Viernes, 14 de agosto de 2020

Perímetro de privilegio

A lo largo de mis cursos de profesora peripatética, he hecho tantos kilómetros compartidos en lo reducido del coche que podía escribir una novela dialogada. Y en esos dimes y diretes con el de filosofía, quien nos hacía unos partes médicos exhaustivos y dolorosos del cáncer de su perro a lo largo del trayecto, se oyó una voz en el asiento trasero que le recomendaba encarecidamente que pusiera fin a los sufrimientos del can.

 -¿Cómo voy a hacer eso? Es el único ser que se alegra cuando yo llego a casa.

Eran otros tiempos y yo era una chica de pueblo, los perros vivían en el corral y al veterinario se iba a vacunarlos. Compañeros del pastor, guardianes de la casa, los perros eran trabajadores recios y no adornos del halda de las mujeres de las revistas con las que mi abuela forraba los cajones. En casa de mis abuelos todo servía y mi abuela lo mismo usaba las páginas del Mundo Obrero de mi abuelo, los ejemplares del Hola que le daba una prima suya o las mujeres desnudas de Invertivú de mi tío soltero. Era una época utilitaria, todo valía y el lujo era un exquisito frasco de colonia porque mi abuela desconocía la palabra perfume y no iba más allá del Maja de Myrurgia y de aquella propaganda decadente del “Maderas de Oriente” que usaba en bodas, banquetes y comuniones. El diario acontecer oía a humo de la lumbre y a jabón de lavar hecho con sosa y cuidado.

Eran los perros compañeros de faena y no caprichos a los que peinar y comprar abrigos para el invierno. Nadie podía imaginar que mi ciudad tuviera más perros que niños y que el privilegio de pasear le cupiera a los primeros y no a los segundos. Los perros en tiempos de confinamiento no solo nos dan un lengüetazo a la soledad, sino que nos permiten salir a esas calles vacías que empiezan a mirar con recelo a perros y amos. El encierro puede con las buenas intenciones y nos llevamos a nosotros mismos por la traílla de la paciencia para no salir disparados con una barra de pan bajo el brazo y deseos desesperados de libertad. Calle, calle, calle.

El perímetro de la casa empieza a sembrarse de trampas y emboscadas. Los espacios de balcones, terrazas y patios se convierten lujos codiciados y no digamos el jardín minúsculo del adosado, la cristalera abierta a la libertad del chalet. Hay confinamientos de primera y de quinta regional, e imagino la desesperación de mis alumnos de barrio obrero en pisos pequeños, cuartos compartidos, familias donde cada baldosa es objeto de una dura pugna por la supervivencia de una intimidad inexistente. Y sin perro que les ladre, digo, que les pasee.

Reconozcámoslo, es el perímetro del privilegio. Perdidos en sus espacios empoderados de jardines, nuestros políticos decretan el confinamiento con alegría de latifundistas. Al resto de la tropa, los que miden la hipoteca con las hectáreas de la falta, se les hace todo, de nuevo, más difícil. Son las lindes de celda, los límites de nuestro encierro. Y la vara de medir, la medida con la que repartimos el cuartillo de leche y el cuarto y mitad de nuestra desesperanza se topa con las paredes. Y gemimos de pura desesperación perruna mientras nos alegramos porque viene de la calle el valiente que ha ido –liberado amordazado, enguantado- a buscar el pan de cada día… y el periódico que trae en la boca babeante.

 

Fotografía: Fernando Sánchez Gómez.