Viernes, 4 de diciembre de 2020

Me cago en Bielorrusia

Somos una gran nación. Por detrás de Bielorrusia, eso sí. El presidente de Bielorrusia ha dicho que vale más morir de pie  que morir de rodillas por el coronavirus. El presidente de Bielorrusia ha oído campanas y no sabe dónde, porque lo que él dice ahora ya lo dijo el revolucionario mexicano Emiliano Zapata antes de que fuera asesinado el 19 de Abril de 1919, cuando tenía sólo 39 años, dos más que García Lorca en Víznar. A Zapata lo mataron los terratenientes mexicanos por el camino de la traición.

Esto de apropiación cultural indebida no es cosa de Rosalía la Rotunda, cómo va a ser. La historia está llena de traiciones y robos de ideas. Y frases, ni te cuento.

Sin ir muy lejos - porque históricamente la segunda república española está a la vuelta de la esquina- la Falange no se anduvo con chiquitas y robó su ideario, aquí y allá, como quien no quiere la cosa. O como Albert Rivera antes de abandonar la política (más bien la política le abandonó a él) y dedicarse a hacer con Malú eso que dijo Laura Pausini que tenían ganas de hacer. Ya se han visto los resultados. No sé si es niño o niña.

Pues eso, que lo de la nacionalización de la banca se lo robó José  Antonio Primo de Rivera al anarquismo de Bakunin, una vez que Proudhon dio su brazo a torcer con aquello de la desaparición del dinero. Y eso de la tierra para quien la trabaja no se debe tampoco al Ausente, sino al mismo Zapata que probablemente la compartió con Francisco Mercado, otro que murió allí asesinado. En México se ha matado siempre mucho, incluso el español  Ramón Mercader, cuñado de Vittorio de Sica, viajó a México para matar con un piolet a Trotski por encargo de Stalin.

Somos una gran nación.

No la primera por culpa de Bielorrusia que nos arrebata el liderato. No sé por qué, al pensar en Bielorrusia y su apropiación indebida, me acuerdo de Willy Toledo, pro sobre todo  de un sobrino nieto mío. Cuando el sobrino nieto mío era ya un niño grande y robusto, corría, jugaba, se reía de sus primos. Era lo más parecido a un Balarrasa chiquito antes de que Balarrasa se hiciese misionero en Cifesa.

Pero el sobrino nieto mío no hablaba y eso nos tenía preocupados.

Hasta que pasó un año, llegó el verano, y yo aterricé con la familia en la casa del pueblo, en la misma acera que la suya. Y en cuanto me vio llegar, se presentó corriendo a darme la buena noticia: tío, que ya sé hablar.

Yo me puse muy contento, pero él no me dio tiempo para felicitaciones. Que sí, tío, que ya sé decir: (y aquí lo que sigue es escasamente reproducible, no me vaya a pasar lo que me pasó en la presentación de un libro, que dije una palabra y una señora se me salió y se fue a rezar por mí al Valle de los Caídos. O María Fuentes me eche del periódico por falta de sensibilidad).

Porque mi sobrino nieto, para demostrarme que sabía hablar ya y con un vocabulario más amplio que Rufian, empezó a cagase en todas las divinidades, terminando con esa frase legendaria de " me cago en to lo que se menea".

Yo me cago en el presidente de Biolorrusia, por quitarnos la oportunidad de ser la nación más grande entre todas las grandes naciones.

Porque llevo tres semanas aislado, infectado por el Covid 19, igual que Siri Hustveldt, la mujer que más amo junto a Joan Báez. A Siri le han pasado las mismas cosas que a mí, y a Estados Unidos, las mismas cosas que a España. Dice que en el país más rico del mundo, gobernado ahora por un hombre absolutamente antisocial y con tics nazis, la gente infectada de coronavirus prefiere quedarse en casa porque en los hospitales no hay respiradores suficientes.

Hay políticos y ciudadanos que se resisten a admitir que la muerte llegó para todos los países, sea cual sea su gobierno, etnia, raza, ideología. Y que todos los países con sentido de la responsabilidad han hecho lo mismo: poner su gobierno en manos de los expertos científicos y que fueran estos quienes marcasen el camino.

¿Errores? Llegará el tiempo de la política. Y de las peleas de gallos en el  del Congreso de Diputados. De momento, tenemos un gobierno con sectarismo cero, porque ha mantenido al equipo de expertos nombrado por Aznar. El sectarismo ha estado y está fuera del gobierno.

¿Somos una gran nación? Somos lo que podemos ser uno a uno los ciudadanos. Tiempos durísimos en los que un infectado por el Convid 19 está recluido, solo, lejos de su familia, sin más contacto con el exterior que un móvil. Y asfixiándose.

Al principio del proceso, una doctora llama todos los días. Y después de unos minutitos: paciencia y paracetamol. A veces no llama una doctora sino una enfermera o un enfermero. Y el infectado  por el virus no se queda ni mejor ni peor. La doctora que llama el viernes a mediodía se despide hasta el lunes por la mañana. Pero el lunes no da señales de vida nadie. El martes llama al fin, y cuando el infectado pregunta por su tratamiento, ella le contesta: pregúntelo a su médico, yo soy enfermera. ¿Y quién es “mi médico”? se pregunta el infectado. El lunes llama alguien, no se sabe si es doctora o enfermera. Pregunta cómo estás y se despide hasta el martes. No es seguro que vuelva a llamar o que estemos ante un nuevo eclipse.

Al otro lado de la casa está su mujer, lleva cuatro días seguramente infectada. Cuando llama, una doctora le dice que sí, que siga el mismo tratamiento sin salir de casa. Pero por la tarde, otra doctora llama y dice que la mujer se desplace a donde están ellos. ¿Cómo, sin mascarilla ni guantes? Pues una bufanda y un taxi. Un taxi para ir y otro para volver. ¿Cuántas decenas de pasajeros han subido antes a los dos taxis? ¿Y cuántas subirán después? La doctora ha roto todas las normas. Pero no importa: somos una gran nación con la mejor sanidad del mundo.

El cautiverio lleva a la lectura. Y así el infectado aprende mucho sobre el adulterio de los calamares y  se entera de cómo se limpia el coche con vinagre. Ya sabe más el infectado. Aunque bien pensado ¿de qué le sirve la cosa de limpiar el coche con vinagre si él no tiene coche ni siquiera sabe conducir?

El infectado mira a veces por la ventana. Una desolación infinita se ha apoderado del barrio vacío. Y así una bandada de españoles dedica las tardes a atracar las farmacias a punta de pistola. El dolor común que nos hace tan solidarios tiene también estas cosas.

El infectado, al leer, se entera de que se están muriendo los millonarios, españoles y extranjeros. Y ahí es donde le entra más preocupación. Le pasó lo mismo que cuando se murió Di Stéfano. Él nunca fue del Real Madrid, pero trató mucho con Di Stéfano y sabe que es una leyenda. A Di Stéfano le prohibieron enamorarse a los 86 años de una chica de 22. Pero no pudieron evitar luego que se muriese.

Y es en ese justo instante cuando el infectado pensó: si se muere Di Stéfano, nadie de nosotros estamos a salvo.

Excepto Bielorrusia, claro.