Jueves, 13 de agosto de 2020

El fin del mundo se aplaza, de momento

 

 

 

No es el fin del mundo. Pero es el fin de un mundo.

(Manuel Castells. La Vanguardia)

 

Decía hace unas semanas, en "El año de la rata",  que la situación actual  reaviva viejas pesadillas. Evocaba entonces los terrores de la peste medieval, que se originó en China y vino a Occidente por rutas comerciales. Algo semejante, por cierto, a lo que ocurrió con la epidemia de cólera de 1834, que salió de la India por las mismas vías y por eso fue llamada "morbo asiático". Mi amigo Guillermo Castán desarrolla la idea en un artículo reciente, señalando la propensión que tenemos a la hipérbole expresiva y al miedo cada vez que ha habido grandes epidemias. Nunca se ha visto nada igual, cada vez es la peor. (Veáse el artículo en el blog Conversación con la historia, donde también se puede leer un interesante "Diario del mundo del C19" del profesor de la USAL Santiago López).

Pero aún se puede ir más allá por la vía de la exageración. Y me pregunto si algunas sectas, como los adventistas, los mormones o los Testigos de Jehová, no estarán de nuevo anunciando para mañana el fin del mundo. Pues, dejando aparte el virus y los desarreglos medioambientales, ¿acaso no hay signos de ello, como anunció Jesús? (MT 24:4-12). ¿Es que no hay falsos profetas? Los hay, y que cada cual los señale. (El PP y sus plumillas lo tienen claro: son los sociatas y los bolivarianos del gobierno, que mienten más que hablan con sus soflamas). ¿No hay guerras y rumor de guerras? Vaya si no. ¿No hay hambre y terremotos? Los hay. ¿No hay cada vez más iniquidad? Así es. Y, bueno, siendo así, preparémonos: ahora vienen las tribulaciones y los dolores del parto, que alumbrará al hombre nuevo en un mundo nuevo. Y eso puede ocurrir ya mismo, cuando menos se piensa. Aún no ha terminado la cuaresma ni ha empezado a bajar la curva de la epidemia. Penitenciágite, fratelli.

Tal canción escatológica se ha repetido muchas veces a lo largo de la historia con diferentes letras, timbres y tesituras, y, si bien se mira, lo raro es que no se haya cumplido alguna vez. Si más no, desde la década de 1960 tenemos los medios técnicos para ello (arsenales nucleares y de munición ABQ, con efectos peores que el Covid 19) y no han faltado ni faltan los políticos y militares medio locos dispuestos a usarlos. Teniendo en cuenta como está el patio en el Oriente Medio, donde Israel dispone de un arsenal atómico e Irán está a punto de tenerlo, también podemos imaginar el escenario de esa batalla final: eso que llamamos civilización, hoy en sus estertores, podría morir en el mismo lugar en que nació.

En fin, ya que estamos en la semana grande de Jesucristo, acabemos con una nota menos sombría. Un colega de columna dudaba hace unos días, en un artículo por lo demás interesante, de que Jesús supiera leer y escribir. Disipe esa duda, por favor. Pues el evangelista Lucas nos dice que en alguna ocasión, estando en la sinagoga, no solo leyó a los profetas –aunque se los sabía de memoria, ya que los cita a menudo– sino que los comentó (LC 4:17) y Juan cuenta que otra vez se puso a escribir en el suelo para esquivar una pregunta capciosa (JN 8:6). Además, ¿cómo podría ser medio analfabeto alguien a quien escuchan los académicos con asombro? Y más tratándose de judíos.

 

(Imagen: Rolloid.net)