Diario de una pandemia (12)

DOMINGO 19: CONFINADOS CON UN FIN y UNAS POCAS CERTEZAS MÁS

Como todos, supongo, recibo mensajes de las más diversas características. Los emite la televisión, la radio, la prensa escrita, la digital, circulan por las redes sociales, se reenvían por whatsapp… Obviamente casi todo se difunde con la confianza de una veracidad exigible, con la respetable intención de informar al receptor, o de convencerlo, relajarlo, alertarlo, entretenerlo, o entablar un diálogo con él a propósito del mensaje… La comunicación constituye en sí misma un motivo de debate en este tiempo, desde hace varios años. ¿No existe un trabajo que se denomina comunicador, lo que antes se refería muchas veces al periodista no titulado, y que ahora se ha consagrado también académicamente? ¿Y a qué político no le gusta servirse de ese instrumento ineludible? Si yo escribo es porque me ayuda, me gusta, me sirve, y si publico lo que escribo es porque siento que necesito comunicarme, ser leído por algunas personas, recibir de ellas una respuesta.

Algunos de los mensajes que me interrogan más en estos días se refieren al confinamiento, su fin… y su fin, es decir, su finalidad y su finalización. Leo opiniones enfrentadas. Es percibido como una intromisión del Estado en los derechos individuales, y puesto al nivel de otras hipotéticas limitaciones de la libertad, como la geolocalización de la que se habló o la censura en la difusión de determinadas afirmaciones, en las que habrá de todo: “para evitar el estrés social” y “minimizar ese clima contrario a la gestión de crisis por parte del Gobierno”, ha soltado sin anestesia un general de la Guardia Civil. Puedo comprender a todos (nunca a este general y sus superiores), pero tengo claro que, todavía, el confinamiento es la mejor manera de conservar la distancia de seguridad y la única que, realmente, está dando tiempo al sistema sanitario a responder suficientemente al brote epidémico. ¿Que debería haberse iniciado antes el confinamiento? ¡Seguro! (sin pecar, o pecando poco, de Capitán A Posteriori).  ¿Que algunos de sus detractores entonces también habrían protestado? Sin duda: de profesión, protestador. ¿Qué se podría controlar mucho más el cumplimiento? Dos veces me han parado los agentes de la autoridad en estas semanas de alarma, y he conducido unos cinco mil setecientos kilómetros en mi coche particular (suerte de la bajada del combustible).

Mientras tenemos y no tenemos pruebas fiables que permitan aislar sólo a los mínimos imprescindibles, levantar el confinamiento responderá a criterios económicos, que pesan mucho, o políticos, que pesarán más, pero no a los estrictamente epidemiológicos. Por alargar la permanencia en casa dos o tres semanas más no va a empeorar sustancialmente el desarrollo de los niños, parece un perjuicio asumible. Sin embargo, todavía hoy un contagio supone, en muchos lugares de España, un riesgo alto de dificultad para la asistencia sanitaria óptima, y eso no parece un perjuicio aceptable. ¿O acaso no hay lista de espera en Atención Primaria en numerosas ciudades? ¡La hay! Pensemos otra vez en los vulnerables, aunque sea simplemente dos o tres semanas más. Sin olvidar que existen vulnerables conocidos y otros cuya vulnerabilidad es silente, ignorada, traicionera.

Tentado a veces de alargar conversaciones sin desenlace, aunque siempre enriquece la discrepancia, o de compartir aportaciones, a menudo me planto, me ciño a lo elemental, y busco primar los puntos de confluencia sin callar las pocas certezas que esta crisis me ha vuelto a ratificar: que a los enfermos hay que ir a verlos en su casa o recibirlos en el centro de salud, que no se puede convertir al paciente curable en paliativo por mucho protocolo que lo insinúe, que la Medicina no es sólo una ciencia pese a la visión reduccionista que muchos tienen de ella desde fuera, que el corporativismo profesional nos hace peores profesionales, que el aparato estructural de la función pública tal y como está montado aminora la calidad de la Sanidad pública pero da la impresión de resultar intocable para quienes se erigen en sus defensores, y que no entiendo cómo se pueden plantear pagarnos una especie de complemento o remuneración por cumplir con nuestro deber de sanitarios.

LUNES 20: CANCIONES PARA DESPUÉS DE UNA CRISIS

Porque esto no es una guerra, aunque haya quien se sienta más cómodo impregnando de tintes bélicos sus discursos. En las guerras unas personas matan a otras. Ya hay suficientes guerras en el mundo. Sobran todas…, aunque faltan en la apertura de los telediarios, claro. Son incómodas. Como la muerte lo es, y más si no la sabes vencida por Quien podía derrotarla.

En las guerras y en las crisis surgen, o se rescatan, poemas y canciones. Los romances del frente de batalla suelen mentir por mucho que eleven la moral de la tropa, aunque en retaguardia se miente más, y con menos excusas. Sin embargo, a lo largo de las convalecencias, durante grandes cuestionamientos internos, en largos cautiverios, aflora mucha verdad, buena literatura, profundo arte. El otro día mi amigo Tomás me regaló el viejo cántico a la ternura, La tendresse, que los vecinos franceses han reivindicado y renovado en su confinamiento. No escribo más hoy. Mejor escucharlo: aquí.