Miércoles, 28 de octubre de 2020

Tres días para el amor y la esperanza

“Con todos estos gritos, lágrimas, sufrimientos, oraciones, el Señor ha llevado nuestra realidad a Dios”

(cfr. Hb 5, 7 ss).

 

Ahora la vida se hace más profunda.

Te necesito para volar sobre el abismo

y para caminar sobre las aguas.

… Ven, soy Yo.

Voy…

MONTSERRAT PONS I BUSQUETS

 

 

“El sudario de un Dios

fue el pañal de los hombres.

Me envolvisteis en llanto cuando vine,

he seguido vistiéndome con llanto,

y el llanto es ahora mi uniforme (...).

Por estas viejas aguas

navegaré en mi barca, hasta llegar a Dios”.

LEÓN FELIPE

Estamos a punto de celebrar la gran fiesta cristiana, tres días para celebrar el mismo misterio: el paso de la muerte a la vida. Comienza con la misa vespertina “en la Cena del Señor” y concluye con la “Vigilia Pascual”. Han sido desde hace siglos, las celebraciones más cuidadas de la Iglesia, ya que se celebra en ellas el momento cumbre de la economía de la salvación de todos los hombres. Se quiere recordar el momento en que Jesucristo rompe las cadenas del abismo de la muerte y abre las puertas de la verdadera vida.

Este año se celebrará de forma muy diferente, se ahondará en el interior del corazón y se celebrará en espíritu y en verdad desde nuestras casas. En el silencio de la oración y la meditación sin acudir a los templos, aunque no sin comunión con todos los que desde el silencio se abren al paso de la muerte a la vida. El silencio tiene vida propia. Es una realidad autónoma con la que podemos relacionarnos, anida y habita como fundamento de toda realidad. El silencio es un camino que conduce al corazón del hombre habitado por el Espíritu, desde esa Presencia inefable encuentra su verdadera presencia en sí, en el mundo y con los demás

Meditar sobre la vida y la muerte, no solo la de Jesús, también la de tantos hermanos que en estos días han fallecido, de nuestros familiares y también en nuestra propia muerte, es encontrar fortaleza en nuestra fragilidad, es enfrentar con confianza y esperanza las situaciones más dramáticas de nuestra existencia. Como la que estamos viviendo ahora con esta pandemia. Celebrar la economía de la salvación en el silencio del corazón, es también crecer en humildad, responsabilidad y solidaridad, pensando en que Dios no permite que nuestra vida termine en la nada y el fracaso.

Tras el dolor de la muerte el silencio, del silencio la esperanza y de la esperanza brota de nuevo la fe, ya que de ella renace la creencia de un futuro donde no hay noche, ni dolor, ni muerte y, donde la plenitud de Dios lo llenará todo. Dios crea y recrea la vida de forma continua y ésta se consumará en el propio Dios, límite y destino de la existencia humana.

La Cena del Señor se abre con una preciosa declaración de amor: "habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo" (Jn 13,1). Ese amor quiere hacerse presente de una manera explicita y especial en ese pan compartido con sus amigos y sobre todo en el gesto de lavar los pies.  El pan partido y repartido, es símbolo de la vida entregada día tras día y que culmina en la muerte del Viernes Santo. Jesús participó en numerosas comidas con todo tipo de personas, desde fariseos a cobradores de impuestos. Comparó el Reino de Dios con un gran banquete al que eran invitadas toda clase de personas: extranjeros, pecadores, pobres y excluidos, rompiendo todas las barreras del rechazo y mostrando el rostro misericordioso de Dios (cf. Lc 14,12-24).

Esa última Cena, no es como otras cenas compartidas en Galilea, es una cena muy especial, cercano ya el momento de su muerte, quiere vivir ese trance último con toda su hondura y abrir a sus amigos el corazón de par en par. Jesús se humilla y se abaja lavando los pies, a todos los que estaban con él. En la sociedad judía quien lavaba los pies era la persona de más baja categoría en la escala social, el esclavo.  Es otro símbolo de entrega suprema, ponerse al servicio de sus discípulos y de todos los hombres, se hace servidor, esclavo y pastor por coherencia con el reino del Abba, que había estado predicando por los caminos de Galilea. Entendemos muy bien la perplejidad de Pedro que no llega a comprender la hondura del gesto de amor de Jesús: “¿Lavarme tú los pies a mí? (Jn 13,6).

Lavar los pies es un ejercicio práctico de caridad y de amor, “también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros: os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis” (Jn 13,14-15). Un verdadero gesto de fraternidad, una invitación constante a compartir, a ser solidarios y superar todo tipo de indiferencias con los más pobres y necesitados. Este milagro del amor que es la Eucaristía, más que un mandato es una necesidad, el amor se desarrolla amando. En estos días de dificultades y de coronavirus se han celebrado muchas eucaristías, muchos gestos de solidaridad y fraternidad, de multiplicar panes y peces.

La celebración del Viernes Santo, es la expresión de un misterio que nos sobrepasa, el misterio del dolor y de la muerte, de un Dios que quiere compartir el destino del hombre hasta el final. En el sonido del silencio más profundo de la muerte injusta de Jesús, no sólo habla el dolor o la angustia, también lo hace de forma misteriosa el amor de Dios.

Durante su vida pública, Jesús se había comprometido con los últimos, enfermos, pobres, pecadores, con una especial misericordia y cercanía solidaria haciendo presente el Reino de Dios que anunciaba con numerosos gestos. Critica el dinero y los intereses económicos del poder, así como la necesidad de compartir y ser solidarios. Denuncia a los poderes políticos y religiosos, que mantenían al pueblo en la miseria; y con una asombrosa libertad, busca ir más allá de la letra de la ley judía desarrollando su auténtico espíritu de liberación. Fue posiblemente sus críticas al Templo, cueva de ladrones y de intereses, lo que hace que el Sanedrín lo quiera quitar del medio. La persona de Jesús y su predicación resulta incomprensible y genera intranquilidad a todos, como otros grandes profetas que anuncian y denuncian acabará mal.

El crucificado nos cuestiona nuestras imágenes humanas de Dios, en la cruz no hay belleza, poder, fuerza, sabiduría, majestad. En la cruz de Jesús descubrimos sorprendidos que Dios sufre con nuestros sufrimientos. Con su vida y con su muerte Jesús de Nazaret se ha hecho solidario y cercano a todos los hombres, sobre todo a los que más sufren, los más vulnerables de la sociedad. La cruz de Jesús irradia y esparce la luz de su misterio, que revela el perdón a sus verdugos, una generosidad sin límites y una fidelidad al reino de Dios.

El amor de Dios no es una proyección de nuestros anhelos más profundos o de las insatisfacciones no resueltas, es una realidad que brota del corazón traspasado en la cruz de Jesús, que nos amó y se entregó por todos. Solo un Dios que sufre puede salvar al hombre. El Crucificado desenmascara nuestras cobardías de una religiosidad aburguesada y poco comprometida. La adoración de la cruz es un acto de fe y de amor que nos lleva a descubrir la vida en el hondón del sufrimiento y la muerte.

La cruz, no solo nos habla de muerte, nos habla de vida. De la cruz, como de un manantial de agua fresca, brotan los sacramentos de la Iglesia, agua y sangre, Bautismo y Eucaristía. Del costado abierto de la cruz, nació la propia Iglesia: “Porque has puesto la salvación del género humano en el árbol de la cruz, para que donde tuvo origen la muerte, de allí resurgiera la vida, y el que venció en un árbol fuera en un árbol vencido...”. (prefacio eucarístico).

En el Sábado Santo, un gran silencio atraviesa la liturgia, no hay misa ni sacramentos. El mundo está en suspenso, Cristo yace en el sepulcro, descendió al reino de la muerte, hasta los abismos más oscuros, allí donde habita la soledad más extrema y nadie nos puede acompañar. Necesitamos silencio, un tiempo para la meditación, la contemplación y la esperanza. En este tiempo de silencio oramos por todos los que se nos han ido estos días y tantas otras muertes como la miseria, la soledad, las injusticias. Como la semilla hundida en la tierra, Jesús no quedó en el abismo del Sheol, con la fuerza del amor de Dios vencerá la muerte y abrirá el camino de la vida para toda la humanidad.

Nuestra esperanza no es pasiva, sino activa y dinámica. No dejamos todo en las manos de Dios, el cielo comienza ahora, con su amor queremos empujar la historia y transformar nuestra realidad. Necesitamos una humanidad nueva, un mundo más justo y solidario. Esa esperanza es esperar lo imposible, contra toda esperanza, esperar a pesar de todo, que nos recuerda nuestra fragilidad y pequeñez en ese orden. Esta esperanza, no sólo tiene una dimensión temporal y futura, es una esperanza hacia el otro y al Otro. Apertura y desvelamiento de Dios, y apertura al hermano y sobre todo a los que más sufren o han sufrido. Desde aquí, se pone en marcha el dinamismo de la esperanza, que es fe y caridad. La esperanza impulsada por el amor y la caridad, a pesar del dolor y del mal, asume y transciende la historia, el tiempo y la muerte.

Cristo de la Luz, imagen realizada por ANDRÉS ALÉN, cuaresma de Valladolid