El día D

En terminología castrense, se denomina día D a la fecha exacta en que comenzará una operación militar cuya orden será previamente redactada y distribuida entre las unidades intervinientes. Por su posterior trascendencia, sobresale entre todos los días D, el 6 de junio de 1944, fecha del desembarco de Normandía.

          En la sorda batalla que está manteniendo España -y toda la humanidad- contra un enemigo tan peligroso como el COVID-19, hoy quiero referirme a otro día D, aquel que para nosotros tendrá una importancia vital: el día Después.

          La táctica nos enseña que, a la hora de plantear una batalla, se deben analizar previamente una serie de factores: nuestra misión, la información sobre el enemigo, el espacio en el que nos vamos a mover y los medios de que contamos. Para enfrentarse con probabilidades de éxito a este criminal coronavirus en todo el territorio español, contamos con unas fuerzas dotadas de su armamento y dirigidas por unos mandos. Afortunadamente, nuestras fuerzas sanitarias tienen reconocida mundialmente su extraordinaria efectividad, lograda a base de una formación y una práctica a la altura de las mejores. Es cierto que no tenemos demasiada información sobre el enemigo común, pero en eso nadie está en ventaja. Los medios de que disponemos están en consonancia con el grado de amenaza en tiempos de “paz sanitaria” y con nuestra capacidad económica. Si con planteamientos estratégicos similares al nuestro, naciones de nuestro entorno fueran capaces de obtener mejores resultados en su enfrentamiento con el mismo enemigo, habrá que admitir que han tenido una mejor dirección en las operaciones.

          La historia nos dice que los ejércitos dirigidos por civiles sin formación castrense, aún contando con más medios, nunca han salido victoriosos. El ejemplo lo tenemos muy cercano. La pandemia que nos está atacando nos ha pillado con un mariscal endiosado, auxiliado por un Estado Mayor de pacotilla.

          Comencemos por analizar las Unidades -léase ministerios- que se ha sacado de la manga el mando supremo de este gobierno “de progreso”. Para algo que siempre se llamó Educación y Ciencia, hoy existen tres carteras -Educación y Formación Profesional, Ciencia e Innovación y Cultura y Deporte. Para pagar apoyos recibidos, se han inventado misiones tan peregrinas como Derechos Sociales y Agenda 2030, Transición Ecológica y Reto Democrático, Igualdad o Economía Social. Con una Administración Central mucho más descentralizada que la antigua, se ha aumentado el número de ministerios. Con estos mimbres pretende hacer el cesto. Consecuencia lógica: hay ministerios y ministros vacíos de contenido social, y otros que, o bien emplean la cartera para desarrollar una política alejada de la línea que proclamó inicialmente el presidente, o -no sé qué será peor- no saben por dónde les da el aire. Aquí vuelve a fallar otro principio básico en cualquier batalla: la unidad de acción.

          Para nuestra desgracia, somos -junto con Italia- la nación que más fallecimientos cuenta en relación con el número de contagiados. A pesar de la descarada cocina a la que se someten las preguntas de los distintos medios de comunicación, las justificaciones que exhibe el testaferro puesto para dar el estadillo diario de bajas, dejan al descubierto los apuros de quien no sabe qué contestar. Por eso, al final, nadie acaba creyéndole. Poco a poco, nos vamos quedando solos ante la triste realidad: el número de fallecidos no disminuye, el personal sanitario sigue teniendo más bajas que en otros teatros de operaciones y las imágenes no sometidas a censura demuestran que nuestros hospitales siguen careciendo del suficiente material sanitario y de protección. Mientras tanto, el gobierno no es capaz de encontrar el método que sí ha servido en otras naciones.

          Con ser muy grave todo lo anterior, se cierne sobre nosotros otra amenaza: la crisis económica derivada del parón de la actividad productiva. Es curioso -pero muy triste- observar que el único ministerio de este gobierno que funciona a la perfección, a pesar de no tener cartera, es el de Propaganda. Somos la única democracia occidental que establece censura previa en ruedas de prensa. Desde que Pedro Sánchez asentó sus reales en La Moncloa, he perdido la cuenta del número de ruedas de prensa/mítines que hemos debido soportar. El último, de una hora, durante el telediario del sábado. Confirmó lo que ya se había adelantado, se aplicó todo el jabón que quiso y nos juró que ahora los niños se lavan más veces las manos ¡Eureka!

          Los españoles esperábamos que nos aclarara la relación que existe entre las medidas de indiscutible acento social que tomó en el último consejo de ministros y las pingües subvenciones concedidas a ciertas cadenas de televisión, convertidas en sus palmeros. Se ve que hay dos varas para medir el apoyo a según qué empresarios. Se ve que a Sánchez le van los empresarios costaleros. Todos los miembros de las FF.AA. siguen esperando de este gobierno el necesario desagravio por los desprecios que reciben en algunas autonomías. Eso sí, continúan sacándole las castañas del fuego. Otra curiosidad que desean aclarar sus paisanos era saber cuál había sido su reacción ante atraco de Erdogán. La energía demostrada por nuestra ministra de Exteriores es todo un dechado de apocamiento e irresolución. Eso sí, Sánchez pide a la oposición que, en esta situación, debe apoyarle con visión de Estado. Estamos seguros que esa oposición no tendrá la misma visión de Estado que tuvo él a la hora de nombrar gobierno. Lo dicho, como era de esperar, su aparato de propaganda le ha impedido tocar ninguno de estos temas.

          Cuando el interviniente en la rueda de prensa es el/la portavoz de no pocos ministerios, dan ganas de echarse a llorar. O no saben lo que se traen entre manos, o aprovechan cualquier pregunta para atacar a la oposición, o emplean un lenguaje rayano en la amenaza. Si a todo lo anterior añadimos la costumbre de tomar medidas a remolque de los acontecimientos, mejor echarse a correr.

          Una economía como la nuestra, basada fundamentalmente en el turismo y la exportación -hoy totalmente paralizados- debe salir de esta situación en las mejores condiciones posibles. El que espere que este gobierno será capaz superar esta crisis con buena nota, que levante la mano. De momento, lo que se nos asegura es que no se harán las cosas como se hicieron antes. Que Dios nos coja confesados. Hasta hoy, es una lástima que las medidas económicas tomadas sean más imaginarias que reales. Ese día Después necesita unos ciudadanos capaces de aportar fondos en forma de impuestos, y en una cuantía asumible, y unas empresas que produzcan riqueza. Si lo que se pretende es acceder a los delirios del vicepresidente Iglesias -hasta ahora ha impuesto sus tesis-, que tiene la fórmula para convertir España en otra república bolivariana, ese será el día D que nos espera.