria, Etiopía o Egipto, los países más poblados del continente africano? ¿Alguno de ustedes conoce la situación que se está viviendo en los campos de refugiados o inmigrantes ubicados en la isla griega de Lesbos o en Turquía, donde cada día millones de personas se ven obligados a convivir hacinados en tiendas de campaña para 10 o 12 y a elegir si se lavan las manos o beben porque la ración de agua es escasa? A finales del pasado mes, Jan Egeland, Secretario General del Consejo Noruego para los Refugiados advertía mediante un comunicado: “Millones de personas afectadas por conflictos viven en campos atestados en unas condiciones de falta de higiene y sanidad desesperadas. Cuando el virus alcance los asentamientos en Irán, Bangladés, Afganistán y Grecia, las consecuencias serán devastadoras”. Les aconsejo leer todo el artículo que fue publicado en El País el pasado 20 de marzo[1].

Frente a esta casi total desinformación sobre estos temas lejanos, justificada por nuestro casi total desinterés en ellos (¡bastante tenemos con lo nuestro!), seguro que todos sabemos cómo se llama el cura que dio la misa en el tejado de la iglesia en el municipio cacereños de Arroyo de la Luz. Todos hemos visto las múltiples “gracietas” de insensatos que salen a la calle contraviniendo las órdenes dadas, pues órdenes son y no recomendaciones; y también las que muchos hacemos en casa para matar el tiempo. Todos sabemos que la fauna salvaje está recuperando pueblos y ciudades, y que por primera vez en muchos años los niveles de polución en Madrid o París han disminuido de forma increíble.

Aplaudimos y bailamos en los balcones y ventanas para felicitar a los que NOS cuidan, a nosotros no a otros. Se proponen homenajes, cuando esto pase claro, a NUESTRAS víctimas del virus, a los que fallecieron en soledad y puestos… ¿por qué no a los de la gripe de cada año o a los que mueren de hambre cada día por el mundo? Se cuelgan en las redes canciones compuestas por NUESTROS artistas para aliviar NUESTRA situación en estos momentos duros (por cierto, a mí el Resistiré se me está haciendo ya un poco cargante). Y mientras, los países del norte de Europa ponen pegas para ayudar a los países del sur, al NUESTRO entre ellos, porque parece ser que en tiempos de bonanza hemos sido irresponsables manejando NUESTRAS economías, y algunos grupos de la oposición en NUESTRO país quieren apropiarse de la víctimas del virus como antes lo quisieron hacer de los asesinados por el terrorismo de cualquier tipo.

Pues eso, que estamos viviendo la que pudiera ser la crisis más importante de toda NUESTRA historia y de todo el mundo, y para combatirla sólo se nos ocurre ejercer nuestro eurocentrismo dividido y nuestra solidaridad de proximidad, una proximidad que ni tan siquiera llega a los banquillos de enfrente en el Congreso y mucho menos hasta eso que llamamos la Comunidad Europea.

Admito que todo esto que escribo pudiera ser fruto de un prolongado aislamiento forzoso mal llevado, un desahogo y no tenga razón en nada. En fin, un anónimo que leí, entre miles de wasap sobre el coronavirus que nos asfixian, decía: la única vez que se debe mirar hacia atrás en la vida, es para ver lo lejos que hemos llegado. Pues ojalá pronto dejemos todo esto lejos y sobretodo ojalá que entonces hayamos aprendido algo de provecho y no sólo la letra de Resistiré.